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Los reyes de la ciencia

Diego Golombek
Diego Golombek LA NACION
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6 de enero de 2019  

Fuente: LA NACION - Crédito: Enríquez

Los zapatos bien visibles, un poco de agua y pasto para los camellos. y a esperar esperanzados. Eso solían ser las noches de los 5 de enero, para luego despertarse corriendo a ver qué habían dejado esos misteriosos reyes que siempre llamaban la atención con sus coronas y sus ofrendas bíblicas de oro, incienso y mirra (con la obligada visita al diccionario a buscar qué era eso de la mirra). Pero. ¿tres? ¿Y magos? En las escrituras originales de Mateo no se menciona cuántos eran -otros escritos hablan de dos, o de doce-, y una traducción más precisa hablaría de "hombres sabios".

Pero en lo que todos parecen coincidir es en que seguían una estrella, y aquí entra a jugar la astronomía. Debió ser algo verdaderamente singular como para destacarse en el cielo y que valiera la pena seguirla. ¿Sería una estrella, un cometa, una conjunción de planetas?

Esa estrella de Belén (la "estrella del este", según los Evangelios) -que muchos colocan en la cima de sus arbolitos de Navidad- que guiaba a los reyes es todo un desafío para los astrónomos modernos, quienes llegaron a la conclusión de que. no es una estrella, sino posiblemente una rara conjunción entre el Sol, Júpiter, la Luna y Saturno, todos apareciendo hacia la zona de la constelación de Aries. Cada uno de estos astros tiene un significado astrológico que seguramente los reyes magos -que, recordemos, eran "hombres sabios", seguramente seguidores de la antigua religión del profeta Zoroastro- descifraron para llegar a la conclusión de que estaba naciendo un nuevo líder en Judea. Y, de paso, resultaba un gran argumento para Mateo y su Evangelio.

¿Y los famosos regalos? Es fácil de imaginar el valor del oro, pero, ¿qué hacemos con el incienso -que seguramente era de salvia blanca- y la mirra -también derivado de árboles-? En principio sirven para perfumar el ambiente, sí, y resultaban muy preciados en la antigüedad, incluso por sus propiedades medicinales: la mirra parece tener propiedades analgésicas, y ciertos tipos de incienso podrían ser antiinflamatorios. Ideal para una madre en posparto, o un niño al que le empiezan a salir los dientes. Está bien: el oro tampoco venía muy mal, ni esos tiempos ni en estos.

Se supone que las reliquias de Melchor, Gaspar y Baltasar (aunque, vale decir, los nombres cambian según las tradiciones) fueron traídas de Oriente por santa Elena, la madre de Constantino, y hoy descansan en la catedral de Colonia, junto con sus misterios. Y justamente de esos misterios vive la ciencia, hurgando en la historia, en la naturaleza, en los mitos: nada de lo humano le es ajeno. Incluyendo la posibilidad de las creencias, esas maravillas que se meten en nuestras cabezas para dejarnos pensando cómo hacen tres camellos -con sus jinetes y alforjas- para recorrer medio mundo, meterse por la ventana cuando nadie se los espera, dejarnos sus presentes y seguir viaje hacia el otro medio mundo. ¿Qué hace que un cerebro en formación se entusiasme con estos rituales, los espere con ansias y los reflote una y otra vez? Está bien: habrá un paquetito esperando, pero es en esa imaginación, en esa posibilidad de contar historias y fascinarnos con ellas, en donde nos descubrimos verdaderamente humanos. Allí es donde están la magia, los ritos, los sueños: nada se pierde con tratar de explicarlos.

Ahora, a buscar en los zapatitos.

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