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Alta fidelidad: Bandersnatch o la neurosis de la elección

Crédito: Netflix
Fernando García
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6 de enero de 2019  • 17:00

Da la sensación de que nunca se termina. Bandersnatch, el especial producido para Netflix por el team de la distópica serie Black Mirror, lleva al paroxismo la vieja idea de "elige tu propia aventura" para enfocar una paradoja contemporánea: la neurosis de la elección. Vivimos eligiendo cosas que ya han sido elegidas por otros. Entonces no solo contamos con miles de posibilidades del smartphone a la TV on line sino que en Bandersnatch podemos definir como si fuéramos un avatar del destino la historia del torturado Stefan, un joven diseñador de videojuegos cuyo semblante recuerda a Ian Curtis, el suicidado cantante de Joy Division, mártir del pos punk . Pero ojo. No definimos nada porque todas las salidas del laberinto ya fueron ejecutadas. Hasta, en el colmo de la metaficción, el set donde se está filmando la serie queda expuesto. Así las cosas, Stefan es el paranoico de la hipermodernidad digital que siente que ya no decide por sí mismo: que lo espían por la cámara de la PC; que Google conoce sus consumos mejor que sí mismo; que Spotify le dicta lo que tiene que escuchar. Solo que anticipa ese tipo de angustia desde el lejano, retro, orwelliano, 1984. Bandersnatch es como The Truman Show (1998), pero aquí el manipulador Christoff (Ed Harris) somos los usuarios y Netflix. Black Mirror pone ahora en evidencia una tensión particular entre la cultura y la tecnología: la plataforma es la estrella. Se habla de You Tubers, Instagrammers.En un momento donde los soportes son más revolucionarios que los contenidos, ¿Deberíamos hablar de vanguardia corporativa?

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Desde la ventana del bus 124 una medianera deja ver un retrato a escala gigante de Duki, el genio del trap que llenó un Luna Park sin tener un álbum completo. ¿Álbum? Tampoco tuvo que salir a graffitear las paredes como sus ancestros under. Spotify ocupó el lugar del antiguo artista clandestino y vandálico pagando caro un espacio muy visible en la vía pública para vender su lista Trapperz Argentina. Pero el consumo que se excita es el de la plataforma. La verdadera estrella.

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En Inglaterra, donde se hace Black Mirror, es invierno pero aquí hace calor y los pies quieren pisar arena. Bandersnatch trae para mí sonidos del verano desde su sombría reconstrucción urbana de mitad de los 80. Es el sonido de los "fichines" que vuelven en esos videojuegos vintage que desarrollan Stefan y su héroe del software Colin Ritman y que saturaban los centros de veraneo con sus destellos audiorrítmicos. De las explosiones del antiguo flipper y el sonido acuoso del Pac Man o los chisporroteos espaciales del Gálaga al electro hiperkinético de ese simulador de danza llamado Pump it Up, hay casi treinta años de esta musicalidad espasmódica que se jugaba en cada ficha. La portabilidad de la tecnología digital mató a la estrella de los "fichines", un joven con pies de arena y collar de mostacillas que se prodigaba al "bonus" bajo el neón estroboscópico de la noche artificial.

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Elijo (bueno, lo elige Netflix) "Phaedra", de los alemanes Tangerine Dream, cuando Stefan va a la disquería en busca de una banda sonora que lo acompañe en el proceso de creación de su videojuego. La otra opción es "The Bermuda Triangle", del japonés Isao Tomita. Es música nerd antes de que la cultura nerd se volviera cool y fuera tipificada en la serie The Big Bang Theory. Música electrónica cósmica y vetusta, de kilométrica materialidad (montañas de sintetizadores) frente a los programas con los que un artista puede hoy hacer música electrónica sin salir de su habitación. Lo único que decido cuando con mi control remoto elijo "Phaedra" en lugar de "Tomita" es el sonido que se va a escuchar en las escenas donde Stefan enloquece escribiendo las secuencias de su adaptación de la novela "Bandersnatch" de un tal Jerome F. Davies (este es una jardín de senderos que se bifurcan, una y otra vez). "Phaedra" se editó en 1974 y es una pieza angular de un subgénero al que llamo "rock UTN (Universidad Tecnológica Nacional)". Largas piezas instrumentales de una música que los rockeros pesados llamaban en los 70 "azota" (pura leyenda oral recogida en andanzas de arqueología pop), con cierto desprecio. Lejos del hedonismo del hard rock o el naturalismo del folk, los discos de Tangerine Dream, Jean Michel Jarre, Vangelis o Alan Parsons parecían hechos a medida de los estudiantes de ingeniería. En Buenos Aires, en el Parque Rivadavia cuando era una feria de discos usados, más o menos para la época de Stefan, escuché una leyenda improbable. Los Tangerine Dream habían escuchado el álbum Kamikaze en Alemania y tenían un tema inédito dedicado a su autor: "Spinetta". Elijo (¿o elige alguien por mí?) no refutarla.

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