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La sorda batalla entre Vidal y Cristina por las elecciones bonaerenses

Martín Rodríguez Yebra
Ante la posibilidad de desdoblar los comicios, el kirchnerismo respondió con la hipótesis de una postulación de la expresidenta para la gobernación; el resto de los actores, expectantes
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6 de enero de 2019  

Es una apuesta a ciegas. La fecha de las elecciones en Buenos Aires subsiste como el debate irresuelto más sensible en Cambiemos en el amanecer del año en que se juega su futuro en el poder. Anticiparlas -y por ende despegarlas de las presidenciales- puede ser una jugada maestra o un error de cálculo clamoroso.

Corre el reloj. A más tardar en los primeros días de marzo la gobernadora María Eugenia Vidal debe resolver para cuándo convoca la votación en la que aspira a ser reelegida. Se garantizó los apoyos políticos y judiciales para el caso en que decida poner en marcha la compleja ingeniería legal que implicaría el desdoblamiento. Las dudas pesan más a medida que se agota el tiempo.

Todas las encuestas que consultan el Gobierno y la oposición vaticinan que Vidal ganaría con buen margen si se votara únicamente su cargo. En cambio, le auguran serios problemas si su boleta fuera pegada a la presidencial. En la provincia, Cristina Kirchner tiene una intención de voto superior a la de Mauricio Macri y un candidato de ella podría ganar la gobernación gracias al efecto arrastre y a que no existe el colchón de un ballottage.

Es una tentación endiablada. Pero un eventual triunfo anticipado de Vidal, ¿le suma o le resta opciones a Macri en octubre? Sería difícil no interpretar el cambio de calendario como un signo de debilidad del Presidente. ¿Se imagina Vidal gobernando la provincia con Cristina Kirchner en la Casa Rosada?

Fuente: Archivo

Esa es la pregunta inquietante que contiene a quienes le piden a la gobernadora lanzarse a la aventura individual. El interrogante puede darse vuelta: ¿cómo sería un segundo mandato de Macri con un kirchnerista al mando en La Plata? Por muchas tensiones que haya habido entre ellos en los últimos meses, Vidal y Macri tienen atados sus destinos políticos.

En el peronismo bonaerense están convencidos de que la decisión ya se tomó y que habrá que votar en junio. De ellos salió la amenaza de que, en esas condiciones, Cristina Kirchner podría lanzarse a la gobernación: con un núcleo indestructible de apoyos en el conurbano (sobre todo en el sur y en el oeste), ella es la única que podría competirle mano a mano a Vidal.

A Cristina no le gustó que coqueteen con su estatus. Les pidió a la senadora bonaerense Teresa García y al diputado Leopoldo Moreau que lo desmintieran. Aunque no se lo confirma a nadie, no imagina para ella otro destino que el poder central.

Le preocupa, es cierto, que el oficialismo le cambie las reglas de juego. Es un manual que conoce bien: la carencia de un calendario establecido impide a todos los opositores organizar con algo de profesionalismo el año electoral.

Cristina y el peronismo bonaerense operan para disuadir a Vidal: el relato kirchnerista se unificó para instalar la idea de que la gobernadora quiere adelantar las elecciones en la provincia con la idea de primero ganar en Buenos Aires y ser inmediatamente después candidata a presidenta, en lugar de Macri. Señalan incluso que está pensando en un vicegobernador más cercano a ella y de perfil más alto que el radical Daniel Salvador para dejarlo en La Plata en el caso de que ella migre a la presidencia.

Es una idea inimaginable, responden en la gobernación y en la Casa Rosada. Y retrucan con que podría ser Cristina quien intentara una doble postulación. Entretenimientos de verano.

La verdad es que la expresidenta trabaja obsesivamente en la estrategia bonaerense. Un dirigente de peso que la visitó antes de las Fiestas cuenta que nunca la había visto tan informada de minucias en las internas políticas en diferentes municipios. Llama a legisladores bonaerenses, transmite órdenes y pide que la mantengan al tanto de cualquier indicio de lo que hará Vidal. Su hijo Máximo -casi seguro candidato a diputado por la provincia- se mueve como un embajador plenipotenciario en los ducados del conurbano.

Fuente: Archivo - Crédito: AFP

El miércoles, desde El Calafate, llamó al menos a tres diputados que participaron en la reunión de la comisión legislativa que estudia un posible desdoblamiento electoral y que sesionó ese día en la costa atlántica.

Unas elecciones unificadas en octubre le facilitan las cosas a la expresidenta. Pero ella no cree que lo contrario la condene a un fracaso. Alienta sus esperanzas el deterioro en la imagen de Macri y, aunque en menor medida, de Vidal en el conurbano. Cree que, si desdobla, el oficialismo estaría quitándose margen para capitalizar un eventual repunte de la economía.

Y que el apuro le permitiría a ella imponer sin mucha resistencia el candidato a gobernador de su gusto: hoy, Axel Kicillof. Los intendentes peronistas que la siguen más por conveniencia que por convicción sueñan con promover a uno de ellos para la boleta principal. Para eso necesitan tiempo y unas primarias. Dos bienes que serían sacrificados en la hoguera del desdoblamiento.

La duda bonaerense tiene en vilo también a los caciques peronistas que amagan con construir una alternativa nacional. Juan Manuel Urtubey apoya el anticipo electoral porque cree que debilita al kirchnerismo y a él le quita el peso de armar una candidatura sólida en el mayor distrito del país si llega a competir por la presidencia. Sergio Massa, el único de ese sector con estructura en la provincia, promueve la elección diferenciada de intendentes (le permitiría blindar Tigre y ganar otros distritos), pero si todos los cargos bonaerenses se votan juntos corre riesgos mayúsculos de quedar atrapado en la grieta.

Los gobernadores del PJ que no quieren a Cristina se especializan en jugar en todas las canchas. Van a las reuniones de Alternativa Federal, se llevan relativamente bien con Macri y tienen canales fluidos con Cristina Kirchner. Creen que el eventual adelanto a junio de las elecciones bonaerenses cristalizaría la lógica de la polarización y cerraría la tercera vía.

En un mundo ideal, empujarían una candidatura propia en busca del tercio del electorado que rechaza tanto a Macri como a Cristina. Pero la realidad les marca que nada termina de crecer fuera de esos extremos. Su prioridad, entonces, es reelegirse en elecciones anticipadas y sentarse a esperar.

Cristina los imagina como aliados de la resignación. Su plan consiste en potenciar la polarización al extremo y obligarlos a jugarse por ella al final de la carrera. El mensaje que le llegó desde el Instituto Patria a un gobernador del norte que ejercita la neutralidad fue elocuente: "Cuando llegue la hora, el que no apoye tendrá que atenerse a las consecuencias si ganamos". Ya se sabe cuál es el destino que les reserva el kirchnerismo a los enemigos políticos.

Con el palo, llega también algún mimo. Los enviados de Cristina al interior prometen más apertura interna (ella misma se ejercita a diario en el arte de preguntar y escuchar a sus visitas), algo de autocrítica sobre el pasado y un programa electoral que esquivará ideas radicales, como desconocer el acuerdo con el FMI.

La Casa Rosada también tironea a los gobernadores. Promete juego limpio en las elecciones locales a cambio de pasividad en las nacionales. Macri recibe en el sur informes optimistas sobre sus opciones de reelección: mejoras en su imagen, división persistente en el peronismo y mercados más tranquilos.

Pero nadie puede confiarse. Las certezas -en un país que las necesita como oxígeno- son precarias. Lo único que parece cristalizarse con el paso de las horas es la gran paradoja de esta etapa de crisis: como nunca antes el poder se lo disputarán dos dirigentes que arrancan el año decisivo con una imagen negativa muy por encima de la positiva.

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