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Nueva era para un proyecto inconcluso

Fernando García
Fernando García PARA LA NACION
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9 de enero de 2019  

En 2016, le tocó a Rafael Cippolini organizar una muestra que pusiera en escena la historia del Centro Cultural Recoleta. Allí podían registrarse algunas huellas particulares del hospicio reciclado en vidriera estética. Transdisciplinario, el Recoleta recogía la experiencia del Di Tella y el San Martín, y se posicionaba como el vértice oficial de la escena alternativa. La "Kermesse", organizada por Liliana Maresca en 1985, mudó el under de San Telmo al enclave en la zona más rica de la ciudad e inauguró un proceso que tal vez culminó con la exportación del teatro shock de De la Guarda ("Villa Villa") al mundo. En medio de eso el CCR alternó su función con la de un museo de arte contemporáneo (un Pompidou nunca consumado) y convirtió la sala Cronopios en el mayor espacio de visibilidad para los artistas visuales midcareer.

Más allá de tibios intentos, la infraestructura nunca fue suficiente para que el CCR deviniera en un centro de experimentación digital. Hoy la generación de artistas que se identificaban con su historia encuentran vidriera en Colección Amalita, el Moderno o, eventualmente, con goteo, el Malba. La decisión de volcar toda su arquitectura y presupuesto a lo que insistentemente se llama emergente, con énfasis de época en el street-art, parece tanto un guiño a su propio origen como un vaciamiento. Se mata un lugar central de exposición para reconvertirlo en un playground de expresión.

Difícil saber si esta escena será tan fecunda como aquella que escribió la historia de la muestra aquella de 2016 que, ahora sabemos, era una despedida.

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