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Por qué me enojé con Marie Kondo

Teresa Elizalde
Teresa Elizalde LA NACION
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14 de enero de 2019  • 13:05

Mi hija de ocho años tiene fanatismo por los Beatles y me pide que le ponga su música. El otro día le conté que tenía guardada una remera negra con la estampa The Beatles en blanco que me habían traído hacía veinte años de Liverpool. La típica remera de la banda. Le prometí que la iba buscar para regalársela. Pero en ese momento me llegó una revelación. Y el odio.

Hace unos años, cuando Instagram no había estallado y todavía los consejos se intercambiaban a través de libros, recibí de regalo La magia del orden, de Marie Kondo, un libro muy lindo de una japonesa que era furor en el mundo y que prometía mejorar mi vida si yo ordenaba. La promesa era atractiva. El orden nunca había sido mi mayor fortaleza, así que compré. Lo leí durante unos días en la playa y me pareció fácil de aplicar. Partía de una máxima: tenía que sacar de casa, o sea, de mi vida, todo objeto que no me hiciera feliz. Me la creí. Volví de las vacaciones empoderada por Kondo y me puse a trabajar. Empecé por los placares. Enseguida me topé con un problema: el libro no venía con gráficos y entender cómo se doblaba una media en rollito o acomodar las remeras como un fichero me llevaba mucho tiempo. Dudé. Pero seguí. La consigna era sacar. Hablaba de lo liviana que me iba a quedar después de este camino. Insistí. Decía que había que hacer todo junto. Así que puse toda la ropa sobre la cama. Tenía remeras de un viaje a Brasil en el 95 con amigas, la de los Beatles, una con el comienzo de Cien años de soledad que había mandado a estampar en quinto año del secundario. Pantalones que después de varios embarazos ya ni me entraban. Camperas que no usaba. Me abrumé, pero seguí. Las bolsas para regalar se acumularon en la puerta de casa. Después, pasé a la fase de reacomodar. Saqué los jeans que estaban colgados y compré, sí, compré, unas cajas de plástico para guardarlos como carpetas en un fichero; puse también las remeras, moví, cambié de estante. Hice que las perchas miraran todas en la misma dirección. ¿Las medias? Las doblé como siempre, un bollito y al cajón. Pero pasé días bajo el hechizo Kondo. Cuando tuve que seguir por el resto de la casa, sacar fotos, libros, ir a la cocina, a los productos de limpieza (que eran seis), ya me había agotado. Las fotos me encantaban. No las quería regalar. Las miraba poco, y ahora que están todas en un celular, mucho menos. Pero son recuerdos y me gustan. También tenía y tengo muchos libros que no voy a leer y que, según Kondo, ocupan lugar para algo mejor. Pero los quiero. Y no me imagino otra cosa mejor. En ese momento, me di cuenta de que ese no era mi camino.

Después, con los años, siguieron los métodos. Los anti Marie Kondo, los menos Marie Kondo. Ella abrió una escuela, KonMari, en Londres, y hacia allá fueron mujeres y varones de todo el mundo, tras la búsqueda de su fórmula secreta. Estalló Instagram. Se llenó de tutoriales. Muy estéticos y lindos. Con casas impolutas. Fueron varias las que encontraron un trabajo a través del orden. Que lograron crecer y tener sus emprendimientos. Siguieron los libros. Cada tanto me los cruzo y los miro. Los ojeo. También miro mi ropero con sus cajas de plástico y las bajo como ficheros para buscar un pantalón. Y pienso que lo hice en otra vida.

Ahora está la serie en Netflix, que muestra la llegada de la gurú del orden a los hogares norteamericanos, donde la acumulación es el principio de todo. A familias que tienen que alquilar containers porque no tienen espacio para guardar en sus casas. Demasiado.

Marie Kondo tiene cara de buena. Es japonesa y parece zen. Tiene un nombre marketinero. Sonríe. Habla suave. Y con esa voz inocente nos hace creer que estamos todos mal por guardar fotos en sepia que eran de nuestros abuelos. Dictamina qué dejar y qué sacar y le creemos. Porque ella tuvo una revelación antes que nosotros.

Es cierto que ordenar mejora la vida. Es una obviedad. Y me atrevo a decir que con los años me volví bastante ordenada porque entendí que hace la vida más fácil. Porque tener cada cosa en su lugar me ahorra tiempo y hace que la diaria no sea un caos. Pero también entendí que el orden tiene que ocupar su lugar. No quiero que sea motivo de mis lecturas, ni de consulta en redes. Mucho menos de conversación.

Pienso en mi remera de los Beatles, recuerdo a Marie Kondo y, como también sé que odiar hace mal, espero que cuando venga Paul McCartney a la Argentina la vendan como merchandising y ahí la reponga. Y de paso le compre también una a mi hija.

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