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Roadtrip: los desafíos de hacer un viaje rutero con amigos

Crédito: eremy Bishop / Unsplash
Delfina Fragni
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12 de enero de 2019  • 00:08

Si tenés pensado viajar con mucha compañía tené en cuenta todos estos dilemas y encontronazos posibles y preparate a tiempo para resolver de la mejor manera cualquier situación.

¿A qué hora salimos?

Más complicado que dictar la constitución de un país puede ser que un montón de personas se pongan de acuerdo en el horario de partida. En general, elige el que maneja y el resto se adapta en rencoroso silencio.

Acá juega mucho el ser "búho" o "alondra". El búho disfruta la tranquilidad de la noche y la alondra, la energía inagotable del día que empieza. El búho está listo para manejar cuando empieza el atardecer y disfrutar de la ruta vacía. A la alondra le gusta salir con el sol, te despierta para que mires el paisaje del camino y bajes a sacarte una foto. A la alondra se le apaga la tele a las 10, por eso frena a dormir en la ruta. El búho dice: "Dejá que yo manejo" y, cual chofer de bondi, te despierta con el desayuno. Alondras y búhos de la vida, coordinemos para que la noche de uno no sea la pesadilla del otro.

¿Se come en el viaje?

Está el obsesivo del auto, que lleva bolsitas de basura y, apenas abrís un chicle, ya está pidiendo el papel. O el que insiste en tomar en vasos en vez de compartir la botella y se la pasa sirviendo minivasitos, que pasean a ritmo vertiginoso. Los relajados que, a los 5 minutos de salir, ya tienen el auto lleno de migas de las galletitas de los chicos, que quedan ahí hasta el final del verano mezcladas con arena, juguetes y parasoles. La "todoterreno" que te arma una cuchara con el ticket de peaje o la tapa del yogur. El matero que ya cebó como cinco termos y no te da tregua: "Ay, ya te lo serví, tomate uno más". El que se pone la 10 y en menos de lo que Usain Bolt corre los 100 m te armó 48 variedades de sándwiches. Sea como sea, viajar y comer van de la mano. Si no lo planeás, terminás con el carísimo e insípido sándwich de estación de servicio, mientras hacés fila para el baño.

¿Qué hacés con los chicos?

Los chicos tienen un nivel de energía acumulada que solo se acentúa por el azúcar de las galletitas. El efecto de las películas es momentáneo para entretenerlos (salvo para vos, que te queda sonando "Let it Go" en la cabeza hasta el fin del verano). Probaste todo: buscar palabras por orden alfabético, contar molinos, leer un libro (los libros para niños tienen seis páginas, todas llenas de dibujos). O te fumás el disco de canciones infantiles (Pepe, por Dios, ¡pará!). ¿Y si vamos al Sur? 1600 km. Dos días de viaje, infinitas horas de desierto. Salís de tu casa, subís a la General Paz y, como un grito de terror, llenándose de eco en el auto, escuchás: "¿Falta mucho?".

¿Sale carpool karaoke?

El roadtrip tiene muchas etapas musicales. El videoclip en el que te sentís protagonista de un video romántico mientras cantás mirando por la ventana (si llueve, cualquier actuación pasa de un 4 a Meryl Streep); la roadmovie en la que suena una canción y se van mirando unos a otros y cantando a grito pelado el estribillo; el momento retro con Cae o Cristian Castro en el que no podés hacer otra cosa que no sea dejar todo, cerrar los ojos y los puños y cantar como si no hubiera mañana (siempre hay uno que no se acuerda la letra, pero igual cierra los ojos y tira alguna palabra). Por último, está el momento mágico del silencio. De repente, nadie habla. Apagás, escuchás el motor y un poco del viento que entra por la ventana y exhalás.

¿Quién va de copiloto?

Está el copiloto por default, porque es tan alto que no entra atrás o es el dueño del auto "bis" y no te deja el lugar de adelante por nada del mundo. Y después está el copiloto por elección. Esa persona que tiene que ir adelante porque cumple una función fundamental. Tiene el Waze actualizándose minuto a minuto y además conoce el camino. Te preparó la lista de Spotify ideal, ceba mate como nadie y trajo sándwiches para todos (incluso para los que no comen con mayonesa). Es el tipo de copiloto que querés en la vida, lo podés llamar a las 3 a. m. porque te peleaste con tu novio, te armó una cama y te espera para charlar. Te mantiene despierta en la ruta, cuenta chistes y te da confianza cuando pasás un auto. El copiloto en el viaje es como Morgan Freeman haciendo de Dios, no todos estamos listos para cumplir ese rol y no debería ser una elección al azar.

¿Y si se te queda el auto?

Entre la vaquita para la nafta y peajes, el hospedaje y los víveres, se te fueron todos los ahorros. Sentís que si llevás el auto al service antes del viaje, te hipotecás por seis meses. "Lo llevo en un par de meses, total, no me va a pasar nada justo esta semana". Error que, en el mejor de los casos, se va a traducir en una cubierta rota en mitad de la nada, sin señal (y haciendo la parabólica para encontrar 4G y dar con el número del auxilio) y con un grupo de gente con ansias de vacaciones y playa transpirando bronca. No te cuelgues, lo primero es lo primero. Si vas a salir a la ruta, chequeá desgaste y presión de neumáticos, frenos, nivel de aceite y agua, correa de distribución y luces.

¿Vale pelearse?

Quién no participó o al menos presenció alguna vez la clásica escena de pelea intravehicular en la que alguna de las partes dice: "Basta, dejame bajar". Así no sea terriblemente dramático, hay momentos tensos en el auto. Si alguien opina mucho sobre cómo se está manejando, se le pide amablemente que dirija su atención a alguna otra cosa (nada peor que un GPS viviente al que nadie le pidió opinión). Ni hablar de las parejas que sacan sus trapitos al sol en medio del viaje (no, amigos, no es el momento) o padres que ponen límites a hijos que terminan de mal humor ("y yo ni siquiera quería venir, ¿para qué me trajeron?"). Si todo sale bien, se sostiene el silencio hasta que aparece algo en el camino que nos invita al diálogo de nuevo.

¿Parar o no parar?

Nada más decepcionante que, después de varias horas (y estrategias) pasando camiones, parar en la estación de servicio. Algunos van al baño; otros, a recargar el agua del mate. Nunca falta el que vio un paisaje que le gusta y está sacándose fotos que ya subió a Instagram. Pero vos tenés una sola cosa en la cabeza. Lo ves venir a lo lejos, ese camión que tan bien conocés de atrás. Él también debería reconocerte, pero al muy ingrato no le importás. Solo podés pensar cómo desperdiciaste momentos preciados de ruta vacía. ¿Gritás para que todos se suban rápido y arranquen? ¿Automáticamente te ponés de mal humor y culpás al que decidió parar? O lo dejás ser. Te tranquilizás, agarrás otra medialuna y entendés que en la vida, a veces, hay que rendirse .

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