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Retrato personal del último hombre rebelde

Paula Pérez Alonso
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26 de diciembre de 2018  

Conocer a Osvaldo Bayer fue una de las más grandes alegrías de mi vida como editora. Lo vi por primera vez en 1984, a la vuelta de su exilio en Alemania, en un encuentro en el Teatro San Martín del que participaban otros exiliados, como Osvaldo Soriano y David Viñas, y en el que Miguel Briante hizo de moderador. Había leído su libro glorioso La Patagonia rebelde, en el que desmantela la versión oficial que se sostuvo durante décadas sobre el fusilamiento de mil obreros rurales a manos del Ejército en tiempos de Yrigoyen, y no imaginaba que muchos años después tendría la suerte de hablar con él sobre sus libros, cuando Planeta contrató toda su obra. Sus libros más cruciales ya habían sido publicados en los años 70 y nos ocupamos de hacer ediciones de bolsillo, más económicas, y en organizar la Biblioteca.

Pensábamos los títulos y las bajadas y decidíamos juntos las tapas. Cuando estuvieron listos los primeros títulos de la Biblioteca Bayer, vino a la editorial a ver las tapas, revisar las contratapas y definir alguna bajada todavía en discusión. Trabajar con él era tan fácil, un regocijo: desconocía el ego de los artistas (en general, los grandes son así). En los últimos años no dejaba de prodigarse: prestaba su prestigio y su nombre a los jóvenes, cuando apadrinaba bandas como Arbolito; escribía prólogos, guiones de cine, o componía letras de tangos libertarios o una ópera y, además, regalaba los derechos. Daba su tiempo, cuando él ya casi no tenía tiempo.

No me gustan los homenajes con autorreferencias, pero sirve de ejemplo para hablar de él. Cada vez que publiqué una novela se la mandé a Alemania, y cada vez me sorprendía con un mail que encabezaba "Osvaldo Bayer desde Linz", como si escribiera una carta; eran mails extensos, con una lectura detallada: en página tal. una observación clave, en página tal. reflexiones. Leía a fondo. Cuánto tiempo dedicado a otros. Hace años, con Nacho Iraola, por el que Bayer sentía un cariño especial, intentamos que escribiera sus memorias. No lo logramos: él ya no quería repensarse, escribir(se), sentía más curiosidad por las expresiones artísticas de las nuevas generaciones. Admiro cada vez más la armonía entre el decir y el hacer que Bayer practicó sin ningún esfuerzo.

La autora es editora en Planeta y autora de las novelas Frágil y El gran plan.

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