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Los científicos deben asumir el costado ético de sus investigaciones

Más que nunca, los incesantes avances tecnológicos obligan a redefinir el vínculo entre la ciencia, la ética y las necesidades sociales y ambientales
Guillermo Folguera
Nahuel Pallitto
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6 de enero de 2019  

El 27 de noviembre, una noticia transmitida a través de YouTube disparó las alarmas de la comunidad científica, de los profesionales de la bioética y de la sociedad en su conjunto. El investigador He Jiankui, de la Universidad de Ciencia y Tecnología del Sur de Shenzhen, China, comunicó al mundo el nacimiento de las primeras bebés editadas genéticamente. Mediante una herramienta de laboratorio conocida como Crispr, He Jiankui afirmó haber eliminado de los embriones una secuencia genética para evitar la transmisión del virus de VIH. Las reacciones a la noticia no demoraron en aparecer y, con pocas excepciones, manifestaron asombro y un enérgico repudio. Sin embargo, el interrogante fundamental es cómo fue posible ese acontecimiento. Por eso, resulta necesario reconocer los motivos más generales que le dieron origen.

La tecnología Crispr es presentada como solución de diversas problemáticas sociales que involucran temáticas tales como VIH, cáncer, alimentación, trasplante de órganos, e incluso promesas ambientales tales como la de recuperar animales ya extintos. En todos los casos, estas supuestas soluciones se presentan de una única manera: promesas sin consideración de riesgos. Y en un escenario que muestra cierto carácter publicitario, que omite o simplifica aspectos necesarios de ser considerados, ya que involucran nuestra salud y la protección de la naturaleza. De hecho, al ser una tecnología puesta a punto recién en 2015, sus riesgos poco pueden haber sido evaluados.

¿Qué hay detrás de este esquema publicitario? Más allá del caso particular de He Jiankui, las ciencias y las tecnologías actuales se han conformado como herramientas muy significativas para el mercado. La herramienta de Crispr está asociada al concepto de innovación. Así, para comprender mejor el escenario, cabe reconocer que la innovación es una invención que procura obtener la mayor ganancia económica. De hecho, He Jiankui es presidente-fundador de la empresa Direct Genomics. Por supuesto, esta empresa dista de ser la única que busca generar divisas en China en este rubro y menos aún de los otros países que presentan investigaciones de este tipo. Por eso, los eventos de innovación buscan ante todo el éxito empresarial, siendo sólo secundario el objetivo de resolver los problemas correspondientes. En el caso particular de He Jiankui, existen otra vías seguras para evitar la transmisión de VIH que no fueron consideradas.

Ahora bien, una pregunta fundamental en relación con este evento es cuál es el rol del Estado. En el caso particular de la investigación de He Jiankui, parte del financiamiento con el que contaba provenían del Estado de China (seis millones de dólares desde 2015). Este aspecto obliga a recuperar debates que se creían saldados. ¿Realmente los Estados deben perseguir la generación de divisas como fin prioritario? ¿El Estado debe utilizar como principal criterio la maximización de la ganancia? ¿Son absolutamente compatibles los criterios económicos con aquellos de búsqueda de la salud pública y de protección de la naturaleza?

Otro punto insoslayable es la participación de la comunidad científica, aún de aquellos que han alzado voces críticas frente a la noticia.

Desde 2015, apenas conocidas las capacidades de la herramienta Crispr, los investigadores involucrados en su desarrollo se percataron y señalaron su potencial para editar el genoma humano. Incluso, la propia Jennifer Doudna, una de las principales responsables de la puesta a punto de esta tecnología, que salió al cruce de He Jiankui, reconoció en 2017 en su libro A crack in creation la potencialidad de Crispr para tratar o prevenir el VIH

SIDA editando el genoma humano en la línea germinal. Y en el caso del protagonista de esta historia, He Jiankiu, acaba de ser reconocido en la prestigiosa revista Nature como una de las diez personas más importantes del año.

Un último elemento contextual clave en este escenario es el rol de la bioética. Entre los aspectos que este campo profesional ha cuestionado aparecen la irresponsabilidad del investigador, la falta de justificación médica, la ausencia de transparencia y el incumplimiento de normas bioéticas internacionales. Todos los cuestionamientos esgrimidos desde el campo de la bioética refieren al comportamiento del científico en términos individuales. En este sentido, el lamento principal de ciertos expertos en bioética es que no hubo un control suficiente y una vigilancia adecuada para que se respeten normativas y regulaciones vigentes.

Sin embargo, cabe detenerse en estas apreciaciones. Lo que el evento pone al descubierto es que el rol burocrático y policial de la bioética no resulta suficiente ni adecuado para impedir el surgimiento de más casos similares. El desafío ético en la actualidad no puede ser el de vigilar al mundo científico internacional. Se trata, en cambio, de lograr que la ciencia y la ética no sean esferas separadas que precisen ser mediadas por un grupo de expertos. El accionar de la bioética, a través de un aumento en las normativas, regulaciones y controles, no ha tenido el éxito esperado. La búsqueda, por el contrario, consiste en que los científicos logren internalizar las consideraciones éticas de sus investigaciones.

El caso de He Jiankui ha sido presentado como algo excepcional. Fue considerado como si un puñado de investigadores de un país lejano hubiera perdido la cordura. Las reacciones colectivas, las sorpresas de las comunidades científicas y bioéticas incluso parecieron reforzar ese diagnóstico. Sin embargo, al analizar el contexto internacional, el uso extendido de Crispr en nuestros países y los vínculos entre los ámbitos científicos y empresariales, dicha excepcionalidad se pierde. Por eso, en temáticas que involucran políticas públicas debe ponerse en cuestión el predominio de los valores de mercado, reproducido no sólo en el ámbito empresarial sino en el de los propios Estados. Se trata, al fin y al cabo, de redefinir el vínculo entre la ciencia, la ética y las necesidades sociales y ambientales.

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