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Gustavo Alfaro, con LA NACION: "El dolor del pasado nos obliga a ser mejores"

Fuente: LA NACION - Crédito: Rodrigo Néspolo
Ariel Ruya
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5 de enero de 2019  • 22:51

Duerme poco, muy poco. Unas cuatro horas y media, como mucho, y salteadas. Abre los ojos en la oscuridad de la noche y proyecta a Buffarini y Fabra por las bandas, se imagina a Tevez como "segunda punta". Acomoda la almohada otra vez, pero es un fracaso: le aparece Barrios, al galope, en el círculo central. "Me acuesto a las 2 de la mañana y, por ahí, a las 7 ya empecé a trabajar", asume Gustavo Alfaro , el flamante entrenador de Boca. Metódico, estructurado, soñador. A los 56 años, en la recta final de una trayectoria de 25 temporadas, alcanza la cúspide. No descansa, tampoco lee, su otra gran pasión. "Tengo dos libros acá, que todavía no los pude abrir. Y los había llevado a México de vacaciones y no los pude empezar. La cabeza me da vueltas. Legado (de James Kerr, 15 lecciones sobre liderazgo, qué nos enseñan los All Blacks sobre la empresa de vivir), que es un libro muy lindo, y Liderazgo, de Alex Ferguson (la leyenda de Manchester United). Quería leerlos, pero no puedo. Siento que son indispensables para pensar mejor en esta etapa de mi carrera. Necesito apoyarme en vivencias o en personas que estén por encima de mí. Esos conceptos me ayudan en el fútbol y en la vida", se acomoda en un sillón de un lujoso hotel de Cardales, de frente al sol y a la pileta que refrescan a unos 30 grados de distancia.

La pretemporada de Boca ya está en marcha. Atrás queda -aunque no tanto, todavía-, el mayúsculo dolor por la final de la Copa Libertadores más deseada de la historia. Analítico y apasionado, Alfaro hace cuentas: "Por el desafío que significa llegar a Boca, claro, todavía me estoy acomodando, pero más que nada porque esta época es la más importante. El destino de la campaña está en esta etapa. Los tiempos son apretados, porque esta pretemporada es de 23 días y ya empieza la competencia. El proceso nuevo provoca una convulsión demasiado grande. Es tiempo de dormir poco, las diferencias horarias -por Europa temprano en la mañana y Colombia, Ecuador o México, para atrás- son complicadas para la búsqueda de los refuerzos. Estoy despierto en todos los husos horarios", se permite una broma, en los 45 minutos de charla con LA NACION.

-Días atrás aseguraste que el duelo ya terminó. ¿Es así? ¿No sigue dando vueltas la final perdida?

-El fútbol en algún punto es como la vida misma. En la vida analizás para atrás y vivís para adelante. Para mí es difícil analizar el pasado, porque yo no estuve ahí, en ese momento de dolor. Cosas, vivencias que no tuve. Al no estar presente, no sé cómo pasaron, cómo fueron las cosas. Lo único que sé es que no se puede cambiar el pasado. No se puede: ya está escrito y resuelto. Pero podemos construir lo que va a venir. El futuro. De nada sirve ir para atrás, pero sí tengo que entender que eso que pasó, de pronto, en algún punto, nos obliga más. El dolor del pasado nos obliga a ser mejores; ir para adelante. Boca siempre te exige, por su naturaleza, por historia, por tradición, por camiseta, por peso propio. Y con más razón en estas circunstancias.

-¿Cómo se construye el futuro, a partir de ese pasado?

-Lo primero que hay que hacer es aceptar las cosas que pasaron, tener la capacidad de dejarlas atrás y empezar la reconstrucción desde otro lugar. Hay que decir "ya está". Más allá de cualquier sensación que dejó, hay que mirar el futuro.

-¿Una de las flaquezas de Boca fue no saber leer los partidos?

-No le falta inteligencia a este plantel. No existe fuerza superior dentro de un campo de juego que la fuerza de la inteligencia. Quien piensa, es quien resuelve. Para resolver hay que tomar decisiones y para tomar decisiones hay que tener instinto y racionalidad. Hay reacciones que se toman por instinto, como el que tiene el ADN, lo genético, que hace que un jugador mande la pelota a un ángulo. Los jugadores tienen que darse cuenta. Esto no es básquetbol, porque pedís minuto y ajustás los detalles. Acá gritás y no escuchan, no te entienden. Cuanto más autonomía tiene un equipo, más natural es el manejo de las cosas. Hay que tener funcionamiento y convencimiento, así surgen las cosas naturales. Prueba y error. Yo tengo que contarles a los jugadores el partido antes de que el partido se juegue. Mi desafío es que Boca sea un equipo que entienda todas las facetas del juego: también hay que defender. Y que sepa resolverlas sobre la marcha. Si saco un delantero y pongo un defensor, estoy mandando un mensaje.

-¿Te pesa la mirada desde afuera? Por los prejuicios que existen en el fútbol.

-A esta altura de mi vida hay batallas que no las doy. Einstein decía que era mucho más fácil desactivar un átomo que un preconcepto. Porque el preconcepto está adquirido. ¿Y para qué voy a luchar en cambiarte un prejuicio que ya tenés? Los argentinos por naturaleza somos así. 'Sos defensivo u ofensivo, sos de la B o sos de la A'. Convivo con eso. El entrenador es un inquilino. Si yo soy un buen inquilino, voy a agarrar el departamento que vos me diste y te lo voy a devolver mejor de lo que me lo diste. Los técnicos somos eso: te tengo que devolver el equipo mejor de lo que lo recibí. Ahí es donde se mide el resultado final.

-De Guillermo se decía que era muy ofensivo. ¿Boca puede ser un equipo defensivo?

-Defender es una parte del juego, como atacar. ¿Mi Huracán era defensivo? Jugaba siempre con tres delanteros, un enganche, volantes de creación, laterales que pasaban. Carlos Bianchi me dijo "yo nunca te voy a comprar un marcador central porque vos los protegés, parecen todos buenos". ¿Qué me dice la experiencia? Y en esto salgo del hecho puntual de Boca. Vamos a la selección nacional, a cualquier ámbito. Para ser campeón tenés que ser fuerte en las dos áreas. Tenés que ser el mejor atacando y el mejor defendiendo. Hay veces que sos superior a un rival y podés imponer por formas o jerarquías una superioridad. Pero hay otras veces que llegás en un plano de igualdad. Cuando pasa eso, los que resuelven todo son los detalles. De cuartos de final en adelante ya estás en igualdad, estás con los mejores. Ahí es donde también necesitás otro tipo de cosas. Defender bien no es meterse atrás, es defender con calidad y no con cantidad. Es saber cuándo achicar los espacios hacia adelante, cuándo saber reducirlos hacia atrás, cuándo pasar de una situación de defensa a una de ataque, cómo presionar y cuándo.

-¿Cómo se aprende a convivir con las presiones de Boca?

-Les pasa a los entrenadores de los equipos grandes pero también a aquellos que pelean el descenso, en todas las ligas. La relación trabajo-éxito en nuestro metier es un punto cruel, porque no te detiene. En el fútbol pasás de canillita a campeón en un instante... o al revés. Ahí es donde uno tiene que tratar de abstraerse, porque la dedicación, el trabajo y el esfuerzo que le pongas son necesarios, pero tampoco es garantía de que te vayan a alcanzar. ¿Cuántas veces nos habrá pasado que armás buenos equipos, trabajás bien y hacés un buen mercado de pases, pero después no tenés buenos rendimientos? ¿O desde las urgencias y necesidades, que parece que estás ante una temporada comprometida, y sucede algo que mágicamente produce un quiebre o punto de inflexión de un plantel y terminás consiguiendo cosas? En el fútbol interviene la voluntad del hombre, que es falible. Puede fallar. Tratamos de convivir con ese margen de error, esa histeria colectiva, ese arrebato pasional o esa sensación irremediable de pasión sin límite. Ojalá la Argentina fuese un país mucho más exitoso que exitista. La persona exitista necesita lo que sea, porque si no lo consigue no se siente valorada. El que apuesta al éxito, se toma otro tiempo. El éxito es más determinante. Cuando se presenta, perdura. La diferencia entre las dos te la está diciendo la misma palabra. Porque éxito viene del latín 'exitere', que significa 'la salida'. Quizás, te dice que el éxito se mide al final.

Se refiere a la filosofía, la historia y a los tiempos: el fútbol devora los minutos. Los goles, las gambetas y las atajadas las ven todos: Alfaro entiende que es indispensable ver qué hay detrás del espejo. "Lo fundamental es el conocimiento, porque te acelera los tiempos. Si tardo menos tiempo en descifrarte, en percibirte, puedo tener un diagnóstico mucho más acertado", asegura el hombre nacido en Rafaela, un campeón en el arte de estabilizar a los equipos subterráneos y hoy está dispuesto a dar el vuelo de su vida.

"Boca es el emblema de la pasión", describe el DT que no quiere transformar sus horas. El que lee casi todos los días el diario, nunca después de las 7. "Me gusta el olor del papel, recibo casi todos los días LA NACION. Lo disfruto con un café, antes de empezar la rutina; en el viaje a la Boca me sigo informando por radio", cuenta el hombre que dejó la carrera de ingeniero químico por desafíos como éstos. La charla se acaba con el ingreso en el complejo de un joven de 25 años. Paraguayo, zaguero y en silencio. El entrenador interrumpe las fotos de rigor y se presenta, como un caballero de los de antes. "Hola, buenas tardes, soy Gustavo Alfaro", le estrecha la mano, con una sonrisa.

Por: Ariel Ruya

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