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Cumbre del Clima: un avance tibio

Resultan demasiado lentos los progresos en la lucha contra el calentamiento global, un fenómeno que tendrá efectos catastróficos en menos de un siglo
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21 de diciembre de 2018  

Casi inadvertida pasó en los medios la Cumbre del Clima de Katowice, Polonia (COP24). Como ha ocurrido en casi todas estas cumbres los analistas se dividen entre optimistas, que entienden que se ha avanzado en las negociaciones, y quienes aseguran rotundamente que la conferencia fue un fracaso. Estas multitudinarias reuniones con unos 300.000 participantes representando a 200 países, cuyos acuerdos deben ser aceptados por unanimidad, dan lugar para que ambas consideraciones puedan ser simultáneamente ciertas. También se acepta mayoritariamente que las decisiones importantes se puedan posponer para las siguientes cumbres.

De esta conferencia en particular se esperaban, principalmente, dos resultados: un reglamento para aplicar el Acuerdo de París a partir de 2020 y una declaración que integrara las conclusiones del último informe del panel intergubernamental de expertos en cambio climático (IPCC) de la ONU, que alertaba acerca de la necesidad de acometer acciones "urgentes y sin precedente" para limitar el aumento de la temperatura del planeta a 1,5 grados.

El Acuerdo de París de 2015 fijó como objetivo mantener el incremento de la temperatura media mundial "muy por debajo de 2 grados con respecto a los niveles preindustriales" y resaltó la necesidad de "proseguir los esfuerzos para limitar ese aumento de la temperatura a 1,5 grados".

Quienes concurrieron a trabajar a favor del planeta encontraron, como es usual, no pocas contradicciones. En el discurso inaugural el propio presidente polaco, Andrzej Duda, defendió la importancia del carbón en la economía de su país, aseguró que su uso no está en conflicto con la necesidad de combatir el cambio climático y culminó afirmando que "es importante que la transición a una economía con bajas emisiones no represente una amenaza para la seguridad económica de regiones como esta".

Mucho más afortunado, hubiera sido recordar que el flamante premio Nobel de Economía, William Nordhaus, galardonado por su modelo sobre el impacto económico del cambio climático, asegura que el costo de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero oscilaría entre el 1% y el 2% de la renta mundial. Algo que apenas supera lo que afirmó su colega Nicholas Stern en el histórico informe sobre la economía del cambio climático, donde se estimaba una inversión requerida equivalente al 1% del PBI mundial y se advertía que, de no concretarse, el mundo se expondría a una recesión cercana al 20% de ese PBI. Estados Unidos, Rusia, Arabia Saudita y Kuwait hicieron lo posible para reducir la "ambición global" en la lucha contra el calentamiento del planeta. Brasil retiró la oferta de albergar la conferencia del próximo año: es conocido que el presidente entrante, Jair Bolsonaro, tanto como Donald Trump, es fiel a sus intereses y presume que la ciencia está equivocada afirmando taxativamente que los bosques deben ser derribados y los combustibles fósiles deben ser aún más subsidiados.

En ese contexto, el resultado de la Cumbre del Clima es positivo. Al igual que en el reciente G-20, el acuerdo sobre un conjunto de reglas para implementar las promesas hechas en París muestra que el multilateralismo continúa siendo un instrumento débil y burocrático, pero apropiado para evitar los impactos más terribles del calentamiento global.

A última hora de la cumbre se acordó un texto que contiene la mayoría del "reglamento" necesario para la implementación del Acuerdo de París. Allí se definen cuestiones de procedimiento tales como la forma en que los países deben medir e informar tanto sobre sus emisiones de gases de efecto invernadero como del progreso en el cumplimiento de sus compromisos para reducir el carbono, con un acuerdo para trabajar en el establecimiento de nuevos objetivos para la asistencia financiera a los países pobres. No pudo resolverse el punto vinculado a los mercados de carbono y el modo en que los países pueden obtener créditos por sus esfuerzos para reducir las emisiones y sus sumideros de carbono, como los bosques, que absorben el dióxido de carbono. La posición de Brasil, que espera beneficiarse de sus enormes extensiones de selva tropical, hizo que este tema se pospusiera hasta el próximo año. En cambio, no hubo un mayor compromiso para mejorar las contribuciones que cada país debe hacer para reducir los gases de efecto invernadero.

Lamentablemente, los objetivos actuales conducen al mundo hacia un catastrófico calentamiento de 3°C en 2100. La conferencia tampoco tuvo en cuenta las advertencias del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático, que hace solo dos meses presentó una imagen sombría del daño que se produciría si la temperatura global superara los 1,5°C por encima de los niveles preindustriales.

A pesar del progreso logrado este año, que permite seguir trabajando en una dirección apropiada, algunos consideran con justa razón que el proceso es demasiado lento dada la urgencia de los graves problemas. De alguna manera, las diferencias se plantean en términos del mayor o menor apremio de cada representante para afrontar este desafío para nuestra civilización.

Es cierto que para los millones de afectados que ya sufren las dramáticas consecuencias del cambio climático el factor tiempo ha perdido significación. Ocurre que la forma en que las personas experimentan los impactos climáticos condiciona el juicio acerca de la actitud de los gobernantes y del éxito de la conferencia, que en muchos casos no resulta del todo convincente. Cada vez más personas comienzan a cuestionar la ética de quienes nos representan para definir el futuro del planeta, y la ciudadanía global ha reforzado los argumentos morales contra aquellos que defienden sus intereses personales o nacionales en detrimento de la salud y el futuro de las personas. En estos acuciantes temas, está claro que un éxito lento no será finalmente un éxito.

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