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Meses de costura y almuerzos: tres hermanas y un mandato familiar

Francis Mallmann
Francis Mallmann PARA LA NACION
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13 de enero de 2019  

Crédito: Kalil LLamazares

H abía dejado todo listo en su casa. La enorme mesa de trabajo ya tenía encima un grueso moletón de paño para comenzar la costura. En una canasta muy baja estaban las bellas tijeras de corte que le había regalado su abuela, los dedales y unos huevos de madera de distintos tamaños muy gastados que ella usaba para surcir géneros y decenas de medias de lana de sus nietos. Tiza, alfileres y papel de moldes estaban listos para comenzar.

En una punta había puesto dos lugares para almorzar con un perol blanco de limones cortados en ramo, con hojas. Al cerrar la puerta y mirar para atrás se sintió muy pequeña, regresando a la niñez con la inmensidad de la mesa que parecía relegar la canasta y los puestos de almuerzo a un espacio casi insignificante. A pesar de que el día estaba nublado, una luz franca entraba por una gran claraboya en el techo. Esperaba a almorzar a su hermana melliza, con quien compartía una vida de certidumbres que parecían estar siempre cortejadas y acariciadas por los cordones umbilicales que las nutrieron juntas durante toda la vida. Ellas sentían que desde que habían nacido mantenían un lazo común afincado en el silencio de sus miradas. Una complicidad áurea que las hacía tan fuertes como valientes, enérgicas y pujantes.

En la cocina de leña, desde muy temprano, se estaba cocinando a fuego muy bajo un caldo de choclos frescos con un gran zapallo inglés que ella había dejado sin cosechar en la huerta hasta entrado el otoño; su abuelo le decía que aquella maduración y sazón tardía le seguía aportando nutrientes y dulzura. Lo había apoyado sobre unas maderitas para que no tocara la tierra y así evitar que se pudriese. Se daba cuenta de que haber crecido muy cerca de sus abuelos había sido la mejor escuela para la vida. Así, todos los gestos aprendidos de ellos parecían ser las herramientas que más usaba en el día a día a través de los años.

Caminó por el pasto hasta el depósito donde guardaba rollos de diferentes géneros envueltos en plástico negro para que no les afectara la luz. Sacó tres rollos de lino negro de distinto grosor y los abrió sobre la enorme mesa. Eran bellísimos.

Las hermanas habían aprendido a coser desde muy niñas con su abuela y se habían propuesto, durante el verano, desarmar un vestido negro que era de su madre y hacerse uno cada una, idénticos, cocidos íntegramente a mano. Trabajarían juntas todas las mañanas hasta terminarlos y pensaban que además podrían conversar sobre sueños futuros.

Cuando llegó su hermana, ambas se probaron el vestido y cotejaron una vez más que tenían exactamente el mismo talle. Comenzaron a descoser el pequeño y ajado vestido negro de voile sostenido por un forro de seda del mismo color y una enagua. Hicieron la moldería mientras tomaban una copa de albariño. El vestido estaría íntegramente hecho con el lino mas grueso y con los otros dos más livianos se harían parches y unos vuelos sueltos y superpuestos de la cintura para abajo. La parte más difícil sería replicar el bustier hecho con los linos fruncidos.

Fueron juntas a la cocina y colocaron dentro del delicioso caldo un fresquísimo lenguado entero. Retiraron la cacerola del fuego y la taparon para que el pescado se cocinara muy despacio, sin llama, por cuarenta minutos. Ya tenían hambre.

Cuando se sentaron a almorzar el pescado con una ensalada, el zapallo y un tazón de caldo, la mesa ya lucía un gran desorden y se mantendría así durante meses de costura y almuerzos. Ese día convinieron que terminados los vestidos viajarían a París para estrenarlos en una noche de gala, en la que caminarían hasta el amanecer por sus lugares preferidos. Por algo habían nacido juntas, unidas por la esperanza.

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