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Nueva fase histórica en América Latina

Loris Zanatta
Loris Zanatta PARA LA NACION
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26 de diciembre de 2018  • 00:05

López Obrador y Bolsonaro serán los dos polos de la nueva fase histórica que se abre en América Latina. Es lógico: en términos de tamaño y poder, México y Brasil son los únicos países que pueden aspirar al papel. Que sus líderes tengan el physique du rol, es otro tema: a veces la historia se divierte en colocar a hombres inverosímiles en el lugar equivocado en el peor momento. Alrededor de cada uno de ellos tenderán a agregarse, como satélites alrededor del sol, los otros planetas: cada uno a su manera, por supuesto. ¿Surgiría un típico equilibrio de poder? ¿O una tensión constante entre dos frentes irreconciliables?

En ese segundo caso, América Latina estaría a punto de repetir, con diferentes actores, un guión antiguo: por un lado, un país que aspira a liderar una coalición panlatina, pisando las huellas de los Perón, Castro y Chávez; por el otro lado, un país decidido a reunir a los secuaces de la perspectiva panamericana, como lo hicieron, entre otros, los militares brasileños durante tanto tiempo.

Se entiende que México tome el liderazgo del panlatinismo: tampoco es la primera vez. La herencia hispana en que se basa, está ahí más arraigada que en otras partes; su nacionalismo se formó en oposición al gran vecino sajón y protestante: es obvio que el anti-liberalismo impregne el humus de su cultura política; y lo es también que busque su camino basándose en ese antiguo acervo: después de ganar las elecciones, López Obrador nombró al Papa a su numen; ¡más claro que eso! Con él, la nación católica mexicana, se tomó la revancha contra el Estado laico creado por la Revolución.

Igual se entiende que Brasil maneje las riendas del panamericanismo: gigante entre enanos, por decirlo de alguna manera, se diferencia de los vecinos por historia y cultura; no del todo, pero bastante. Desearía conducirlos, nunca lo logra. Potente pero inseguro, inmenso pero diferente, siempre le resultó natural unirse a un socio poderoso y remoto, Estados Unidos, en busca de ayuda y protección. De hecho, fueron buenos aliados durante la mayor parte de su historia. Consistente con esta alianza, adhiere al panamericanismo y sus valores: al menos en teoría, dado que sus clases dirigentes han a menudo invocado emergencias para pisotearlos. ¿Hoy también?

¿Debemos por lo tanto estar preparados para una temporada de espadas cruzadas como lo fue entre ALBA y ALCA, Castro y la OEA, Perón y Braden? Tal vez sí y la primera prueba es inminente: Venezuela. Pronto Maduro inaugurará su nuevo mandato y contará a los amigos, a los enemigos, a los avergonzados. Poco antes lo hará también Bolsonaro, quién ni siquiera lo invitó: ¡más claro no se podría! Es previsible que promueva iniciativas para ponerlo de espaldas a la pared; es fácil prever que podrá contar con otros pilares del frente panamericano: Chile y Colombia en primis.

A Maduro, en cambio, López Obrador le dio la bienvenida a su inauguración. ¿Qué significa? El frente panlatino, tan fuerte fue en la última década, hace tiempo se desbandó. ¿El presidente mexicano desea resuscitarlo? ¿Está dispuesto a ensuciarse las manos tomando la batuta de figuras como Maduro y Ortega? Lo dudo. Lo más probable es que intente despejar la fachada yendo a las raíces. ¿Cuáles? Invocando la matriz católica. La mezcla de liberismo y evangelismo encarnada por Bolsonaro se diría un blanco ideal para devolverle las alas. No es casualidad que AMLO haya invocado al Papa: solo él puede, desde su autoridad, revivir la tradición panlatina agregando desde los nostálgicos del cardenismo hasta los huérfanos del peronismo; dejando, de paso, que el silencio se lleve el último fracaso en familia: el chavismo.

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