Suscriptor digital

Alta Fidelidad. David Bowie: el espía de tus sueños

Bowie, en una versión cronológicamente intermedia
Bowie, en una versión cronológicamente intermedia Fuente: AFP - Crédito: Ralph Gatti
Fernando García
(0)
13 de enero de 2019  • 17:14

"Hasta el día anterior al estreno de Salón de Belleza ignoraba cuál podía ser el espacio donde habitaría para siempre. Sólo lo supo cuando advirtió que el lugar de la existencia verdadera sólo se podía hallar en medio del escenario". Leo mucho en hospitales. Las salas de espera me resultan extraños no lugares que favorecen la concentración apenas distraída por la alternancia de nombres y consultorios pronunciada por una voz grabada. En Disecado (Mansalva, 2014), el escritor peruano-mexicano Mario Bellatin narra el encuentro con su propio fantasma, un espectro que trasciende la muerte al que nombra como "¿Mi yo?". Bellatin es un maestro del suspenso en el sentido que leerlo se parece a quedar en estado de trance: suspendido. Su estrategia narrativa me hace pensar inmediatamente en la de David Bowie con su premeditada despedida, el álbum Black Star, objeto de la última de su larga cadena de mutaciones: la máscara funeraria. Bowie proyectó su propio fantasma y lo puso a grabar un disco extraño y audaz que se editó puntualmente el 8 de enero de 2016. Ese día cumplía 69 años. Dos días después se murió.

***

El fantasma de Bowie se me había aparecido unos días antes de esta lectura hospitalaria. Había sido el domingo, a la medianoche, viajando en un taxi bajo una fina llovizna. El chofer que tenía cara de tango sintonizó una estación de radio AM en la que una locutora engolada leía una suerte de resumen de Wikipedia de David Bowie. Enumeraba ránkings en los que el así llamado Duque Blanco era o bien el número 29 en entre los artistas más influyentes en la historia de Inglaterra (según un diario) o el número 33 en la lista de los mejores cantantes de rock según (una revista) y así. Algún que otro dato biográfico y la enunciación de la locutora, con cadencia de acto solemne: "De David Bowie, escuchamos a continuación." Y suena "Never let me down" con ese audio chato de radio a transistores. El chofer pareciera no estar interesado en la música en absoluto. Y así cruzamos por detrás de la cancha de Ferro Carril Oeste (donde Bowie cantó en noviembre de 1997), dos extraños, circunstancial audiencia de un show radial ignoto dedicado a la memoria de David Bowie. Luego ponen "Underground" de la película Laberinto. La selección, entre tantas posibilidades del catálogo, es curiosa sino rara. ¿Existió ese programa? ¿Era el chofer un médium?

"Underground"

04:41
Video

****

Separados de facto desde hace un par de años, acometimos la improbable tarea de dividir la discoteca de cedés y discos de vinilo. Fue un tortuoso inventario donde quedaban a un lado los míos, al otro los de ella y en una Suiza neutral los demás, de interés común, rotulados como "litigio". Nos demoramos una eternidad en definir de que lado de la cordillera quedaría cada uno hasta que la inminencia de la entrega de llaves de la casa hizo su trabajo. Fue una noche larguísima que se prolongó hasta la mañana siguiente. En esa zona limítrofe entraban todos los discos de David Bowie que habíamos acumulado desde antes y durante nuestra larga convivencia. Perdí el vinilo de Aladdin Sane y el de Scary Monsters a cambio del Ziggy Stardust, el Lodger y varios cedés. Pero la negociación se puso verdaderamente tensa cuando llegamos a The man who sold de world, la edición en vinilo de tapa negra con el joven Bowie caracterizado como un Marcel Marceau en pose de combate. "Ese no, por favor", exigí pero también supliqué. Es que como las obras de arte (lo es) ese disco tenía el valor agregado de la procedencia. Había buscado esa edición durante años persiguiendo el fantasma de una habitación en la calle Trelles donde fui introducido a la cultura rock por un sensei de rulos tres o cuatro años mayor que se fue demasiado pronto. Sin darme cuenta casi, me había dedicado a replicar aquella discografía iniciática con los años. Encontré el "The man who sold the world" cuya tapa tanto me había impactado en Bonus Track, una disquería de la calle Corrientes. Supe por uno de los vendedores que ese disco y todos lo que estaban en la batea habían pertenecido a un joven suicidado. Su madre, después de muchos años, había decidido venderlos. Recordé entonces que había escuchado antes esa historia y que al joven se lo conocía a fines de los 80 como "Federico Bowie". Volví a mi casa con el disco en una bolsa blanca insignificante y un ligero escalofrío. Viajaba conmigo un fantasma.

****

Si como al narrador de Disecado con "¿Mi yo?" se me apareciera el fantasma de Bowie en la habitación no sería ni Ziggy ni Alladin Sane ni el Duque Blanco ni el proto yuppie de "Let's Dance" sino una persona muy amable en camisa y bermudas color caqui que habla igual que el actor Pierce Brosnan, tiene los dientes muy amarillos y al que le cuelga un Marlboro light de la comisura del labio. Así es como lo ví face to face en el vestuario del estadio Ibirapuera de San Pablo en 1997 durante unos veinte minutos. Extrañamente su voz no quedó grabada. Para eso están los discos, dicen.

****

Pos data: el título de esta columna refiere al slogan del programa de radio "El tren fantasma": "un espía de tus sueños".

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Usa gratis la aplicación de LA NACION, ¿Querés descargala?