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La resistencia de los barones del conurbano

Son necesarios límites claros para las prácticas de nepotismo y feudalismo que convierten a los municipios en territorios atrapados por el puño de un dirigente
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6 de enero de 2019  

A pesar de que los intendentes ya no gozan de la posibilidad de reelecciones indefinidas, en el Gran Buenos Aires florecen las maniobras para su eternización en el poder, situación que urge cambiar.

El conurbano bonaerense se desprendió en 2015 de varios de los barones históricos que tuvieron sus distritos blindados durante décadas. En esa elección crucial cayeron imperios como los de Hugo Curto, en Tres de Febrero; Raúl Othacehé, en Merlo; Jesús Cariglino, en Malvinas Argentinas; Humberto Zúccaro, en Pilar, o Mariano West, en Moreno. Con María Eugenia Vidal ya en la gobernación y el apoyo de la Legislatura bonaerense a un proyecto del Frente Renovador, en agosto de 2016 se limitó sabiamente a una la posibilidad de reelección de los intendentes.

Pero hecha la ley, hecha la trampa. Si bien esa reglamentación significó un avance clave, por debajo del radar muchos jefes comunales utilizan el artilugio del nepotismo para eternizarse, y otros buscarán la reelección a pesar de acumular mandatos, ya que la ley que limita las reelecciones cuenta el período actual como el primero.

El sistema institucional mejoró, pero en sus fisuras los intendentes con afán de poder absoluto despliegan todo tipo de armas, por lo que es necesario adoptar medidas que den por tierra con estas prácticas perniciosas.

No es complejo encontrar ejemplos de estos malos hábitos en el conurbano bonaerense. El caso de los Mussi, en Berazategui, muestra el nepotismo funcionando aceitadamente. Padre e hijo manejan la intendencia. Juan José, el padre, ganó la primera elección en 1987, repitió la victoria en 1991, tras una pausa regresó en 2003 y en 2007. En 2011 y 2015, su hijo Juan Patricio se impuso y ganó la intendencia. Puede seguir por un período más o cederle la posta a su padre. Juan Patricio reemplazó a Juan José cuando este fue secretario de Ambiente, y después sí ganó su primera elección como candidato a intendente del kirchnerismo, en 2011.

En distritos del conurbano alejados de las grandes luces hay otros ejemplos del nepotismo municipal. En 2003, el peronista Aníbal Regueiro ganó por primera vez la intendencia de Presidente Perón. Fue reelegido en 2007, 2011 y 2015. Entre 2013 y diciembre de 2017, fue diputado provincial y pidió licencia en el cargo de intendente. Mientras estuvo en la Legislatura lo reemplazó en Presidente Perón su esposa, Carina Biroulet, que siempre lo acompañó, estratégicamente, como primera candidata a concejala (el primer concejal de la lista ganadora es el encargado de reemplazar al intendente, según la ley orgánica de las municipalidades).

Dueños de sus terruños, los intendentes en esta lista se multiplican. Aunque ya transita su sexto mandato, Alberto Descalzo, intendente de Ituzaingó, puede aspirar a un séptimo porque, como se dijo, la ley que limita las reelecciones considera el mandato actual como el primero. Este viejo cacique peronista, que manda en Ituzaingó desde 1995, fue reelegido en 1999, 2003, 2007, 2011 y 2015.

El de Alejandro Granados, en Ezeiza, es un caso análogo al de Descalzo. Granados, exministro de Seguridad de Scioli, es el único intendente que tuvo Ezeiza en su historia como distrito. Obtuvo ese cetro en 1995 y fue reelegido en 1999, 2003, 2007, 2011 y 2015. También puede jugarse por un mandato más. Su mujer, Dulce Granados, ganó como primera candidata a concejala K en 2017.

A riesgo de aburrir al lector, citaremos algunos ejemplos más. Es que la enumeración de los casos es significativa para comprender el fenómeno y cuán lejos aún se está de democratizar por completo el conurbano. En José C. Paz, el nombre de Mario Ishii es sinónimo de intendente, además de procederes poco o nada transparentes. Ganó en 1999, 2003, 2007 y 2015. En 2011 gobernó un delfín suyo, Carlos Urquiaga. El hombre del poncho puede buscar su quinto mandato.

Julio Pereyra (PJ) no es actualmente intendente de Florencio Varela solo porque está de licencia para ejercer como diputado provincial. Empezó en 1995 como intendente y acumuló seis mandatos. Lo reemplaza Andrés Watson.

Cuatro mandatos ya lleva en Ensenada el ultrakirchnerista Mario Secco. Cobró notoriedad hace meses por irrumpir violentamente en la Legislatura bonaerense para denunciar represión en una protesta. Dice que Vidal ahoga financieramente su distrito. En distintos medios se informó que Secco va a intentar un nuevo mandato, el quinto.

Quizás el nuevo presidente del Partido Justicialista bonaerense, Fernando Gray, esté ensayando estos métodos. Ganó en 2007, 2011 y 2015 en Esteban Echeverría, y en 2017 ubicó de primera candidata en la boleta de concejales a su mujer, Magdalena María Goris ("Magui Gray").

Está claro que el panorama que atraviesa desde hace décadas el castigado conurbano bonaerense no permite considerar que las gestiones de los "barones del conurbano" hayan sido eficaces, más allá de la desfinanciación que soporta la provincia de Buenos Aires, sobre cuyas espaldas recae el sostenimiento del gasto público de muchos otros distritos. La excepción tal vez pase por la gestión de Gustavo Posse, en San Isidro, pese a que puede cuestionarse que gobierne ininterrumpidamente desde 1999 y pueda aspirar a un sexto mandato.

Si bien técnicamente está fuera de lo que se considera conurbano, el caso de Cañuelas merece una mención. En 2007, ganó por primera vez el justicialista Gustavo Arrieta. Repitió en 2011 y 2015. Su esposa, Marisa Fassi, siempre primera candidata a concejal, lo reemplazó en la intendencia cuando estuvo de licencia para ser funcionario de Daniel Scioli y diputado nacional. Fassi, actualmente, es jefa de Gabinete del municipio. Todo queda en familia. Lejos aparece la posibilidad de la alternancia entre distintos espacios políticos y candidatos, tan sana para la institucionalidad democrática.

Es deseable que se establezcan límites claros para las prácticas de nepotismo y feudalismo que convierten a los distritos del conurbano en territorios atrapados en el puño de un dirigente. La limitación de las reelecciones por ley es solo una parte, si bien fundamental. Propender a la mejora de los estándares institucionales del conurbano es clave. El sistema político que lo ha gobernado durante décadas lo sumió en penurias de todo tipo. Y no es solo una frase: según la última medición del Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina (UCA), en el conurbano el 43,4% de la población es pobre, casi diez puntos por encima del promedio nacional.

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