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España se mantiene en vilo por un chico atrapado en un pozo

El pequeño Yulen, de dos años, cayó en una estrecha cavidad, de más de setenta metros; temen un desmoronamiento
El pequeño Yulen, de dos años, cayó en una estrecha cavidad, de más de setenta metros; temen un desmoronamiento
Silvia Pisani
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15 de enero de 2019  

MADRID.- Ocurrió hace más de 48 horas y el esfuerzo contra reloj continúa en el sur de España para rescatar a un niño de dos años que cayó dentro de un pozo de apenas veinte centímetros de diámetro y más de cien metros de profundidad.

El país permanece en vilo por el pequeño Yulen, de quien no se sabe nada desde que en la tarde del domingo cayó en el foso de agua que la familia hizo cavar en su finca de la localidad malagueña de Totalán.

Más de cien personas, entre rescatistas, bomberos y Guardia Civil, trabajan sin descanso para dar con él. Hasta ahora, solo pudieron encontrar una bolsa con chucherías y un pequeño vaso que el menor llevaba en el momento de caer.

Pese a que desde la superficie se han introducido en el pozo cámaras guiadas, hasta el momento no han podido registrar al menor, de cuyo estado no se tiene dato alguno.

El escaso diámetro del orificio complica todo el trabajo. Los rescatistas no pueden siquiera introducirse en la cavidad por falta de espacio. A eso se suma el temor de desmoronamientos.

"Hemos llegado hasta 79 metros de profundidad con las cámaras y tocamos fondo. No sabemos si es que ha habido un derrumbe", dijo uno de los rescatistas. La información que manejan los técnicos es que la excavación original llegó a más de cien metros.

Las esperanzas parecían reducirse con el paso de las horas. "El problema es que sigue cayendo material. No es fácil trabajar allí", dijo la delegada del gobierno nacional, María Gámez.

Los padres y familiares de Yulen permanecen con asistencia psicológica. Hasta el momento no se ha abierto ninguna otra línea de investigación que no apunte a la necesidad de un rescate.

Se trabaja sobre tres vías alternativas. La primera, realizar un pozo paralelo, pero más ancho, para permitir maniobras. La segunda, excavar a cielo abierto hasta donde se piensa que podría encontrarse el menor. La tercera, utilizar un equipo de aspiración que remueva el escombro que, se supone, cayó luego de que el menor quedara atrapado.

En los últimos meses fueron numerosos los casos en que fuerza y tecnología se vieron desafiadas para intentar rescates de este tipo. El desafío para los técnicos fue siempre llegar adonde estaba el menor sin que se produjera un desmoronamiento de las paredes.

El reto más demandante tuvo lugar en julio pasado, durante los más de diez días en que un grupo de menores permaneció en la oscuridad y sin comida en el interior de las cuevas de Tham Luang, en el norte de Tailandia.

La subida de la marea los sorprendió 4 kilómetros montaña adentro y les cerró la salida. Pocos esperaban encontrarlos con vida. Su rescate, que llevaron adelante buzos expertos, fue un alivio mundial. Uno de los rescatistas perdió la vida en el operativo.

Aunque el caso por excelencia de esta clase de salvatajes fue en 2010, con los 33 mineros que estuvieron 17 días atrapados a más de 800 metros de profundidad, en el sur de Chile.

Hasta la agencia espacial de los Estados Unidos (NASA) colaboró con la construcción del peculiar ascensor con el que pudieron ser finalmente extraídos del lugar. Por su envergadura, la operación fue televisada en directo a gran parte del mundo.

La Argentina también tuvo antecedentes con niños atrapados en una cavidad terrestre. Algunos con final feliz.

Otros, con el desenlace menos deseado; entre ellos el de un pequeño de cinco años, Cristian Quiroz, que en 1998 cayó en un pozo en San Nicolás. Durante treinta y tres horas se trabajó para intentar rescatarlo con vida.

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