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Hacia dónde ir

Urge acordar consensos realistas, tolerantes y consistentes, con una visión de largo plazo del futuro del país, que determinen quiénes serán sus protagonistas
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13 de enero de 2019  

Es evidente la ausencia de inspiración personal en los liderazgos más fuertes, si se los puede llamar de esa manera. Se los observa a menudo en la misma actitud de los chicos que registran en selfies cada situación en que se sienten involucrados. De tanto reflejar el presente más estricto, las selfies son puro pasado. Como las encuestas de las que viven pendientes nuestros políticos y en cuyo acatamiento se aúnan por igual oficialistas y opositores.

Es imposible así trazar líneas rectas hacia el horizonte, tan definitorias del carácter de hombres con convicciones propias. ¿Adónde habrían ido Bismarck o Metternich si se hubieran sujetado al milímetro, como los políticos modernos, a la volubilidad de las tendencias colectivas, mensuradas sin otro valor que el del instante en que quedan consagradas en los sondeos de opinión? Sergio Berensztein acertaba en uno de sus últimos artículos al examinar en conjunto a los principales actores de la política argentina: "No son constructores de realidades ni promueven escenarios novedosos".

Cuando faltan siete meses para las primarias abiertas, que se avecinan como primera confrontación electoral destinada a configurar un nuevo período presidencial a partir del 10 de diciembre, no hay una sola mención en estos prolegómenos sobre la urgencia por establecer una idea compartida respecto de la dirección por imprimirse al país. ¿No hay un solo dirigente dispuesto a formular cinco propuestas a fin de consolidar una base de discusión sobre políticas de Estado alrededor de las cuales se unifique un pensamiento nacional y se amortigüe la incertidumbre que paraliza cualquier decisión proyectada a mediano plazo por parte de inversores argentinos o extranjeros?

Así como el riesgo país subió considerablemente en la última parte del año pasado, así también ha bajado bastantes puntos en la apertura de 2019. La magnitud de ese riesgo se halla en relación directa con la sobretasa de interés que debe pagarse en el mundo por un crédito que se tome en relación con la Argentina. Nada ha ocurrido de nuevo, salvo la moderación inflacionaria lograda a costa de haberse secado de liquidez al mercado nacional, para conjeturar que estamos ante una nueva tendencia, de efectos perdurables, y no de una novedad con valor circunstancial o efímero.

El gobierno del ingeniero Macri cuenta, como ningún otro ha contado en muchas décadas de política argentina, con la simpatía y el apoyo explícito de las potencias centrales. Lo aprecian por su orientación, más que por su resultados, que terminaron llevándolo por dos veces en 2018 a golpear como mendicante las puertas del Fondo Monetario Internacional. Nuestro país comenzó el año anterior con una inflación proyectada del 17% y terminó con otra del 48%. Comenzó 2018 con un dólar de 17 pesos y terminó con uno de casi 40 pesos. Comenzó con una tasa de interés del 24% y nos dejó a fines de año con tasas escalofriantes superiores al 60%. Sobre la base de sacrificios inmensos para vastos sectores de la población, sobre todo de las franjas medias -las menos cubiertas por el asistencialismo estatal-, se están rectificando las políticas responsables de aquellos resultados.

En este cuadro de situación, las posibilidades de reelección del presidente Macri parecieran no estar en modo alguno cerradas. No es que haya hecho un gobierno especialmente bueno; es que enfrente se preparan para afectarle el paso los principales responsables de la anarquía financiera y social en que se hundió el país, los tutores del autoritarismo que se enseñoreó durante 12 años en la Argentina, mientras prosperaban como nunca la corrupción pública; el ataque a la Justicia y a las instituciones republicanas; el negocio de las drogas, que se instaló con el apoyo del poder, atrapó a una parte de los adolescentes y propagó sus efectos perversos hasta en el fútbol, y la inseguridad física, que acosa a diario, en particular a los habitantes de las zonas menos protegidas que, en general, son las más pobres.

Cualquier peligro de una restauración de aquel cuadro desolador en cuanto a eficiencia, ética y estética que clausuraron las elecciones de 2015 produciría daños pavorosos aun antes de la culminación del ciclo electoral por abrirse en agosto próximo. El mundo enmudecería frente a una perseverancia suicida de tamaña magnitud. Por eso urge acordar consensos realistas y tolerantes con no pocos adversarios de ayer y que resulten consistentes con una visión de largo plazo de hacia dónde quiere y debe ir el país y con qué aliados.

Es una hora en la que ningún dirigente -político, empresario, gremialista, social, religioso- puede permitirse jugar con el fuego estimulante de la influencia de figuras que encarnan, al margen de su veteranía o juventud, la feroz memoria de rotundos fracasos argentinos o la complicidad con políticas de tan tristes consecuencias generales como las de Cuba, Venezuela o Nicaragua. Sería oportuno que tanto en las redes sociales como la prensa internacional propensa a las imputaciones contra movimientos de "ultraderecha", alguna vez se predicara de igual modo contra una "ultraizquierda" a la que raramente se menciona con un superlativo equivalente.

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