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Taiwán y el éxito chino

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2 de enero de 2019  

La económicamente exitosa isla de Taiwán sigue evidenciando orgullosa al mundo su modelo político de democracia y de vigencia de las libertades civiles y políticas para los 23 millones de almas que hoy conforman su población.

China, es evidente, no puede exhibir lo mismo puesto que no es, políticamente, una democracia, sino un país totalitario, con un gobierno autoritario manejado por una elite que controla férreamente todos los resortes del poder. Económicamente, en cambio, China es hoy uno de los dos países más poderosos del mundo.

Taiwán acaba de tener sus elecciones municipales el 24 de noviembre pasado, con un resultado novedoso, que quizás signifique un presagio. La presidenta, Tsai Ing-wen, partidaria de mantener la independencia de China, ha sido derrotada en ellas. Para su agrupación, el Partido Demócrata Progresista, que desde hace dos años está en el poder, lo sucedido obliga a una revisión de su actual estrategia política.

En el caso de China, acusada con reiteración de haber interferido electrónicamente en la campaña electoral, lo sucedido se inscribe como un triunfo tardío, pero muy esperado.

La razón del cambio de humor político en Taiwán tiene probablemente que ver con el vertiginoso ascenso político y económico chino y con sus constantes amenazas de invasión, que se alimentan cada vez más con toda suerte de ejercicios militares y navales en torno a la isla. Y, por supuesto, también con sus permanentes esfuerzos por mantener absolutamente aisladas diplomáticamente a las autoridades que la gobiernan.

En 2016, el 51,2% de los isleños decía abiertamente ser partidario de mantener una vida políticamente independiente de China continental.

En la actualidad, esa cifra es bien distinta: alcanza el 36,2%, lo cual demuestra una caída importante en aquella apreciación. Además, tan solo el 23% de los encuestados defiende el statu quo actual.

Por todo esto, la evolución política en Taiwán parece haber comenzado a sugerir que, en algún momento, no demasiado lejano, las conversaciones de unificación podrían estrecharse, aunque se lo haga paso por paso, cerrando todos los capítulos que han quedado abiertos en este enfrentamiento de décadas.

Ocurre que para Taiwán lo esencial, cuando se piensa en la unificación, es no perder la importante cuota de libertad personal de la que, desde hace rato ya, gozan sus habitantes.

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