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Clericalismo, anticlericalismo y laicidad

Carlos Manfroni
Carlos Manfroni PARA LA NACION
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5 de enero de 2019  

Samuel Huntington escribió que los Estados Unidos no redactaron una Constitución laica para proteger a la política de la influencia de la religión, sino para proteger a la religión de la influencia de la política. Los resultados parecen haberle dado la razón, si se considera que aún hoy la sociedad estadounidense es la más religiosa de Occidente. Lamentablemente, en la Argentina, ya no se podría transitar por ese camino con tan buenas intenciones. No tenemos la sutileza y, sobre todo, no tenemos la honestidad intelectual para comprender ese razonamiento. Todo aquí es pasión, conveniencia y aprovechamiento de oportunidades para atacar la fe de los creyentes. La laicidad no existe en la Argentina y solo hay un anticlericalismo furibundo, por un lado, y un clericalismo filo-socialista que viene de los 70, por el otro.

Desde el anticlericalismo, se pretende silenciar a la religión precisamente en los temas en los que está llamada a hacer oír su voz, como en el del aborto, porque se trata de su deber de defensa de la vida de los inocentes. Desde el clericalismo, se pretende influir sobre la sociedad en materias que son exclusivas de los laicos, como la economía y la política. No existe una sola definición política en el Evangelio, a pesar de que la tierra de Jesús estaba bajo el Imperio Romano. Al contrario, la exhortación consistió en dar "al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios". Cuando dos hermanos pretendieron la mediación de Jesús para dirimir las diferencias en torno de su herencia, la respuesta fue: "¿Quién me ha puesto de árbitro entre ustedes?"; más bien "cuídense de la avaricia". Se trata de un mensaje dirigido al interior del corazón, no a la construcción estructural de programas gubernamentales; ni siquiera a la resolución de los conflictos privados.

Tal vez el problema resida en una equivocación respecto del concepto de justicia. Cuesta creer que una definición haya provocado tantos conflictos en la historia, pero eso es lo que ocurrió.

En nuestros días, casi sin excepción, izquierdas y derechas conciben a la justicia como una foto de la realidad de una sociedad. Si esa foto coincide con el orden en el que, según sus criterios, deben estar situadas las piezas sobre el tablero, sostienen que hay justicia; de lo contrario, hay injusticia. Es lo que Robert Nozick llamaba críticamente "justicia de resultados". El problema es que cuando la justicia se concibe como un resultado, como una fotografía, como un orden esperado de las partes, al modo como la pensó Platón, la tendencia será forzar la realidad de cualquier modo hasta que las piezas queden bien acomodadas, lo más rápidamente posible, lo cual no excluye la sangre. Esa concepción ha generado los más grandes totalitarismos de izquierda y de derecha en el siglo XX, y también los movimientos guerrilleros, muchos de los cuales se nutrieron de jóvenes que salían de las parroquias y los centros de estudios católicos.

Habría que preguntarse por qué Santo Tomás de Aquino, teólogo central de la Iglesia Católica, cuya plataforma filosófica fue el pensamiento griego, adoptó la definición de justicia de los romanos: "La constante y perpetua voluntad de dar a cada uno lo suyo". Voluntad constante, hábito, virtud, predisposición interior e individual, no estructuras y resultados. La suposición de que la virtud está en las estructuras nos ha confiscado la virtud como individuos. El resultado fue que la lucha política reemplazó la solidaridad personal. Esta vez, el Buen Samaritano es el herido.

La religión puede, por supuesto, enfocarse sobre la virtud del político, pero no sobre sus decisiones técnicas, sobre si debe pactar o no con el Fondo Monetario Internacional , si debe dejar subir o bajar la tasa de interés o los encajes bancarios o si el mercado debe ser más o menos libre. La visión de la religión se contamina al mezclarse con la política, se degrada, se sitúa al nivel de un partido. Del otro lado, un incipiente movimiento "naranja", en supuesta búsqueda de un Estado laico, oculta en realidad la intención de silenciar a la Iglesia precisamente en aquellas materias en las que debe hablar, de censurarla y hasta de perseguirla. Ya hemos escuchado gritos desaforados, contemplado templos pintados, destrucción, odio antirreligioso.

La discusión se vuelve más difícil de cara a la legislación. Al grito de "no me impongas tu religión", podría perfectamente responderse: "no me impongas tu ateísmo". ¿Hay alguna religión que apruebe el homicidio, por ejemplo? Permítasenos, por ahora, expresar nuestro escepticismo respecto de la posibilidad de abordar con madurez el conflicto en una sociedad hoy demasiado habituada a la prepotencia. Lo mejor es que cada cual haga lo que debe hacer en la esfera de su propio terreno, sin invadir el de otros, hasta que recobremos la capacidad de pensar serenamente y, sobre todo, honestamente.

Abogado y escritor

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