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Andy Murray, el chico "frío" que liberó sus demonios, vuelve a abrir su corazón para decidir sobre su futuro

Sebastián Torok
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14 de enero de 2019  • 15:55

Andy Murray acarreaba la ingrata historia sobre sus hombros. Gran Bretaña seguía sumando años sin un campeón propio en Wimbledon , nada menos, desde el título de 1936 de Fred Perry, el hombre hecho estatua en uno de los ingresos al All England. La herencia se había convertido en algo irrespirable para el por entonces 4º del tour. La ilusión de Tim Henman (4º en 2002) ya había sucumbido hacía tiempo. El calendario marcaba los primeros días de julio de 2012 y el escocés criado en Dunblane había alcanzado por primera vez la final sobre el césped más valioso del circuito; sin embargo, se frustraría ante las pinceladas de Roger Federer. El suizo, que pocos días después recuperaría el número 1, alcanzaba su séptimo trofeo londinense. A la hora de hablar en la premiación, Murray, derrumbado anímicamente, con los ojos humedecidos y la voz quebrada, apenas lograba susurrar un puñado de agradecimientos. Los locales, aquellos que con malicia lo trataban de escocés si perdía y de británico si triunfaba, se rindieron ante las lágrimas de ese muchacho que entregaba todo -y más también- sobre el court. Aquel día, sin saberlo, Murray empezó a escribirse una historia diferente.

El desahogo frente a la multitud lo volvió terrenal al jugador que, antes de perder la definición en el All England, ya había cedido otras tres finales de Grand Slam (US Open 2008 y Australia 2010 y 2011). Generó un cambio emocional interior muy profundo. Desnudó su personalidad ante la exigencia más feroz. Modificó la percepción del público; antes de esa situación lo describían como un personaje malhumorado y frío, pero después empezaron a observarlo con simpatía. En los medios británicos cortaron con las burlas y, por fin, lo adoptaron con orgullo.

"La gente vio una parte de Andy que no conocía, entendieron cuánto le importaba ganar Wimbledon. Y no por él, sino para la nación. Esa fue una muy buena conexión que tuvo con la gente, porque decían que era frío. Es que tiene una personalidad tan competitiva que a veces la gente no entendía que las frustraciones en la cancha eran por las ganas de ganar siempre", le confesó a LA NACION, en septiembre de 2013, el venezolano Daniel Vallverdú, extenista, amigo y por entonces entrenador de Murray (actualmente trabajando con Grigor Dimitrov). Tras aquel momento bisagra, Murray se despojó de los demonios y ganó, entre otros trofeos, la medalla olímpica de oro en Londres 2012, el US Open 2012 (su primer major) y Wimbledon en 2013 (también lo ganaría en 2016).

Uno de los responsables del vuelco emocional de Murray fue Ivan Lendl, el exlíder del circuito que sufrió traumas similares a los del británico antes de ganar el primero de sus ocho Grand Slam. El checoslovaco nacionalizado estadounidense se unió al equipo del escocés para tratar de ayudarlo a cruzar los límites. Y así lo hizo. Seguramente Lendl habrá estado orgulloso viendo a Murray batallar como lo hizo frente a Roberto Bautista Agut (22º), en la primera rueda de este Abierto de Australia . Andy, actual 229º del ranking, con la cadera derecha totalmente dañada, sin explosión y renqueando, pero con mucho amor propio, perdió frente al español por 6-4, 6-4, 6-7 (5-7), 6-7 (4-7) y 6-2, en 4h09m. El público que pobló el Melbourne Arena enrojeció sus manos aplaudiendo cada esfuerzo del tenista. Y él, a los 31 años, no tuvo reparos en mostrarse tal cual es, sensible, como aquel día en el court central de Wimbledon. "Si fue mi último partido, fue una manera brillante de terminar -describió-. Fue un ambiente increíble. Di todo lo que tenía".

¿Cuál será el futuro de Murray de aquí en más? "Básicamente tengo dos opciones. Una es tomarme los siguientes cuatro meses y medio de descanso y luego intentar llegar a Wimbledon. Pero hoy (por ayer) no ha sido una noche cómoda en lo que a la cadera se refiere y ahora mismo no puedo ni caminar bien", confió el ganador de 45 títulos. Y prosiguió, a corazón abierto: "Podría jugar otro partido, pero si quiero intentar jugar de nuevo, necesito mejorar mi calidad de vida antes, porque aunque me tome cuatro meses de descanso, seguiré sin poder caminar bien. Todavía me duele al hacer cosas rutinarias del día a día (...) La otra opción es someterme a una operación. Pero ese tipo de intervenciones no dan ninguna garantía de que pueda volver a jugar. Soy plenamente consciente de ello. Es una operación realmente complicada. Otros atletas lo han intentado. Esa es la decisión que tengo que tomar, la posibilidad de no tener un partido más si me opero (...) Si continúo con la operación y no me recupero bien, entonces no volveré a jugar. Esa es la decisión que tengo que tomar. Mejorará mi calidad de vida, me dolerá menos haciendo cosas normales, como caminar, ponerme los zapatos o las medias".

La carrera de Murray, un tenista que sin las virtudes de Federer, Rafael Nadal ni Novak Djokovic se las ingenió para inmiscuirse en la pelea de leyendas, parece estar condenada. Está confundido e intenta discernir qué será lo mejor para su futuro. Pero, al menos, lo hace con una certeza: los demonios psicológicos son solo un mal recuerdo y el mundo del tenis lo recordará como lo que es/fue: un grande.

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