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Herederos del arte argentino: un tesoro en buenas manos

En la casa taller de Naum Knop, estuvieron el hijo de Pablo Curatella Manes y Germaine Derbecq
En la casa taller de Naum Knop, estuvieron el hijo de Pablo Curatella Manes y Germaine Derbecq Crédito: Fabián Marelli
Los responsables del legado de 17 artistas se unieron para pensar estrategias; se quejan de que el Estado no los apoya
María Paula Zacharías
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23 de diciembre de 2018  

Heredar obras de arte es un privilegio pero también un trabajo: conservar, catalogar, difundir... Las tareas de los herederos son muchas y se hacen a pulmón, en soledad y sin apoyo. Eso dicen responsables del cuidado de la obra de 17 artistas que se reunieron por primera vez el domingo pasado para pensar estrategias y apoyarse unos a otros: la suya no es una gestión fácil. En sus manos reposa un tesoro preciado, que debería entenderse como patrimonio nacional. Son parte de la historia del arte argentino.

El encuentro fue en la casa taller del escultor Naum Knop (1917-1993), que tras décadas de encierro y desorden, sus hijos y su viuda lograron revivir como fundación y desde abril próximo estará abierta al público. La idea de reunirse fue de Tulio Andreussi, un apasionado por el arte que custodia la obra de dos grandes escultores, Magda Frank (1914-2010) y José Fioravanti (1896-1977), en la casa taller de Frank, hoy convertida por él en museo. "Tenemos las mismas alegrías, las mismas angustias. Vale la pena hacerlo juntos, con más fuerza y disfrutar el legado que tenemos", dice. "Todos estamos muy involucrados con la vida del artista que defendemos. A la noche, cuando nos vamos a dormir, somos los que dialogamos con el artista. Le pedimos ayuda, a veces lo maldecimos... otras nos alegramos con ellos", dice Andreussi.

"Salvame la obra", le dijo el escultor Pablo Curatella Manes (1891-1962) a su hijo cuando estaba en su lecho de muerte. Jorge Curatella Derbecq es el único descendiente de dos de los padres del modernismo local, porque su madre fue la pintora Germaine Derbecq (1899-1973), además crítica, curadora y galerista. No solo cuida su legado, sino que también lo multiplica. "En los últimos años me dediqué a salvar la obra de papá que estaba en yeso: hice fundir al menos treinta piezas en bronce. De mi madre quedan muy pocos cuadros, pero están sus trípticos, de 40 x 40 cm, obra geométrica. Su eslogan era 'vendo mi cuadro por el costo de un buen par de zapatos'. El año próximo va a haber una muestra en la galería Calvaresi con su obra histórica y estas obras múltiples".

En 1920, se remató en París una obra de Millet en precio récord. Una niña andrajosa miraba por la ventana. Era su hija, que había quedado en la pobreza a la muerte del artista. Un dibujo de Forain retrató esta situación y fue el inicio de la campaña por el droit de suite, que desde poco tiempo después fue ley en Europa. En la Argentina, todavía no. La Sociedad de Artistas Visuales Argentinos (SAVA) está luchando en el Congreso por el Derecho de Participación, por el cual el autor y sus herederos participan en un porcentaje del precio obtenido en cada reventa de sus obras. "Es muy importante para nosotros", coinciden.

"Tengo pasión por su obra. Mi mayor interés es preservarla en su unidad. Me ocupo de difundir. Ahora quisiera hacer una retrospectiva en un museo", dice Liliana Crenovich, sobrina de Yente (1899-1973) y Juan del Prete (1897 - 1987). "Del Prete produjo mucho, pintaba los siete días de la semana. Yente mucho menos. Cuando comencé, Del Prete era el famoso y Yente estaba olvidada". En el marco de la ola de reivindicaciones de artistas mujeres, la galería Roldán le dedicó una muestra y un catálogo a la gran artista, que fue un suceso de público y de prensa. "Me sorprendió mucho el año pasado que ahora para exhibir a Del Prete tiene que estar unido a Yente, la primera artista mujer que hizo abstracción en la Argentina", cuenta. Crenovich invierte todo lo que gana con la obra en la propia obra: "Mi trabajo es ad honorem. La obra que tengo tiene destino de museo. Por eso casi no vendo obra, solo algunas piezas para reinvertir, porque a la obra hay que limpiarla, acondicionarla y cuando veo alguna pieza especial para completar algún período, la compro. Conservo cientos de piezas en la que fue la vivienda de ellos en Belgrano", cuenta.

Muchas obras están custodiadas por grandes museos, pero los herederos lamentan que no siempre están en exposición. "El Museo Nacional de Bellas Artes (MNBA) tiene 32 yesos de Curatella Manes, algunos fundidos. Solo dos están expuestos", dice Curatella Derbecq. Pero el museo tampoco es siempre una salvación asegurada. "Una escultura tuvo una restauración fallida en el MNBA y ahora estamos solventando una nueva restauración gracias a un sponsor", dice Fernanda Heras, sobrina de María Juana Heras Velazco (1924-2014). "Estamos ordenando su archivo y su casa taller de Once", cuenta. Del Prete cometió un error: donó cien obras a un museo de su pueblo natal, Vasto, Italia, y hoy son las únicas pinturas guardadas en los depósitos de un museo numismático.

"No tenemos apoyo de nadie. No hay una política de Estado que cuide el legado de los artistas. Al Museo de Arte Moderno le pedimos siete veces que nos envíen un mail confirmando la recepción de libros que donamos, que hicimos gracias a Mecenazgo, y no obtenemos respuesta. Pedimos solo un mail", se quejan los hijos de Eduardo MacEntyre (1929-2014), Roger y Cristian. "Yo soy artista y podría haber restaurado su obra porque trabajé muchos años al lado de mi papá, pero no me han consultado", dice Cristian. El Macba, en cambio, hizo una retrospectiva a los tres meses de su muerte. "Son los fundadores del arte generativo, que es muy reconocido internacionalmente. Queremos consolidar el movimiento a nivel local, y que se los valore", se suma el hijo de Miguel Ángel Vidal (1928-2009), Alejandro. De los dos artistas hay casa-taller con obra en exposición, y se pueden visitar con cita previa. El circuito comercial tampoco es fácil: "Las galerías piden solo obra de los 50 o 60, como si el artista no hubiera seguido trabajando en su madurez".

Otro problema son las falsificaciones. "Hay muchísimas. Una burda copia se remató en Nueva York. Años después, una galería puso la pieza en la tapa de un catálogo de un remate. Tuve que ir con la Justicia" dice Curatella Derbecq. Por eso, aconseja numerar las obras, fotografiarlas y extender certificados con certificación de la firma. "Hay que tener una página web actualizada, y publicar ahí los casos de obras falsas". Solo los herederos pueden certificar autenticidad.

Alejandro Saderman, hijo de Anatole (1904-1993), el gran fotógrafo, prepara una exposición que viajará a Rusia y, como es cineasta, está realizando un documental sobre su padre, gracias a los recursos obtenidos por ley de mecenazgo. Su obra vive momentos de auge: "El MoMA compró obra, el Malba otras dos, y varios coleccionistas privados también". La Fundación Antorchas colaboró para hacer el inventario de su archivo. En el encuentro, Alejandro muestra en un libro un retrato que hizo su padre a Antonio Pujía a Susana Nicolai, su viuda. "Fue muy querido y muy feliz", dice. Ella y Fanny Palacios -viuda de Knop- lagrimean emocionadas cuando se encienden los recuerdos. También están en esta unión que comienza a formarse las cuidadoras de la obra de Ruben Locaso (1934-2001), Marín Blaszkco (1920-2011) y Cecilia Marcovich (1894-1976).

"Papá nunca vendió una obra ni expuso para vender. Estuvo en casi todos los grupos de vanguardia. Era un dibujante en el espacio, decía sobre sus obras de hilo y madera balsa. Mamá se dedicó a elaborar en escrito toda su teoría", dice el hijo de Julián Althabe (1911-1975), que también es artista y tiene su mismo nombre. "Después de un tiempo sus cuatro hijos logramos hacer un libro, una página web y estamos armando una fundación, donde estarán sus cartas, escritos, carpetas de bocetos y fotos de obras". "Tenemos la apasionada responsabilidad de homenajear la obra de quienes representamos", dice Pablo Knop, hijo del escultor. Hace 25 años, al volver del entierro de su padre, pensaron cómo hacerse cargo de esa enorme cantidad de obras que quedaron en sus manos. Hoy están orgullosos de la remodelación del taller en Parque Patricios y del inventario que pudieron hacer con recursos propios y sin ser expertos, este ingeniero agrónomo, su hermano kinesiólogo y su madre, profesora de eutonía. "Tuvimos claro nuestro norte y no nos dimos por vencidos. La Fundación nos trasciende como personas". Knop hace el brindis final, y lanza una idea para este grupo en ciernes: "Tenemos que pensar global porque la obra tiene alcance universal". La meta no se agota en ellos mismos, sino que buscan que el legado llegue a la posteridad.

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