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Orbiting: tu ex te está mirando (y no dejará de hacerlo)

Fuente: LA NACION - Crédito: Shutterstock
Laura Marajofsky
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29 de diciembre de 2018  • 00:06

"Me mira y no me dice nada". Esa es hoy una frase presente en muchas conversaciones y que podría enmarcase como signo de estos tiempos hiperconectados y un poco histéricos. Convertidas en parte del debate cotidiano sobre relaciones, las stories de Instagram parecen haber escalado de mera curiosidad a indicador social y romántico (casi) definitorio. Si las redes alteraron las dinámicas de cortejo y relacionamiento, y la fantasía voyeurística sin restricciones nunca estuvo tan vigente y accesible, este feature de la plataforma llegó para cambiar las reglas en torno a lo que miramos, dejamos que miren y sus posibles significados.

De esta forma, junto con otras nuevas dinámicas habilitadas por la tecnología como el ghosting (desaparecer sin dejar rastro ni dar explicación) o el benching (tener a alguien en el banco de suplentes), ahora lo que inquieta tras una separación es el orbiting, que es cuando alguien sigue mirando las stories de su expareja, likeando fotos o incluso comentando publicaciones viejas, pero no hace ninguna otra cosa para tener contacto ni ninguna otra interacción real.

Si bien tener a un ex rondando sin saber bien cuáles son sus intenciones no es un comportamiento novedoso, es cierto que difícilmente hubiera existido con este nivel de detalle e intensidad antes de la explosión de ciertas herramientas (de las stories a las tags de geolocalización).

"Los ojos observadores en Instagram, Snapchat y Twitter pueden ser excitantes cuando provienen de una potencial relación, pero se vuelven confusos cuando no son solicitados e irritantes cuando el que observa es un ex. En este último caso, es como si el espectro de lo que esa relación podría haber sido nos estuviera espiando por encima del hombro, viendo qué estamos haciendo sin tener que comprometerse en ninguna interacción real", señala un editorial de The New York Times sobre una de las vertientes más molestas del orbiting.

Como si no hubiera suficiente confusión romántica estos días en un escenario de mayor libertad sexoafectiva, roles que se subvierten y otros que -deconstrucción de por medio- se están replanteando, la observación digital a la distancia llega para complicar aún más las cosas. Ser seguido puede ser algo halagador, pero también extraño, o en algunos casos hasta incómodo cuando esa persona (sea un ex o una potencial relación) no concreta ninguna interacción.

¿Qué significa la mirada del otro en un contexto de sobreexposición y multiplicidad de plataformas? ¿Hay que naturalizarla como parte del juego moderno del cortejo o cabe lugar a interpretar? Y en caso de que sea así, ¿qué otras lecturas es posible hacer?

Sobre la paradoja de cómo la tecnología abrió un sinfín de posibilidades por un lado, pero por otro generó efectos inhibitorios (ya que sin palabra el encuentro se evita), reflexiona la psicóloga Teresa Crivaro: "La mirada genera una satisfacción que puede ser muy consistente para un individuo. El crecimiento exponencial de lo virtual y las redes sociales puso a la orden del día el festival de este goce. Poner like y no hablar con el otro es un goce que se basta a sí mismo, dejando al sujeto en una pasividad como objeto y no como sujeto de esa mirada. Allí la mirada detiene al sujeto respecto del acto, evitando que tome la palabra, evadiendo el encuentro".

"Hace un año y medio no estamos más, tuvimos una relación de dos años y medio, y desde que nos separamos me mira las stories. A los tres meses de separarme creé un Instagram y empecé con el maravilloso mundo de las stories. Un día noté que mi ex (sin seguirme) me las veía. Esto me generó el sentimiento de no saber si era una forma de llamar mi atención o si lo hacía por mera curiosidad. Empecé a anotar los días en las que las miraba, si tenía algún patrón de conducta. Sin darme cuenta mantenía una relación con él (su yo digital) a distancia, pensaba qué subir, qué día subirlo y qué poner. Se volvió sin querer una obsesión el mirar si él me las miraba", cuenta Agustina, de 28 años, dando cuenta del vínculo indirecto que se genera entre el que orbita y el "orbitado". "Cansada de sentirme vigilada me animé a hablarle y a preguntarle si quería tomar un café conmigo, pero obtuve una negativa. Sentí que me estaba afectando, vivía pendiente de una relación que ya había terminado y él tampoco tenía intenciones más allá de mirar (vaya uno a saber por qué) lo que yo hacía a diario. Así que decidí bloquearlo".

Esto último, lejos de ser un caso aislado, resulta recurrente en las conversaciones de amigos/as en las que cuentan cómo se envían mensajes subliminales a través de las historias, ya sea con un ex de cualquier tipo (pareja o casual) o bien con gente que les interesa. ¿Acaso estamos todos participando de un gran panóptico relacional sin darnos cuenta?

"Lo conocí vía Facebook y pegamos muy buena onda. Después de hablar durante meses, decidimos vernos e hicimos una escapada. Yo estaba enamoradísima de él. No nos volvimos a ver, pero siempre mantuvimos el contacto, una especie de amistad con idas y venidas. Ambos salimos con otras personas y él las comparaba conmigo. Desde que existen las stories que se comporta de la misma manera, suele verlas todas y si subo alguna foto mía me la responde o me escribe por WhatsApp para comentar algo al respecto. Todavía tenemos charlas sobre nosotros, lo que no fuimos y nunca vamos a ser. A esta altura estoy acostumbrada a que esto ocurra, me parece normal y hasta lo espero. Un poco histérica soy también, no puedo negar que me halaga en cierto punto", admite, reconociendo cierta contradicción, Paula, de 29 años, en pareja desde hace varios años.

Desde luego, el modo en que se siente el observado depende del tipo de relación que sostiene o sostuvo con el observador y con sus expectativas, variando desde un pico de adrenalina cuando alguien que nos interesa nos mira, aun si es en silencio y a la distancia, pero mutando a molestia o temor cuando la mirada ya no es bienvenida.

Un línea delicada

¿Cuándo se cruza la línea entre un simple "stalkeo" (de stalker, en inglés, alguien que espía o vigila) a alguien que está obsesionado o que puede llegar al hostigamiento? Difícil generalizar, pero es sin dudas algo a lo que hay que prestarle atención, sobre todo en un contexto de discusión en torno a la libertad, el goce y el consentimiento.

"Las redes sociales son la vidriera en la que lo privado se hace público en un clic. No se sabrá en qué servidor de Google se archivará o si un ex, un candidato o un stalker lo guardará con un print screen. Internet es infinito. Aunque los desarrolladores armen el botón de eliminar, lo que se comparte en internet es irreversible. Es importante considerarlo al subir algo a las redes sociales. La pregunta no es mostrar o no, sino ¿para qué y para quién?", advierte Crivaro.

Asimismo, si bien la mayoría de las veces es posible saber si alguien está "orbitando" alrededor de nosotros o no, en ocasiones solo nos damos cuenta por un descuido, sea en forma de likes que aparecen y desaparecen en posteos viejos u otras acciones. También es importante aclarar que pese a todo el abanico de conductas descriptas aquí, el orbiting puede no ser intencional, ya que Instagram tiene un sistema automático de updates en el que las historias nuevas de tus contactos se activan en loop una vez que miraste alguna y siguen inmediatamente por el contacto de al lado.

Pero la mirada ajena de conocidos o desconocidos no siempre es intimidante o nociva, e incluso puede pensarse como otro modo de acompañamiento o de estar, cuando la vida personal se vuelve una vidriera constante en la que quedarse viendo.

"Muchas veces, ya sea por miedo, por vergüenza o por simple voyeurismo, me encuentro con vistas de stories de gente que jamás me ha dirigido la palabra, pero que sigue arduamente cada uno de mis movimientos. Dentro de esos casos, a veces alguno que otro se anima a salir de entre las sombras y, cuando algún contenido lo amerita, me dice algo. Los que se "animan" son los menos, pero en contracara es bueno toparse con gente que, a pesar de la distancia, reaparece con un mensaje de afecto, con una buena nueva, con un mimo digital y a la distancia que surge del recuerdo y de la nostalgia por lo que fue. Son los "buenos ex", los que invitan a tomarse un café en el uso de la digitalidad, y hace poco uno de ellos me reconfortó en el momento justo con las palabras adecuadas. El diálogo fue escueto por mutuo acuerdo, pero el afecto es grande", cierra Melisa (29).ß

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