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La historia de Ariel Tapia, el jugador que a los 44 años está considerado el Maradona del pato

Tapia, con el trofeo Pato de Plata, tras la consagración en el Abierto Argentino
Tapia, con el trofeo Pato de Plata, tras la consagración en el Abierto Argentino Fuente: LA NACION - Crédito: Rodrigo Néspolo
Andrés Vázquez
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28 de diciembre de 2018  • 08:19

Brilla el trofeo en su pecho a la par de su sonrisa. Ariel Tapia cuida su tesoro y la reciente consagración en la final del Abierto Argentino de Pato se manifiesta en su rostro. El tono afónico de su voz también lo denota al hombre de Las Heras/La Blanquita. Se cansó de gritar, de festejar sobre el pequeño podio montado en el Campo Argentino de Palermo, envuelto por los abrazos de sus amigos y familiares amantes de las fotos. El octavo Pato de Plata de su carrera, luego del triunfo ante El Siasgo por 14 a 11, lo marca como un símbolo del Deporte Nacional. Aunque su grandeza no se traduzca en la simpleza de sus palabras. "Para cualquier patero de ley esto es lo máximo. Uno nunca se aburre de superarse año a año. Cada nuevo campeonato lo celebro con más ganas nunca, porque soy consciente que cada vez me queda menos en este nivel", confiesa, apenas comienza a desandar su historia con LA NACION.

Lo que hizo Tapia junto a Sergio Alberti y los hermanos Facundo y Nicolás Taberna el pasado sábado, sobre la cancha 2 de Palermo, representa uno de los hitos más importantes en la historia del Pato. En las 77 ediciones que se lleva disputando el Abierto Argentino, esta fue la primera vez que una formación de 40 goles de ventaja logró consagrarse campeón. Nunca antes -ya sea por derrota o lesiones de uno de los integrantes del cuarteto ideal- había sucedido. "Uno juega al pato por la pasión y el amor que le tengo a los caballos. Jamás lo hice pensado que podía lograr tantas cosas y formar parte de la historia grande de este deporte", admite.

Lejos de la fama mediática que tienen las estrellas en disciplinas más populares, Tapia construyó su presente de logros y reconocimientos en el silencio del campo La Guarida, a unos pocos kilómetros de la ciudad bonaerense de Nueve de Julio, rodeado de gauchos y caballos. Y es allí donde gran parte del año le enseña el oficio de petisero y la práctica de Pato a sus hijos Matías y Tomás, como alguna vez lo hizo Jorge, su papá, que trabajó durante muchos años con Dante Spinacci, propietario de la chacra y una de las figuras emblemáticas del pato argentino. "Dante es mi padrino deportivo y mi gran amigo. Mucho de lo que tengo en la vida es por su generosidad y su apoyo", resalta.

Tapia posee una cualidad muy necesaria para su éxito: un gran amor por los caballos
Tapia posee una cualidad muy necesaria para su éxito: un gran amor por los caballos Crédito: Rodrigo Néspolo

Más allá de la astucia y la destreza que tiene como jinete, Tapia posee una cualidad muy necesaria para su éxito: un gran amor por los caballos. Con 44 años recién cumplidos, desde hace 30 le dedica 12 horas diarias a su cuidado. Considera que ellos son los verdaderos protagonistas del deporte y que de su bienestar dependen sus logros. "Sin mis caballos yo no sería nada. Lleva mucho tiempo prepararlos para que se acostumbren al Pato y salgan buenos jugadores. Ser petisero es todo: es andarlos, darles de comer, enseñarles a jugar y padecer sus dolores cuando andan con molestias. Tengo una conexión especial con ellos", cuenta.

Su caballo preferido se llama "Dulce de Leche", un zaino bajito de apenas ocho años que el sábado pasado fue elegido como el mejor ejemplar de la temporada de Alta ventaja 2018. "Por este caballo doy todo. Lo vi nacer y lo hice a mi medida. Es dulce, dócil. Tiene buen cuerpo de patero: buenas patas, buenas manos, buen pecho, es ligero. Su premio es más importante que cualquier mención personal", expresa Tapia, que en la final ante El Siasgo fue condecorado por las autoridades de la Federación Argentina de Pato con un premio a la caballerosidad deportiva.

La vida nunca le fue fácil a Ariel Tapia, aunque él se considera un hombre de mucha suerte. Su entusiasmo por los caballos y el gran conocimiento que tiene de ellos, también lo llevó a incursionar en el ambiente del polo y vivir más holgadamente. "El pato es mi pasión y el polo mi trabajo", aduce. Es que durante seis meses del año (de abril a septiembre), Tapia se muda a Windsor, Inglaterra, donde oficia de petisero y juega para el equipo de un millonario (tiene 5 de hándicap), con quien se dio el gusto de ganar la Roehampton Cup, un trofeo de los más tradicionales del polo inglés, con el equipo Montana Team, en 2006. Ese logro le posibilitó ser tapa de la prestigiosa revista Polo Times.

Una escena de la final del último Argentino Abierto de Pato
Una escena de la final del último Argentino Abierto de Pato Fuente: LA NACION - Crédito: Rodrigo Néspolo

El muchacho oriundo de Nueve de Julio es de los hombres que hablan poco, pero observan mucho. Goza de un perfil casi subterráneo a pesar de ser el jugador más destacado de su generación. El mote de Maradona del pato no le pesa, aunque piensa que es un tanto desmedido que lo llamen así. Fiel a su humildad, con sus orígenes siempre presente, no duda en resaltar a sus faros deportivos antes de sus propias cualidades profesionales. "Los mejores jugadores que vi son Dante Spinacci, Martín Salaberry y Nicolás Taberna. Pero no me comparo con ninguno. Siempre quise ser yo mismo. De todos aprendí algo", afirma Tapia, que ganó su primer Abierto jugando para Los Barrancos, en 1997, con tan solo 18 años.

Hoy, a los 44 años, con ocho Patos de Plata y dos Olimpia en sus vitrinas, es consciente de que su retiro está cada vez más cerca. Pero todavía lo mueve un sueño: llegar a la final del Abierto con sus dos hijos y su hermano Julián en el mismo equipo. "Espero poder cumplir pronto ese anhelo. Eso sí que sería lo máximo", cierra. Sin creérsela sabe que es un patero único y que aún tiene riendas para afrontar nuevos desafíos arriba de los caballos.

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