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Anuario LA NACION 2018

Imprimir la felicidad en 3D, una epopeya a escala nacional

Ariel Torres
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21 de diciembre de 2018  • 00:00

Aunque la anécdota es apócrifa, vale como concepto. Dicen que cuando Faraday presentó el electromagnetismo a la reina de Inglaterra, su majestad le preguntó para qué servía eso. A lo que el genial científico respondió: "¿Para qué sirve un recién nacido, señora?"

Algo semejante oímos cuando apareció la impresión 3D de bajo costo. Motorizada por la reducción del tamaño y los costos de la electrónica, estas máquinas empezaron a bajar de precio hasta volverse accesibles para presupuestos muy acotados. Hoy es posible adquirir una impresora 3D en Estados Unidos por menos de 300 dólares. Las hay de más de 1000, pero incluso en ese caso ha dejado de ser un precio de escala industrial. Cuestan menos que un buen celular.

Ahora, ¿para qué sirve una impresora 3D? ¿Para qué invertir, digamos, 500 dólares? ¿Para hacer muñequitos o cubiertos descartables? El escepticismo ante los nuevos desarrollos es una suerte de constante en la historia de la tecnología. El electromagnetismo, el automóvil, Twitter o la impresión 3D, siempre aparecen los que "no ven para qué puede servir". Lo que, desde un punto de vista lógico, constituye una bonita falacia. Porque el hecho de que un sujeto no pueda ver para qué puede servir la polimerización no significa que sea inútil. A propósito, la polimerización es el mecanismo por el que se producen ciertos plásticos.

Gino Tubaro con una niña que tiene una prótesis en tres dimensiones
Gino Tubaro con una niña que tiene una prótesis en tres dimensiones Crédito: Gino Tubaro

Gino Tubaro tiene la actitud opuesta y en diciembre de 2014 fundó Atomic Lab, una organización sin fines de lucro destinada a crear prótesis de manos mediante (adivinen) impresoras 3D. La idea no solo es genial, porque como suelen hacer las mentes brillantes descubre un vínculo muy sólido allí donde casi nadie ve nada, sino que además está cargado de solidaridad. Mientras las prótesis tradicionales son muy costosas, las de Tubaro cuestan cero. Sí, cero, gratis, sin cargo.

Los testimonios de las personas que recibieron estas prótesis son tan conmovedores que a menudo uno debe dejar de leer para enjugarse las lágrimas. Gino le está cambiando la vida a muchas personas -en Atomic Lab calculan que han entregado unas 1000 prótesis-, y eso que la impresión 3D no servía para nada.

En rigor, el lazo entre las prótesis y las impresoras 3D es perfecto, porque estas máquinas sirven para producir con bastante rapidez piezas de plástico que articulan entre sí. Era exactamente lo que Tubaro necesitaba para su epopeya solidaria.

Epopeya que este año lanzó a escala nacional. Muy activo en Twitter, un día se preguntó por qué no salir de Buenos Aires y llevar las prótesis de Atomic Lab a todo el país. Las respuestas no se hicieron esperar. Lo llamó el #Argentinatón y está recorriendo la Nación y haciendo llorar de felicidad a grandes y pequeños con sus prótesis que, lejos de parecerse a las convencionales, son muy coloridas; "atómicas", como les dicen. Porque Gino tiene una convicción, que expuso hace cuatro años en una charla TEDx. Cree que de una incapacidad física puede originarse una súper habilidad. Y tiene razón.

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