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Anuario LA NACION 2018

¿Cuántos Cozarinsky caben en el enigma del premiado escritor?

Pablo Gianera
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21 de diciembre de 2018  • 00:20

La condición elusiva no niega necesariamente la cercanía y aun el cariño. Edgardo Cozarinsky es un hombre enigmático. El enigma consiste en que hay algo que siempre se guarda para él (o para terceros) sin por eso dejar de ser completamente franco cuando uno habla con él.

Si Cozarinsky gesticula, por debajo de la manga izquierda de la camisa despunta en la muñeca una figura rojo intenso, casi punzó. Podría parecer una herida o la marca dejada por algún procedimiento médico. Pero es algo muy distinto: un ensö, ese círculo zen, por lo general incompleto, que también se repite frecuentemente como motivo en la caligrafía japonesa, y que Cozarinsky decidió tatuarse en el interior de la muñeca. No le gusta mostrarlo ni hablar de eso. Tampoco del tatuaje en la otra muñeca: una luna en cuarto menguante. No son temas de conversación. Cada uno cuenta lo que quiere contar, no lo que el otro quiere que le cuenten. En eso consiste una amistad inglesa, la única verdadera.

Ni en la vida ni en la poética de Cozarinsky existen tabiques fijos. Juega siempre con aquello entredicho, entreoído, con los sobreentendidos, los rumores de verosimilitud, con las sospechas del lector.

Cozarinsky deja entrever algunas partes de su vida; otras quedan completamente en sombra, aunque esta presunción tendría que ser corregida: lo entrevisto para algunos no es exactamente lo mismo que queda entrevisto para otros.

La impresión es que existen innumerables Cozarinsky, de los que a cada cual le toca conocer solo a uno, y que no existe nadie en el mundo que pueda reunirlos todos en una singularidad absoluta. Cada uno de esos Cozarinsky está atento a sus episódicos interlocutores. Manda la foto de un viaje –acaso la única que puede interesarle a quien la recibe–, o regala el único libro posible para quien lo esperaba, o un programa de mano de concierto, o una grabación inconseguible de una sinfonía de Bruckner.

"Usted es mi doble. No se asuste. Hace tiempo que lo cruzo por las mismas calles que yo recorro en mi insomnio. No nos conocemos y es mejor que sea así. Me pregunto, simplemente, si nos trabaja una misma angustia. Si usted no puede o no quiere enfrentar la noche en una habitación donde los objetos, un cuadro, un libro, le hablan del que usted fue, de algo que deseó y no obtuvo, de ese yo muerto pero que ronda tenaz como las personas ausentes que quisimos, o a las que hicimos mal." Esto se lee en el "Insomnio", el anteúltimo cuento de En el último trago nos vamos, el libro de relatos más aviesamente ambiguo que haya escrito.

Por ese libro, Cozarinsky se llevó este año los cien mil dólares del Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez. Al autor no le vino mal el premio; la obra no lo necesitaba.

Cozarinsky vive en varios mundos. En la alta cultura del mundo de Sur, en el de la vanguardia de su primera película …(Puntos suspensivos) y de su primer libro ( Vudú urbano), y el lenguaje bajo de Burundanga, uno de sus libros de cuentos que prefiero.

Nunca sabré a cuál de las vidas de Cozarinsky pertenezco. Pero sé que el horizonte de las varias vidas en una sola la aprendí, lejanamente, de Daniel Barenboim, y, en la amistad, de Edgardo, el escritor y el hombre que nunca voy terminar de conocer.

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