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El dilema de las fiestas: ¿conviene ser local o visitante?

Fuente: LA NACION
Laura Reina
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22 de diciembre de 2018  

Cada vez que se acercan estas fechas, Nicolás Dapuente sabe que como mínimo tendrá que recibir a 20 personas en su casa, lidiar con las compras en el mayorista para abaratar costos y poner su mejor cara ante pedidos insólitos, como llevar al perrito para que no sufra en soledad los estruendos de los fuegos de artificio. "Todos saben que odio cualquier cosa que tenga cuatro patas", dice resignado, pero sabiendo que no hay opción: su destino, parece, es ser anfitrión. "Lo que me pone peor es el día después: levantarme y ver todo dado vuelta me deprime. Pero tampoco es que me encanta ir a la casa de otros. No termino sintiéndome cómodo. Me parece que lo menos malo es recibir", plantea Nicolás, y abre el debate. En las Fiestas, ¿es mejor ser local o visitante?

Nadie duda de que en cualquier deporte la localía suele ser una gran ventaja. Pero cuando se trata del arte de recibir, la cosa no está del todo clara. Porque el que juega de local carga con toda la responsabilidad del festejo y está obligado a lidiar y ceder ante situaciones que él mismo no toleraría con los suyos para evitar generar un mal clima en pleno festejo. Según los anfitriones consultados, hay dos principales problemas a la hora de recibir invitados en estas fechas más que especiales: las mascotas, por un lado, y los niños (llámese hijos, sobrinos y nietos ajenos) por el otro. Sin desmerecer el desorden del día después, que es otro dolor de cabeza que viene de yapa cuando se juega de local.

"Me ha pasado un Año Nuevo de recibir amigos con sus hijos que eran muy maleducados, que decían que la comida estaba fea y encima me destrozaron el jardín porque se pusieron a jugar al fútbol y el padre no les ponía ni medio límite. Mi amigo se dio cuenta de que yo no estaba cómodo con la situación y fue medio tenso el momento –recuerda Fabián Rodríguez Cuello, programador–. Nunca más volví a invitarlos y medio como que a partir de ahí se cortó la relación", cuenta quien suele actuar de local en Año Nuevo y visitante cuando se trata de Nochebuena. "Me parece que una fiesta en casa y otra afuera es lo ideal. No me gustaría ser siempre el que recibe ni tampoco el que va. Por suerte, con mi hermano tenemos cada uno casa grande y nos turnamos. Entre los dos encontramos la mejor combinación, la más equilibrada y justa", admite Fabián, que para Año Nuevo suele recibir a familiares y amigos con una premisa: "Que vengan con buena onda".

Marina Ini, analista de sistemas, recuerda una anécdota en la Navidad de 2016 en torno al perro de su tía, un diminuto chihuahua que llevó a su casa para que no se quedara solo en pleno festejo. "Primero, cayó en casa con el perro en un bolsito sin avisar. Pero lo peor fu que en un momento dado Charly ‘desapareció’ y todos los invitados montamos un operativo de búsqueda para encontrarlo. El perro no estaba por ninguna parte. Lo llamábamos y nada. Mi tía entró en pánico, su desesperación empezó a crecer y se hizo contagiosa. Incluso salimos a la vereda con linternas –recuerda–. Por otro lado, los chicos estaban ansiosos por los regalos y querían abrirlos a toda costa mientras los grandes estábamos tratando de dar con el bendito perro, que finalmente apareció después de media hora en un placard, muerto de miedo por los ruidos. La verdad que fue un momento feo y al final casi no pudimos brindar", se quejó Marina, que no tiene problemas en seguir poniendo su casa para recibir, pero con una sola regla: cero mascotas.

En estos casos conflictivos el psicólogo Miguel Espeche asegura que lo mejor es "ni siquiera abrir el juego a la posibilidad de que vengan con mascotas o niños si uno no está dispuesto a vérselas con ellos. Este punto debe quedar claro en la previa porque en el durante ya es poco lo que uno puede hacer". En ese sentido, el especialista no duda en que lo conveniente es hacer una especie de curaduría de quienes participarán de la reunión. "No hay que tener miedo de hacer una selección de los invitados de manera de evitar situaciones enojosas. También es bueno que el anfitrión teja alianzas con algunos de sus invitados para que los ayuden a lidiar con, por ejemplo, personas que se ponen violentas cuando toman".

En el caso de los visitantes, podrá decirse que la gran ventaja es no tener que ocuparse de nada (salvo llevar un kilo de helado, las ensaladas o una botella de vino o espumante) y su principal problema reside en el traslado. Y también la obligada moderación a la hora del brindis si se tiene la responsabilidad de ser el conductor designado.

"El beneficio de ser visitante es que no tenés que poner tu casa, y la desventaja es tener que ir hasta la casa de otro. Y volver a la tuya, probablemente no en las mejores condiciones", admite el estudiante de arquitectura Ezequiel Bravo. El otro problema que surge de ser visitante es que muy probablemente se termina asumiendo, sin querer, el indeseado rol de chofer de quienes lograron llegar al punto de reunión por su cuenta, pero que a esa hora no tienen ni la más mínima posibilidad de irse como llegaron. "Me ha tocado tener que llevar a mi cuñado, su mujer y su hijo desde Belgrano hasta su casa en Villa Devoto y después volver a la mía en zona Norte. Pero no hay manera de negarse porque sentís el compromiso de hacerlo. Por eso para mí lo mejor es recibir, más allá del lío que te queda en tu casa al otro día. Así te evitás tener que hacer de chofer en las Fiestas", opina Ezequiel.

Por su parte, el diseñador publicitario Lucas Ocampo admite que en las Fiestas le gusta tomar alcohol. Y eso sin duda es una contra cuando se es invitado y hay que volver a casa entrada la madrugada. "Una vez me quedé a dormir en lo de mi hermana porque estaba en muy mal estado. No me gustó levantarme con la resaca, ver a mis sobrinitas por ahí y no estar en mi casa. ¿Conclusión? Prefiero ser anfitrión así puedo tomar sin preocuparme por el después".

Agustina Cohelo asegura que le gusta más ser invitada que anfitriona. El inconveniente es que al ser celíaca y vegetariana sentía que sumaba un problema más al anfitrión. "A pesar de que yo insistía en que llevaba mi comida, todos me decían: ‘No te preocupes, yo te preparo algo sin TACC para que comas’. Pero la verdad es que no me gustaba sumar un problema más y ahora prefiero recibir, preparar mis platos y compartirlos con los demás. Y a todos les encantan".

Lo que importa es la actitud

Para los expertos consultados, los roles que ejercemos en torno a las Fiestas no tienen demasiada importancia. En cambio, la mayoría hace hincapié en la actitud que se adopte se juegue de local o de visitante. "En general, lo que creo que necesitamos en estas fechas es apelar al ingenio para superar los desafios que plantean las Fiestas. Seamos anfitriones o invitados lo fundamental es tener una buena disposición hacia los demás y la situación. Eso es clave para construir un momento ameno, de encuentro", señala la psicoanalista Susana Mauer, especialista en vínculos y familia.

En realidad, hay que aceptar que la insatisfacción es casi intrínseca a todas las reuniones sociales. Y que es imposible contentar a todos, sobre todo cuando son muchos y cada cual tiene una idea distinta de lo que es celebrar. "Cada familia diseña un mapa de festejo diferente. Es verdad que cuando se es anfitrión hay más posibilidades de incidir en el diseño de ese festejo. Pero también es cierto que son los que cargan con toda la responsabilidad de esa celebración", destaca Mauer. Aunque no hay patrones de personalidad que puedan atribuirse a unos u otros, en líneas generales se dirá que los más pragmáticos optarán por jugar de visitante y los más serviciales tendrán tendencia a actuar como locales.

"Hay gente a la que le gusta invitar, son personas que en general tienen un perfil conciliador, que les agrada agasajar. Son, por decirlo de alguna manera, los "dadores universales". Y están también los "receptores universales" a los que les gusta recibir y sentirse agasajados. Lo importante es que ninguno de los dos se sienta obligado a cumplir uno u otro rol", plantea Beatriz Goldberg, psicóloga y escritora. Y agrega: "Si uno es el que recibe, que lo haga de onda, no para pasar facturas después. Y si se siente desbordado, que pida ayuda, no intente cargar con todo solo. En el caso del anfitrión la clave es ser claro en los pedidos de auxilio. No dar doble mensaje, no dar nada por supuesto. Porque está el que dice ‘no necesito nada’ y luego pasa factura. Si lo necesitás, comunicarlo", aconseja Goldberg en el caso del anfitrión.

Por su parte –sigue la especialista–el invitado debería ser colaborador. "Hay quienes sienten que son merecedores de que los sirvan y se quedan sentados en la silla sin hacer nada. En general no les gusta tener lío en su casa, son obsesivos del orden y la limpieza, y entonces prefieren ir a la casa de los demás en lugar de recibir. Si toca ser visitante hay que tratar de alivianarle el trabajo al que recibe. Y aceptar que no tenés el mando de la situación, por lo tanto debe adecuarse a las leyes del local".

Espeche, por su parte, sostiene que en el caso de ser anfitrión lo importante es prepararse mentalmente para lo que eso implica. "Quien recibe deber estar predispuesto a aceptar que su casa va a entrar en desorden y las pautas que habitualmente tiene se van a ver modificadas porque va a haber gente muy diversa. Esto que parece una obviedad es importante porque el anfitrión muchas veces pretende que los invitados se adecuen a sus propias pautas domésticas y esto en general no es muy posible".

Espeche vuelve a insistir en que la clave está en la previa de la reunión. "Es el momento de poner en claro algunas reglas de juego. Hay anfitriones que les gusta tener el control, que aportan todo y los otros solo vienen; y están los que quieren recibir ayuda de los invitados y entonces conviene comunicar claramente el grado de colaboración que uno pretende de los visitantes". En cuanto a los rasgos de personalidad de quien recibe y de quien visita, Espeche asegura que suele ser amplio, aunque en líneas generales sostiene que "los que reciben suelen ser generosos y también les gusta tener el control, es decir, manejar el juego o los hilos de la reunión; y entre los que van hay muchos muy generosos, con espíritu comunitario, que se involucran fuertemente con la causa y ayudan. Y también hay otros invitados más parasitarios, que buscan ser servidos".

En todo caso, los especialistas coinciden en que las Fiestas no dejan de ser un reflejo de cómo somos todos los días, más allá de dónde estemos o cómo vistamos.

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