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Los planes, ¿una fábrica de pobres?

Eugenio Dimier
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11 de enero de 2019  

"¿Cuál es la profesión más demandada en Silicon Valley?", nos preguntó a modo de adivinanza el CEO de una empresa pionera de esa usina de modernidad a un grupito con el que compartía un almuerzo, antes de hacer sus valijas para ocupar el mismo puesto en México. "Ingenieros", afirmó uno. "No, ¡analistas de sistemas!", respondí yo. "¿Diseñadores gráficos?", arriesgó otro. "¡Frío!", nos interrumpió para no perder más tiempo: "Sociólogos".

Nuestra cara de sorpresa tuvo su justificación: "Los necesitamos para que nos estudien las sociedades del futuro, así sabemos qué van a demandar nuestros potenciales consumidores y sepamos cómo planificar para dónde tenemos que ir", nos explicó. "Porque si no lo hacemos nosotros, lo hará la competencia".

Me quedé pensando: ¿así creceremos los argentinos? Porque mientras que en los países que prosperan trabajan pensando en el mañana, en la Argentina empleamos a los sociólogos para que estudien la coyuntura mirando la próxima elección o para justificar por qué se perdió la anterior. Qué distinto sería si en lugar de discutir si Uber o taxis, cuando en varios estados del mundo hay coches de alquiler sin choferes o en Dubai próximamente ya empezarán a funcionar los primeros taxis drones, nuestros gobernantes tomaran decisiones en base al porvenir sobre los que la emergencia fuera un aditivo a las medidas a implementar, o si nuestros sindicalistas gastaran menos recursos en multitudinarios actos para demostraciones de fuerzas vetustas, invirtiendo más en estudios que les permitan saber cómo reconvertir sus fuerzas laborales para el mundo que se viene y que no nos va a esperar. En pocos años tendremos subtes y trenes autocontrolados, todas las transacciones serán automáticas, expendios robóticos y en este país, a este paso, interminables filas de conductores, cajeros y cadetes sin trabajo, para citar pocos de los muchos cambios que ya se vienen. Y en ese mundo en el que viviremos en pocos años habrá muchísimo más trabajo. Pero pocos que hoy conozcamos.

Lo preocupante es que nuestra clase dirigente -toda- no comprende que los problemas económicos pueden ser solucionables y no es lo más trascendente, pero la grave crisis cultural nos condiciona a seguir cayendo como lo venimos haciendo sin pausa desde hace nueve décadas. O pega un fuerte golpe de timón y apunta hacia donde el mundo desarrollado marcha, o seremos un país donde el futuro sea el eterno y doloroso presente.

Hace dos décadas que hemos sumado a esa decadencia una nueva herramienta y que, a todas luces, no ha dado la respuesta esperada: los planes sociales tal como están concebidos. Y ante su ineficiencia, ¿con qué responde cada fuerza política? Con más planes sociales, que alimentan más a las organizaciones sociales que a la gente que los necesita. Y esto además nos aleja más de la dirección hacia la que se dirigen aquellos a los que les va bien. Eso no quiere decir soltarle la mano a quienes los necesitan. Pero tal vez haya llegado el momento de recurrir al sentido común. ¿Solo con darles de comer -y no bien- les vamos a solucionar el futuro a quienes están cayéndose del sistema, o los estamos condenando a no salir más de su exclusión? ¿No habría entonces que exigirles, a cambio de ese plan, la asistencia a cursos de reconversión y capacitación, y la obligación de que se presenten una vez por semana o por mes al Estado -y sin intermediarios- ante una búsqueda laboral, tal vez ayudados con bolsas de trabajo privado con coordinación pública, para su reinserción? ¿No habrá que utilizar el plan para alimentarles, además del cuerpo, la cultura del esfuerzo?

Es imperioso recrear la cultura del progreso que da un trabajo formal ganado por mérito propio y desterrar el conformismo de tener lo poco que se les ofrece. En este país tenemos que volver a premiar la ambición y condenar la codicia.

Parece cruel persistir con lo que se viene haciendo. Y ya es pertinente dudar en la necesidad de mantener o darle protagonismo a organizaciones que sabrán mucho de política y tienen conocimiento territorial, pero poco de reconversión cultural y capacitación. El mismo Preámbulo impone a nuestros gobernantes la obligación de hacerse cargo de las tareas que promuevan el bienestar general y les dé herramientas a nuestra gente para asegurarles los beneficios de la libertad. Porque darles alas para ser autosuficientes nos hace libres a todos. Y es hora de hacerlos libres.

Periodista

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