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Emblemas de eternidad

Nora Bär
Nora Bär LA NACION
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11 de enero de 2019  

De las ciencias naturales, la química debe ser probablemente la más incomprendida por los legos. Pero este año está en el centro del escenario: se cumplen 150 años de la publicación de la tabla periódica de los elementos, obra maestra de Dimitri Mendeleiev.

Tal como los Principia, de Newton, para la física, y El origen de las especies, de Darwin, para la biología, la tabla de Mendeleiev, que todos recordamos vagamente de la escuela secundaria, es la piedra basal de la química: dispone en más de un centenar de casilleros (originalmente fueron 63) los elementos que componen todas las sustancias conocidas de acuerdo con su peso atómico y de forma que se vean las relaciones familiares que les otorgan propiedades similares. "Antes de la promulgación de esta ley, los elementos químicos eran meros hechos fragmentarios e incidentales en la naturaleza", declaró sobre su creación el químico ruso.

El menor de 17 hermanos, Dimitri nació en Tobolsk, Siberia, el mismo año en que su padre quedó ciego y perdió su puesto de director de escuela. Tuvo una vida de leyenda sobre la cual existen varias versiones. En 1847, cuando tenía 13 años, la fábrica de cristal que dirigía su madre, ya viuda, ardió hasta sus cimientos y ella decidió invertir sus ahorros en la educación de su benjamín, pero dos años más tarde le impidieron ingresar en las universidades de Moscú y de San Petersburgo por ser siberiano, y después casi muere por una enfermedad grave (¿tuberculosis?). Finalmente, tras haberse mantenido como tutor y profesor, obtuvo una beca para investigar en importantes laboratorios europeos hasta que ganó un lucrativo premio y logró doctorarse.

Fue siendo profesor de la Universidad de San Petersburgo cuando decidió escribir su propio texto de química y organizar los elementos. Se dice que concibió su tabla en un solo día: el 17 de febrero de 1869 en el calendario ruso (1° de marzo en el gregoriano).

En las décadas previas, ya varios otros habían tratado de establecer relaciones entre los elementos químicos y el propio Mendeleiev se basó en estos intentos. Según cuentan Leonardo Moledo y Nicolás Olszevicki en Historia de las ideas científicas (Planeta, 2014), habiendo completado uno de los dos volúmenes que pensaba escribir, llegó a un punto en que no sabía cómo seguir.

Angustiado porque la solución no aparecía, y acostumbrado a jugar solitarios en sus largos recorridos en tren, se le ocurrió escribir el nombre de cada uno de los elementos en una serie de tarjetas en blanco agregando sus pesos atómicos y sus propiedades químicas.

"Estaba ahí, a un pasito de encontrarlo todo, y sin embargo no podía -escriben Moledo y Olszevicki-. Entonces, se quedó dormido. Cuando despertó, había resuelto el problema". Mito o realidad, lo cierto es que Dimitri descubrió que si disponía los elementos por orden de pesos atómicos, sus propiedades se repetían en una serie de intervalos periódicos. Por eso llamó a su descubrimiento "tabla periódica". La organización de las tarjetas en columnas verticales de pesos atómicos más bajos a más altos colocó elementos con propiedades similares en cada fila horizontal.

Lo demás es historia conocida. Entre las genialidades de Mendeleiev está el haber dejado espacios en blanco para que los elementos conocidos se alinearan correctamente. Durante su vida, tres de ellos se llenaron con el galio, el escandio y el germanio, cuya existencia el químico no solo había predicho, sino también había descrito en detalle, y luego se agregaron muchos más.

Poco antes de morir, Oliver Sacks escribió en The New York Times palabras conmovedoras sobre la célebre tabla. Dijo que siempre lo había deslumbrado por su serena elegancia y que en esos últimos momentos había vuelto a rodearse "como cuando era chico, de metales y minerales". Llamó a estos elementos "pequeños emblemas de eternidad".

Por: Nora Bär

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