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Los ruidos de la noche

Pablo Gianera
Pablo Gianera LA NACION
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10 de enero de 2019  

Sí, también yo -pobre mortal que busca el tiempo perdido y que no hizo nada con esa busca- durante mucho tiempo fui a acostarme temprano. Ya no.

El sueño suele visitarme tarde, acaso como una prefiguración de la falta de sueño que tienen los viejos. Pero a la vez esas horas nocturnas, tan vacías y a la vez tan llenas de Brahms, de Mendelssohn, de Bruckner, están imantadas: la inmortalidad de las 2 de la mañana. Salvo por un detalle, entre la música, se abre paso el ruido.

En una de sus "aguafuertes porteñas", Roberto Arlt habló de la inquietud de las ventanas iluminadas a las tres de la mañana: en cada una de esas ventanas podía haber un drama, pensaba (dramáticamente) Arlt. Cada ventana parece ofrecer siempre la insinuación de una historia.

El ruido, en cambio, multiplica la perturbación porque no contiene una dirección argumental definida. El periodismo no es un arte, pero igual que él, se hace a veces con nuestras propias y mínimas penurias.

Todos los ruidos nocturnos resultan inquietantes, incluso los de los gatos de la casa, hasta que uno advierte que son ellos quienes los hacen. Pero los peores son los que vienen de afuera. Por ejemplo, conversaciones incomprensibles (se reconoce la música del idioma, pero es un puro ruido verbal) que, como en la pieza musical "Aventuras", de György Ligeti, podrían implicar también (igual que las ventanas iluminadas) un verdadero drama. A esa hora literalmente maravillosa (todo es irreal, y ya en principio esa inmortalidad ilusoria), un sencillo y vulgar estornudo a la distancia puede escucharse como el estertor de un ahorcado (¿uno mismo?). Eso para no hablar del ascensor. ¿Quién sube o baja a las 3 de la mañana y por qué sube o baja? Si me hago esas preguntas no es por curiosidad o indiscreción, sino por terror pánico. Lo más extraordinario de esa vigilia nocturna es que en ningún momento del día uno se siente tan fuerte y tan débil, y no hay compensación, sino alternancia.

Un amigo combate su insomnio de la madrugada con una lectura veloz de los diarios digitales europeos, ya actualizados a esa hora. Twitter ofrece el mismo consuelo, que resulta de todas maneras un consuelo ambiguo: nos arranca de la ilusión de inmortalidad para devolvernos al mundo, pero, al hacerlo, nos revela que seguimos vivos. Un paréntesis: el crítico inglés Al Álvarez, que no casualmente escribió también sobre el suicidio, tiene un libro, La noche (hay edición reciente en la Argentina en la editorial Fiordo), en el que está todo lo que puede decirse sobre esas horas, y de la mejor manera posible.

Después vuelvo a Brahms, a Mendelssohn, a Bruckner, y, como una enfermedad que nos da con suerte la tregua de la remisión de los síntomas, los ruidos se extinguen. Por fin uno se duerme, aunque quisiera una noche eterna. Pero llega después el día y no hay ninguna "noche americana" que nos salve de la luz, de su yugo, su mundanidad, su fugacidad. ¿No es cierto que la noche parece siempre la misma mientras que el día nos somete a sus cambios? Acaso necesite de la luz como metáfora espiritual, pero no como realidad óptica.

En 1815, Franz Schubert compuso la canción "An den Mond" ("A la luna") sobre un poema homónimo de Johann Wolfgang Goethe. Schubert consiguió un pequeño milagro en esta canción romántica y aisló tres motivos: la luna, la corriente de un río y el amigo, que en realidad coinciden, si se piensa que la luna misma puede ser un amigo, el mejor de todos. "Feliz quien se cierra/ al mundo sin odio", dice el texto de Goethe para referirse a quien "vagabundea de noche en el laberinto del pecho".

Como escribió Borges de Homero, sabemos estas cosas, pero no las que sentiremos al descender a la última sombra.

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