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Con nuevas sanciones, la región dejó más aislado a Maduro tras su jura

Maduro, junto a su mujer, Cilia Flores, saludó a un grupo de estudiantes durante la ceremonia de ayer en Caracas
Maduro, junto a su mujer, Cilia Flores, saludó a un grupo de estudiantes durante la ceremonia de ayer en Caracas Fuente: LA NACION
La asunción del presidente para un segundo mandato desencadenó una ola de medidas contra el régimen bolivariano, deslegitimado por varios gobiernos de América Latina; Macri lo calificó de dictador y Paraguay rompió relaciones
Daniel Lozano
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11 de enero de 2019  

CARACAS.- "¡Somos una democracia del pueblo, una democracia de verdad! Yo, Nicolás Maduro Moros, soy un presidente demócrata de verdad... Aquí estoy, para democráticamente llevar las riendas de nuestro país a un destino superior. Hemos cumplido y seguiremos cumpliendo". El mandatario chavista desafió ayer al mundo y a su propio país con su jura frente a los jueces del Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) para un segundo mandato, que desató una ola de sanciones de varios gobiernos de la región contra el régimen bolivariano.

Mientras el presidente Mauricio Macri denunció que " Venezuela vive bajo una dictadura" y la Cancillería anunció la suspensión del acuerdo de exención de visas para funcionarios chavistas, Paraguay rompió relaciones con Venezuela, la Organización de los Estados Americanos ( OEA ) aprobó una resolución que declara "ilegítimo" a Maduro y Estados Unidos calificó su asunción de "usurpación" del poder .

Maduro quiso recargar la ceremonia en Caracas con símbolos de legitimidad y constantes alusiones a la democracia reinventada en Venezuela, pero todo resultaba tan forzado que hasta el presidente del TSJ, Maikel Moreno, se olvidó de la fórmula de jura y se trastabilló ante los ojos del mundo, como si el todopoderoso juez tampoco se creyera la fórmula de desacato inventada contra el Parlamento. La Constitución marca que es la Asamblea Nacional la que debe llevar a cabo la toma presidencial el 10 de enero del año que corresponde.

"No podemos fallar y no fallaremos, lo juro por mi vida y por mi patria", culminó Maduro al final de un extenso discurso, durante el cual repitió los axiomas ya conocidos de la revolución y las promesas de lucha contra la corrupción y contra la crisis económica, que hasta ahora no dieron resultados.

Ninguna novedad de peso, lo que evidenciaba que lo más trascendente era el acto en sí mismo. Incluso los exhortos para reunirse con los líderes latinoamericanos en una cumbre especial, "para mirarse a los ojos", ya eran conocidos, un nuevo intento para buscar una legitimidad perdida para aquellos con los que pretende reunirse.

El "hijo de Chávez" contó con el respaldo de miles de personas, llevadas de todos los rincones del país y que incluso durmieron en plazas de la capital. Tampoco faltaron sus escasos aliados internacionales, los dirigentes revolucionarios y la cúpula militar. Pese al calor de todos ellos, se sintió una soledad extraña, aquella que acompaña a los personajes señalados por la historia.

Cientos de carteles con la leyenda "¡Yo soy presidente!", como si no se lo acabara de creer del todo, salpicaban el camino desde el Palacio de Miraflores hasta el TSJ. Lo que se vivió dentro de su sede marca desde ayer una nueva etapa para un país atrapado en un laberinto sin salida, con un jefe de Estado calificado de "usurpador" por la oposición y deslegitimado a ojos vista por buena parte de América Latina, Europa, Estados Unidos, Canadá y organismos regionales.

Maduro contó con el apoyo incondicional de sus grandes y escasos amigos: solo estuvieron presentes cuatro presidentes (el boliviano Evo Morales, el cubano Miguel Díaz-Canel, el nicaragüense Daniel Ortega y el salvadoreño Salvador Sánchez Cerén), además de los dos mandatarios de las repúblicas prorrusas de Osetia del Sur y Abjasia, no reconocidas por las Naciones Unidas.

Aislamiento evidente por un lado, pero mucha compañía por otro: hasta 94 representantes internacionales, según las cifras de Maduro, "países que respetan a Venezuela, valientes y dignos".

"Venezuela es el centro de una guerra mundial del imperialismo", se defendió el jefe de Estado, que hoy mismo anunciará las medidas que pretende tomar contra 13 países del Grupo de Lima, entre ellos, la Argentina. En círculos oficiales se maneja que romperá relaciones con todos ellos.

Los países de la Unión Europea (UE) tampoco acudieron a la jura, lo que molestó al líder bolivariano, que repitió las habituales acusaciones de colonialismo, racismo y esclavismo antes de jactarse de que "los pueblos de Europa y los chalecos amarillos" de Francia lo quieren. "¡Somos los rebeldes del mundo!", afirmó.

El legado que Maduro se deja a sí mismo rompió todos los registros conocidos. Venezuela perdió el 53% de su PBI, completó la tercera entre las peores inflaciones de la historia (1.700.000% el año pasado) y llenó las cárceles con casi 300 presos políticos, además de ser denunciado por Amnistía Internacional por maltratos y torturas a presos y por permitir ejecuciones extrasumariales de sus fuerzas policiales y militares.

En solo seis años su gobierno redujo la producción petrolera a mínimos históricos y provocó una crisis humanitaria y alimentaria sin precedentes en el continente. El resultado ya es conocido: una huida masiva, que según la ONU superará los cinco millones de emigrantes para fin de año.

El miércoles pasado la diáspora apretó el paso en las horas previas a la toma de posesión. Al menos 15.000 personas cruzaron la frontera entre San Antonio y Villa del Rosario, superando los récords del año pasado y triplicando la vivida durante la pasada Navidad.

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