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Ante la tumba de Ricardo Piglia

Daniel Gigena
Daniel Gigena LA NACION
Ricardo Piglia
Ricardo Piglia
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11 de enero de 2019  • 02:34

Un amigo de Río IV me envió por WhatsApp una foto de la tumba de Ricardo Piglia en el Cementerio de la Chacarita de la ciudad de Buenos Aires. Los restos de su hermano, que murió en enero de 2017, están próximos a la sepultura del escritor. Cuando él viaja a Buenos Aires, "va a conversar" un rato con su hermano mayor, ya fallecido. Esa costumbre suya me recordó los monólogos de mi abuela Inés en el Cementerio de Villegas, en San Justo, bajo el sol inclemente del verano.

Entonces, cerca de la fecha en que se cumpliría el segundo aniversario de la muerte del autor de Respiración artificial, fuimos a visitar la tumba de Piglia con una amiga. Como no teníamos la pretensión de "conversar" con alguien a quien jamás habíamos tratado en vida, nos mantuvimos en silencio. La tumba estaba tal cual la habíamos visto en la foto medio movida que mi amigo cordobés había enviado, con la cruz de madera en la que aparecían, escritos con pintura blanca, el nombre ("Ricardo E. Piglia"), la fecha de su muerte y la ubicación en la necrópolis. Debajo, detrás de unas plantas, se entreveía la lápida.

En la sepultura, por encima de la planta tapizante, que suele dar flores rosadas dos veces por año, habían crecido unos yuyos. Al menos así les decía mi abuela a esas especies invasoras. Aunque otras personas les conceden la dignidad de cualquier otra planta, para nosotros representaban un signo inequívoco de descuido. El contraste entre la tumba del escritor y las de sus vecinos del más allá causaba una impresión penosa. A diferencia de las otras, la sepultura de Piglia, a dos años de su muerte, parecía que había entrado en una zona de indiferencia.

Sin embargo, en redes sociales vimos que amigos y admiradores del escritor (e incluso instituciones) conmemoraban el segundo aniversario de su partida con fotos, citas de sus ensayos y novelas y algunas frases de ocasión. Si bien el cementerio queda a media hora de cualquier lugar de la ciudad de Buenos Aires, no cabe duda de que es mucho más confortable quedarse en casa o en la oficina frente a la computadora o el celular que viajar en transporte público hasta Chacarita en pleno enero. Así somos.

Les preguntamos a los cuidadores por el costo del mantenimiento del sepulcro. "Cuatrocientos pesos mensuales", nos dijo uno de ellos. "Menos, incluso, que el precio de un libro de Piglia publicado por una editorial con sede en Barcelona o en Buenos Aires", pensé. Algunos dirán que después de la muerte de un ser querido o respetado la memoria se cultiva de otra manera y que la visita a los sepulcros no es precisamente la más recomendable. Como respuesta a esta postura, desde ya muy respetable, podría contar una breve anécdota familiar. En una oportunidad, un tío materno le dijo a una de mis primas, cuya madre había muerto hacía poco tiempo, que él no iba al cementerio porque su hermana ya no estaba ahí. Mi prima le contestó con cinco palabras: "Pero nosotros sí estamos acá".

La tumba de Ricardo Piglia causa una sensación penosa
La tumba de Ricardo Piglia causa una sensación penosa

Vía mail, el director de la Dirección General de Cementerios de la ciudad, Eduardo Somoza, respondió una consulta que hicimos días después de nuestra visita a la Chacarita. Le habíamos preguntado si no era posible que su organismo se ocupara de la conservación de la sepultura de uno de los grandes escritores argentinos. Sugeríamos que, con el tiempo, la tumba del escritor se convertiría en un sitio al que lectores de todo del mundo querrían honrar. La obra de Piglia se tradujo a muchos idiomas y él, como profesor invitado, dio clases en universidades de Estados Unidos. "Es muy difícil imaginar la literatura latinoamericana en Princeton sin Ricardo Piglia. Él no es solo un novelista admirado sino también un maestro inspirador y el autor de ensayos brillantes sobre los escritores más importantes de la Argentina y sobre el arte de la ficción", se lee en la página web de esa casa de estudios superiores en Estados Unidos.

En su mail, el funcionario citaba dos artículos de la ley 4977, que transcribo a continuación. "Art. 2 - Arrendamiento. Es la contratación a título oneroso celebrada entre la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y un particular para el uso de nichos o sepulturas de enterratorio, para su uso por un tiempo determinado y mediante el pago de una tarifa. Art.19.- El Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires no es ni se constituye en custodio de los sepulcros, ni de los restos que ellos contengan, los que pueden ser inhumados, exhumados, reducidos, incinerados, removidos o trasladados previo cumplimiento de las disposiciones contenidas en la presente ley".

Aunque luego de leer los artículos de la ley nos quedó claro que la Dirección no se haría cargo de la tumba de Piglia, insistimos. ¿Cuál sería, en su opinión, la institución que podría asumir esa responsabilidad? En la respuesta del funcionario alentaba una esperanza: "La Dirección General de Cementerios se ajusta a la normativa vigente. En nuestro presupuesto no existe partida para ese fin. La Legislatura de la Ciudad es la encargada de votar las excepciones y el presupuesto para todo el Gobierno".

Quizás los legisladores porteños, que nombran personalidades destacadas de la cultura cada veinticuatro horas, podrían destinar un monto poco significativo del presupuesto de una de las ciudades más ricas del país para el cuidado de la tumba del autor de El último lector. Mientras tanto, los lectores (porque es obvio que nunca habrá "últimos lectores") podemos pensar en nuevos modos de continuar la conversación con Piglia más allá de la muerte.

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