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Siete poemas de escritores argentinos con motivo navideño

Fuente: AP
Daniel Gigena
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24 de diciembre de 2018  • 17:00

Bajo la forma de dramas con finales esperanzadores o comedias que empiezan de manera sombría, parábolas, parodias y homenajes a los ideales que algún día se aspira a alcanzar, la Navidad representa una suerte de motivo literario que tiene sus propias reglas y particularidades expresivas. Novelas, cuentos, obras de teatro y poemas encuentran en el nacimiento de Cristo una excusa oportuna para abundar en cuestiones morales, filosóficas y emocionales; humanas, en suma. Muchos grandes escritores, de León Tolstoi a Charles Dickens, y de César Vallejo a Paul Auster, escribieron sobre la Navidad.

Los poetas argentinos que integran esta selección asumieron, desde distintos registros y experiencias personales, el desafío de escribir sobre la Navidad. De la singular fusión de lenguaje popular y acentos líricos de Jorge Leónidas Escudero a la tierna aproximación al tema que plantea Carlos Battilana, pasando por la impávida escritura de Jorge Aulicino en una Buenos Aires a oscuras o la perspectiva femenina de aquello que nace con la Navidad en el poema de Isabel Vassallo (que acaba de publicar Diamante de afilada pena en el sello La Carta de Oliver), estos poemas se dejan leer como anunciaciones recreadas en escenarios familiares para los lectores que viven en la Argentina. De manera literal o figurada, muchos seguimos la receta que se lee en el poema de Escudero: "he colgado una estrella en la ventana/ para que el mundo se vea mejor".

Se incluye un poema del escritor y editor Javier Cófreces, donde impera la figura del padre, y otros de las jóvenes poetas Celeste Diéguez y Rosina Lozeco, en donde el horizonte estrecho de la vida cotidiana, a duras penas, se deja alumbrar por las promesas que trae la Navidad.

Navidad

Ovejero del puesto "La Fortuna",

quince horas a caballo, cómo no;

y he dejado las ovejas solitas

con el puro león.

Es que Tamberías está de fiesta

y el Niño Dios nace,

en el fondo de los vasos, señor,

y hay que sacarle vino de encima.

Tengo armado un pesebre de botellas,

y el burro manos, buey, cordero, todo;

he colgado una estrella en la ventana

para que el mundo se vea mejor.

Mi madre hila el copo de los años

bao la cordillera,

mi padre está en el viento blanco,

mi mujer en las nieblas;

mis hijos se llenaron de caminos y abrojos:

sólo he quedado yo.

Antes que el gran lagarto de las cumbres de Ansilta

me trague con un golpe de lengua,

quiero alzarlo a este niño, despacito,

y llevármelo.

Jorge Leónidas Escudero, del libro La raíz en la roca, incluido en Poesía completa, Ediciones en Danza, 2011

Firmeza de Cristo en la materia

El incienso encendido en la crisis energética.

La ciudad poblada de parches de oscuridad.

Él arde otra vez, vuelve a nacer, coronado de inmundicia.

Basura sin recoger. Gente que grita soluciones torvas de un lado

al otro de una mesa llena de copas en las que el óxido del año

comienza a actuar. Un largo silbido de aire caliente arremolina envoltorios

sobre la mesa. Saben de qué hablan. El templo otra vez, disputado.

El incienso has encendido en tu casa a solas, después del nacimiento,

luego de las multiplicadas reuniones de símbolos: los hijos

a punto de partir; los padres y tíos que envejecen; el poder

que los mella hasta en ese vacío de Cristo en el que nace Cristo otra vez.

¿Te acordás cuando tiraste al griego por la ventana?

Cayó encima de un florista. Te acordás de Raúl.

Ninguno puede recordar el nombre de su bisabuelo.

Esto nos diferencia de la oligarquía, Señor, para mal.

Porque es como si esta tierra no fuera nunca nuestra.

No tienen vino. * No tenemos peces. No tenemos más que esta vacía

celebración de Cristo nuestro Señor, sin Cristo y sin Señor,

y aun con Cristo, y aun con sombras de perjuros, en substancia.

Y bajará, este año bajará como los otros hasta tu incienso solitario,

bajará a las paradas de colectivos, a los subterráneos, al supermercado.

Bajará y declinará con el año, sucio al fin, crucificado. Otra vez

comeremos de su carne y su sal. Comeremos su espíritu sin mellarlo.

Lanzaremos voces, sentiremos que la sangre se enfría en las ventanas.

Sentiremos que el cuerpo cae por las vidrieras, por las alcantarillas.

Sentiremos la ausencia de Dios hasta que nos revienten los oídos.

* Las bodas de Caná, Evangelios

Jorge Aulicino, El Cairo, Ediciones del Dock, 2015

Esperanza navideña

Cada cual con su regalo

Y los niños festivos por el disfrute

Padre congelado en un rincón

Estático y ausente

Con su presente en la mano

Lo vi llorar

Y me hice el distraído

Estaría recordando

A su hija muerta

A mi hermana muerta

No hace tanto

Lo seguí observando

Bajó la cabeza

Caminó hacia el patio

Y acarició a la perra

Encendió un petardo

Con la brasa de su cigarro

Lo arrojó con presteza

Y palpitó la explosión

Luego tomó una copa de la mesa

Y brindó a viva voz

"Por volver a ver a Racing campeón"

Brindó

Piensa vivir 35 años más.

Javier Cófreces, Humos de mi padre, Ediciones en Danza, 2013

Bondiola mechada

Y en navidad o año nuevo

siempre el mismo ritual:

ir caminando por el puente viejo

recortado sobre el río cada vez

más podrido pero ante tu mueca ese perfume me gustaba

un olor fuerte, definido, salvaje

de barracas a avellaneda

de avellaneda a barracas

por el borde de fierro íbamos felices

a elegir la carne para la cena

a ese lugar especial en avellaneda

un dato que habíamos conseguido no sé cómo

y parece mentira que tiempo después

cuando ya no estábamos juntos

resulta que mi madre conocía esa carnicería

-Pertenece a un famoso frigorífico -me dijo-

uno de los pocos lugares fiables para comprar

carne de calidad en zona sur-

Qué loco pensar que su hija también

peregrinaría llena de esperanza a señalar

tras las vidrieras decoradas

con hojas verdes y tomates cherry

una colita de cuadril

un matambre

un peceto

una bondiola de cerdo mediana y rosada

para mecharla más tarde con ciruelas,

agujerearla despacio por la punta con el cuchillo chico

sin apuro ir entrando con los dedos bien profundo

toda esa información dulce, lista para explotar luego

ya en el horno estremecida por la salsa

agridulce que espesa chorrea por los flancos de la bondiola

dorada y perfecta como un submarino semihundido

a punto de perderse en los misterios de la cocción.

La bondiola va bien con la papa rustica, lavada con cepillo

y hervida con cáscara que se sirve abierta

o en rodajas con un rulo de manteca

bajo una pizca de sal y pimienta negra;

había que encargarse de los vinos

y si estábamos de buenas un champagne,

temprano ya empezábamos a cocinar y a beber

hasta que envueltos en una bruma violeta

al momento de la cena

alguna desavenencia

rodaba por el borde de la fuente

entre la primera pirotecnia y la sospecha

de que en el artificio de la elaboración

radica una forma de complacencia

que emula al amor

pero no logra desplazar del todo esa suave desconfianza

que comenzó a instalarse después de las vacaciones de invierno

y que junto con el mousse de chocolate de caja

empasta este año que empieza de manera incierta.

Celeste Diéguez, Bondiola mechada, Yaugurú, 2018

Ramitas

El pesebre

se logró

con las ramitas

que recogimos

del jardín.

Emilia

recortó

–como sólo ella

sabe hacerlo–

papel plateado

e imaginó

un oasis

en el desierto

bíblico

del Niño

recién nacido

luego

–debajo del Árbol

profano–

fuimos incorporando las

pequeñas

estatuas de arcilla

–José, María,

Jesús–

y con un poco

más de energía,

Dickens,

tal vez Darío

–¿quién sabe?–

nos ayudaron

con los "tardos

camellos

de la caravana"

los camellos de la infancia

los camellos de los Reyes,

a quienes

llamaremos

por tradición

Melchor, Gaspar y Baltazar.

Más tarde

Sofía fue acomodando

pastos y ramas

y sin la luz del día,

iluminado

artificialmente

por las luces

del pino de Navidad,

contemplamos

–admirados– el antiguo

escenario

de la niñez

que renace

año tras año.

Un poco emocionados

con la alegría afectiva

que amalgaman las horas

fuimos a dormir

y Marcos,

el niño grande,

el niño interminable

que Dios o la vida

nos han legado,

sin que nadie lo notara,

tomó la estatuita

de José

para dormir

con ella

nunca lo sabremos

–es un enigma–

pero su vida misteriosa

ha hecho de las imágenes religiosas

(medallas, talismanes, estampitas)

un destino visual,

un lago interminable

donde contemplar

el secreto de sus días,

las sucesivas jornadas

que –nunca lo sabremos–

son su cruz

o su felicidad.

Carlos Battilana, Una mañana boreal, Club Hem, 2018

Natividad

Hechos añicos los relojes

en la casa

¿quién duerme?

No alcanzan los espejos

para llorar

la redondez ausente

Vacío

(Sin embargo hay un huésped

¿Hasta cuándo se queda?

Para siempre)

Huele a sudor, a leche, a deseo

el aire

(A ella, la visitante,

se le clavan de dolor

en los hombros

los recuerdos agudos de las alas)

Plenitud

La tibieza en los pechos

En el umbral

el frío

Silencio

que en cada cuarto hay una cuna.

Isabel Vassallo, poema inédito

Volver como el tango

el árbol de navidad

costó aproximadamente 400 pesos

entre una cosa y la otra

podría haber gastado menos.

hoy cociné milanesas de berenjena

el cielo se puso negro

a las cinco de la tarde.

me seco las lágrimas,

espero que las papas se cocinen

para descargar los nervios haciendo puré

y pienso que si pude hacer todo lo que hice

aunque no haya hecho todo lo que quise

algún trabajo voy a conseguir.

Rosina Lozeco, Cómo perder un trabajo, La Carretilla Roja, 2015

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