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Germán García: la ficción y el psicoanálisis en un solo hombre

Estaba internado en el Hospital Italiano desde noviembre
Estaba internado en el Hospital Italiano desde noviembre Fuente: Archivo - Crédito: RODRIGO ABD
1944-2018
Pablo Gianera
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28 de diciembre de 2018  

Hasta el año 2000, Germán García se llamaba Germán "Leopoldo" García, para distinguirse de otro, que vivía en Bahía Blanca. En una biblioteca de Boston, descubrió que los libros de él y los del otro estaban juntos. "Dado que el Imperio no discriminaba los dos nombres -contó en una entrevista-, empecé a llamarme Germán García solo". Así era su ironía.

Entonces, cuando publicó Nanina (1968), todavía estaba el "Leopoldo". Esa novela, con la que García se inició en la literatura, opacó injustamente el despliegue -no menos radical- de su tarea posterior como narrador y ensayista. Nanina abrió una práctica con vectores hacia el pasado (cierta relectura de la literatura argentina) y hacia la contemporaneidad (su efecto en Luis Gusmán, Osvaldo Lamborghini y el movimiento de la revista Literal, marcado por la intersección entre política, sexualidad y psicoanálisis). Más importante, sin embargo, fue el hecho de que Nanina -cuya referencia era Trópico de Capricornio, de Henry Miller- deviniera la matriz de un vasto proyecto, una suerte de incesante novela de formación que se proyecta en la totalidad de su narrativa.

Había nacido en Junín en 1944 y llegó a Buenos Aires a principios de los sesenta. Llegó en el mejor momento. Antes, su mayor publicación había sido un soneto dedicado al corredor de autos Eusebio Mansilla, también de Junín. Descubrió Ferdydurke, de Gombrowicz, que lo hacía reír tanto que tenía que bajarse del colectivo.

Tras Nanina, vinieron Cancha Rayada (1970) y La Via Regia (1975), su novela más secreta y acaso la más lograda de todas. Escribió también un ensayo definitivo Macedonio Fernández. La escritura en objeto (1975), efecto del libro de testimonios Hablan de Macedonio Fernández, que él recopiló. Un escritor es no solo lo que escribe, sino también aquello que hace leer a otros.

Con La entrada del psicoanálisis en la Argentina, posiblemente la primera historia del psicoanálisis en estas costas, García pasó en limpio su otra línea: la psicoanalística. Con Oscar Masotta, releyeron a Jacques Lacan en rioplatense.

Escribía un poco al tuntún, en el mejor sentido, sin plan. Su novela La fortuna (2004) es una autobiografía intelectual. Quien quiera conocerlo tal vez debería empezar por ahí.

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