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Vero Ivaldi: "La zona de confort me quema el cuerpo"

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28 de diciembre de 2018  • 17:07

Tiene el physique du rôle de una científica. Y algo de eso hay. Porque estudió tres años de Física y Química en la universidad y hasta en algún momento soñó con hacer pócimas como El Ecoloco, el personaje del programa infantil Odisea Burbujas, que miraba de chica con devoción. Pero Vero Ivaldi se decantó por la moda. "Soy renerd... Me encantaba la mezcla, la cosa de alquimista. Yo me imaginaba como Ecoloco. Buscaba mezclar muchos elementos para lograr un producto final. En definitiva, es lo que hago ahora, solo que con otros materiales. La moda es lo que me permite expresarme. Encontré en ella la manera de canalizar eso que tanto me gustaba, que era unir piezas. Me encantaba armar objetos en 3D. Los libros pop-up eran otra de las cosas que me fascinaban", recuerda la reconocida diseñadora, que fue la encargada de vestir bandas de las escena alternativa del rock nacional como Los Brujos, en la década del 90, y fue una de las hacedoras del mítico Diseñadores del Bajo, un espacio que revolucionó la moda a principios de 2000 y del que surgieron reconocidas firmas de autor.

Casi dos décadas después, Vero Ivaldi, que se define como una mujer multitask, sigue poniéndose al frente de proyectos que la entusiasman. Como ser desde 2016 la coordinadora de moda del gobierno de la ciudad o apoyar a Estudio Bling, el espacio de coworking de diseño de su alumna y amiga Coty Argerich que acaba de inaugurar en Las Cañitas.

-¿Cómo surgió Estudio Bling?

-Había una falencia de un lugar de experimentación, donde uno pudiera probar. El trabajo del diseñador es ensayo y error. Mi método es el científico, todo mi trabajo se basa en la experimentación. Este espacio significa poder venir y tener todos los recursos acá, llegar y poder probar un calado, aunque después tal vez no lo uses. Hay máquinas de calado de sublimación, de serigrafía. Es un lugar mágico. Es como una casa de muñecas para un diseñador. Lo que importa de estos lugares como Bling es que rescatan los oficios. Hoy no hay tanto amor por el oficio. Que haya lugares donde se puedan practicar estos nuevos oficios, que puedas venir y aprender, es superimportante.

-Más allá de las máquinas está el coworking, la posibilidad de intercambio con otros diseñadores.

-Exacto. Para mí, todos los espacios deben tener como premisa que pasen cosas. Cuando, en 2000, armamos Diseñadores del Bajo, la idea era generar cosas, que surgieran talentos, tener un espacio para juntarte con tus pares mientras hablabas de la última colección de tal o el nuevo disco que sacó tal banda... Cuando hay hervideros de ideas surgen muchas cosas. Incluso alianzas.

-¿Ves puntos de contacto con Diseñadores del Bajo?

-No, Diseñadores del Bajo fue una movida muy fuerte. Éramos veintipico de diseñadores de los cuales hoy el 50% son los que siguen marcando tendencia en la moda. Y era una movida maravillosa: un día tocaba Adicta, otro [Daniel] Melero, pasaba de todo. Teníamos una disquería maravillosa y además estaba Saturnalia, un bar que era un hervidero cultural y comercial que marcó una época. Fue una punta de lanza del diseño local muy importante.

-¿Por qué parece que hoy todos los diseñadores hacen lo mismo?

-Hay una cosa que tiene que ver con las redes sociales... Antes, para lograr ver la última colección teníamos que ir a un distribuidor, encargarle la revista y esperar a recibirla. Cuando te llamaban para decirte que había llegado, era el mayor placer que podías tener. Y después decidías a quién se la mostrabas y a quién no. O si la llevaban a la facultad para compartirla con los demás. Hoy eso se perdió, porque todo está a un clic y entonces es muy difícil decir si alguien se copió o no. Tenés tanta información que aunque no lo quieras estás muy influenciado por lo que viene de afuera. Las nuevas generaciones están acostumbradas a que ese es el modo. Yo veo un libro y me vuelvo loca. Si me gusta mucho, elijo momentos para mirarlo. Eso se perdió por lo exprés. Lo veo, lo quiero, lo tengo y ya está. Tal vez no te das cuenta de que te estás copiando porque es tanta la información que tenés que ya está en la cabeza.

-Entonces no te llevás muy bien con las redes sociales...

-El tema es que hoy el reconocimiento se mide por la cantidad de likes que tenés, por tus seguidores, independientemente de lo que hagas. Y yo quiero que me reconozcan por mi trabajo. Se valoriza a alguien si tenés más de tantos seguidores. Hay que aggiornarse, pero me cuesta. En mi Twitter no tengo actividad desde hace años. Lo abrí porque alguien me dijo que tenía que tenerlo, pero no lo uso. En cambio, Instagram me encanta, es una vidriera, pero no lo reemplazo por la presentación de mi colección en público. Además, es un trabajo estar subiendo contenido todo el tiempo. Y mi trabajo no me resulta un trabajo. Es placer puro. A mí no me quita el sueño saber si tengo un seguidor más o menos. Mi índice de talento pasa por otro lugar.

-¿No ser una marca masiva fue una elección o se fue dando así?

-Yo nunca hice nada que no quisiera hacer. Siempre quise ser una diseñadora de autor, pero en la Argentina es complicado. Estás obligada a convertirte en marca. Yo soy una marca, pero de diseño de autor. Cuando me dicen: "Tengo que hacer tal cosa porque tengo que comer", pienso que yo siempre hice lo que quise con mucho esfuerzo y convicción, casi como algo utópico. Cuando querés algo mucho, se puede hacer. A mí, la zona de confort me quema el cuerpo, siempre quiero más. Me gusta trabajar mucho, ponerle todo a lo que hago.

-Acostumbrada siempre a emprender, ¿te cuesta la gestión pública?

-Siempre fui muy independiente, este es mi primer trabajo en relación de dependencia y encima en el Estado. Me llamaron en agosto de 2016, en un momento muy particular mío. Yo había estado mucho tiempo criticando, quejándome para adentro. Y me pareció que me estaban dando una oportunidad de tener una voz adentro. Pensé: "Si no puedo cambiar nada, me voy". Y así empecé. Me senté en la primera reunión y hablaban de formularios, y yo me empecé a desesperar. Pero a su vez tengo una personalidad que hace que piense que ciertas cosas no me pueden ganar. Venir del sector privado es un gran beneficio. Decía: "Tengo que seguir pensando como en el sector privado". Se pueden hacer cosas e ir cambiando de a poco, tal vez no en los tiempos que uno pensaba. Entiendo que hay procesos y cosas que no se pueden hacer de otra manera. Pero estoy entusiasmada. Mi sueño es que Buenos Aires sea una ciudad de moda como San Pablo.

-¿Cuánto falta para eso?

-Nos falta mucho, somos un equipo chico, pero estamos trabajando un montón. Es imposible dejar conformes a todos, pero estamos tratando de hacer lo mejor. Eso me tiene muy ocupada, pero siempre fui muy multitask, me hace sentir viva. Hacer muchas cosas bien al mismo tiempo es lo que me encanta de mí. Además de todo este trabajo en la gestión pública estoy preparando dos colecciones: una línea de remeras testimoniales, una "versión comercial" mía, pero a la vez no comercial. Se va a llamar La belleza después del dolor es imbatible. Es como si imprimiera un diario íntimo mío, pero estampado en las remeras. Son básicos muy valiosos, porque estoy contando una historia, poniendo el corazón en cada remera. Por otro lado, estoy armando una línea de vestidos que sean lo más identificatorio de Vero Ivaldi. Yo siempre digo que no hago ropa, sino que diseño objetos que tienen que poder ser llevados en el cuerpo. Para eso tienen que ser funcionales, cómodos, tener ciertas características ergonómicas. Lo que hago no es ropita. Cuento lo que quiero contar a través de un objeto que casualmente se lleva en el cuerpo y se llama indumentaria. Otros lo hacen en libros o en lienzos. Yo elijo expresarme en la ropa

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