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El juego que inventé de chica

Dolores Caviglia
Castillos de hielo
Castillos de hielo Crédito: Captura
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9 de enero de 2019  • 00:24

En 1989 tenía seis años, vivía en un departamento de tres ambientes, dormía en la pequeña cama con rueditas que salía por debajo de la de mi hermano y disfrutaba mucho de un juego que nadie nos había regalado sino que habíamos inventado nosotros. Cualquier tarde, seguro motivados más por mí que por él, llenábamos una bolsa negra de residuos con pedacitos de diarios o revistas recién cortados, cerrábamos la puerta de la habitación, la dejábamos a oscuras, él se paraba encima de su cama, yo esperaba afuera, contaba hasta diez, entraba y comenzaba todo: abría la puerta y prendía la luz y mi hermano gritaba mi nombre y otras bullas y conseguía que su soledad se convirtiera en ovación desenfrenada y lanzaba desde aquella pequeña altura esos papeles destrozados que flotaban por el aire en un baile clásico y coordinado a destiempo.

Ese era el juego. Sentir la ovación de una multitud que no estaba y que se iba en segundos: cuando los papelitos tocaban suelo tras una caída magistral volvía el silencio y limpiábamos la escena para cambiar de roles y que le tocara a él ser el aclamado del público.

Jamás le pregunté a mi hermano en qué pensaba cuando los pedazos de diario le alborotaban suave ese pelo negro azabache abultado y lacio que heredó de no sé quién y que yo le envidiaba con tino. Tampoco le dije nunca lo que me pasaba a mí.

Ese era mi secreto.

Yo era ella. Yo era Alexis Winston, la protagonista de Castillos de hielo, el film de 1978 que cuenta la historia de una chica del Estados Unidos profundo que sueña con ser patinadora, que desde su pueblo no puede, que conoce a una entrenadora top que la lleva a la ciudad, que triunfa, que se siente sola, que se enoja y tiene un accidente y se queda ciega, que vuelve a casa con nada. Sin todo. Creo que fue la primera película que vi de principio a fin, junto a mi madre, en su cama enorme, en aquellas épocas en las que podía pasar horas recostada con mi cabeza sobre su vientre.

Yo era ella y cada vez que abría esa puerta mi pelo castaño se convertía en rubio y mis ojos marrones se volvían claros y los papelitos no eran más las noticias de ayer sino claveles rojos de tallo largo y mis pantuflas eran patines blancos de cordones delicados y la alfombra algo manchada de la habitación del departamento de la calle Azara no era eso sino hielo. Gélido, hermoso, demoledor. Yo soñaba con esos ojos perdidos, con esas piernas doradas que acompañaban el rumbo de la brisa, con sus brazos de cisne, con el cuello blanco en el traje azul de patinadora artística, con esos giros que eran bruma, con esa vida en el frío y con poca ropa, con el suave raspón del patín sobre el hielo cuando cae.

Ese era mi juego.

Hoy tengo 35 años y tres sobrinos que son de mis cosas favoritas. Cuando nos vemos, jugamos al ludo, al memotest, a veces al tutti-fruti. Les encanta que arme búsquedas del tesoro por la casa de mis padres, sus abuelos. A los dos más grandes también les gusta mucho leer, pero en el podio de sus preferidos está la consola de videojuegos, con historias de hombres misioneros y forzudos que deben robar cosas, ganar otras, a veces incluso matar u atropellar con camiones.

Odio decir que el pasado fue mejor. No es cierto. En el mío hubo tragedias, muertes, poca libertad, mujeres sin voz. No pienso que mis juegos sean mejores que los de ellos y que el deterioro continúe con los años, con las generaciones, hasta convertirse en quién sabe qué cosa y así siga. Y siga. No. Pero a veces me pregunto si todavía sueñan como lo hacía yo. Si la fantasía vive o ya murió.

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