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Datos y escombros sin control: los experimentos chinos que preocupan a Occidente

The Economist
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17 de enero de 2019  

Hace cien años hubo una oleada de protestas estudiantiles en las grandes ciudades chinas. Desesperados por revertir un siglo de declinación, los líderes del Movimiento del Cuatro de Mayo querían deshacerse del confucionismo e importar el dinamismo de Occidente. La creación de una China moderna se daría, argumentaban, reclutando al señor ciencia y la señora democracia.

Hoy el país que los estudiantes del Cuatro de Mayo ayudaron a moldear está más que nunca obsesionado con la búsqueda de la grandeza nacional. El aterrizaje de una nave espacial china en el lado oculto de la Luna el 3 de enero, el primer país en lograrlo, fue una marca de sus ambiciones en ascenso. Pero los líderes de hoy rechazan la idea de que el señor ciencia debe estar en compañía de la señora democracia.

Al contrario, el presidente Xi Jinping cuenta con poder controlar las investigaciones de avanzada al mismo tiempo que el Partido Comunista aumenta su dominio absoluto de la política. En medio de la creciente rivalidad entre China y Estados Unidos, muchos en Occidente temen que tendrá éxito.

No cabe duda de la determinación de Xi. La ciencia moderna depende del dinero, instituciones y mucha capacidad mental. En parte debido a que su gobierno puede contar con las tres cosas, China está trepando a toda velocidad en el ranking de los logros científicos.

Ha gastado muchos miles de millones de dólares en máquinas para detectar materia oscura y neutrinos, y en institutos por doquier que investigan de todo, desde genómica y comunicación cuántica hasta energía renovable y materiales avanzados.

Un análisis de 17,2 millones de trabajos en el período 2013-2018 por The Nikkei, una editorial japonesa, y Elsevier, una editorial científica, concluyó que hubo más papers provenientes de China que de cualquier otro país en 23 de los 30 campos más activos, como baterías de ion de sodio y análisis de activación neuronal. La calidad de los estudios estadounidenses se ha mantenido más elevada, pero China ha estado poniéndose a la par, aportando 11% de los trabajos más influyentes entre 2014 y 2016.

Hay tal presión sobre los científicos chinos para lograr avances que algunos ponen los objetivos por encima de los medios. El año pasado, He Jiankui, académico de Shenzhen, editó genomas de embriones sin la debida atención a su bienestar posparto o de los descendientes que pudieran tener.

Se cree que los investigadores chinos en inteligencia artificial (IA) prueban sus algoritmos con datos cosechados de los ciudadanos chinos con poco control. En 2007, China probó un arma espacial con uno de sus satélites meteorológicos, llenando las órbitas de escombros espaciales letales. El robo de propiedad intelectual es rampante.

La perspectiva inminente de una China de alta tecnología dominante que rompe las reglas alarma a los políticos occidentales y no solo por las nuevas armas que desarrollará. Los gobiernos autoritarios tienen historia de usar la ciencia para oprimir a sus propios pueblos.

China ya utiliza técnicas de IA como el reconocimiento facial para controlar a su población en tiempo real. Al mundo exterior, una China dedicada a la mejora genética, la IA autónoma o la geoingeniería le puede provocar mucho temor.

Este temor es justificado. Una dictadura de partido único que además es una superpotencia científica es por cierto intimidante. Pero los efectos del creciente poderío científico chino no apuntan en un solo sentido.

Por empezar, la ciencia china tiene que ver con mucho más que armas y opresión. Desde mejores baterías y nuevos tratamientos para enfermedades hasta descubrimientos fundamentales, por ejemplo, acerca de la materia oscura, el mundo tiene mucho para beneficiarse de los esfuerzos chinos.

Lo que es más, no está claro si Xi tiene razón. Si la ciencia china realmente se coloca a la vanguardia del mundo, puede terminar cambiando a China de maneras que él no prevé.

Xi habla de la ciencia y la tecnología como proyecto nacional. Sin embargo, en la mayoría de las investigaciones científicas, el chauvinismo es una traba. El conocimiento experto, las buenas ideas y la creatividad no respetan las fronteras nacionales.

Los trabajos publicados tienen un efecto limitado: las conferencias y los encuentros cara a cara son esenciales para entender las sutilezas de lo que están haciendo los demás. Sin duda hay competencia; la investigación militar y comercial debe ser secreta. Pero la ciencia pura se desarrolla sobre la base de la colaboración y el intercambio.

Esto da a los científicos chinos el incentivo de respetar las normas internacionales, porque eso es lo que le permitirá a sus investigadores tener acceso a las mejores conferencias, laboratorios y publicaciones, y porque la ciencia no ética disminuye el poder blando de China.

La manipulación de genes de He bien podría recordarse no solamente por su violación de la ética, sino también por la condena furiosa que recibió de parte de sus colegas chinos y la amenaza de castigo de las autoridades. La destrucción del satélite en 2007 provocó indignación en China. No se ha repetido.

La pregunta tentadora es cómo afecta esto a la señora democracia. No hay nada que diga que los mejores científicos tienen que creer en los beneficios de la libertad política. Y sin embargo el pensamiento crítico, el escepticismo, el empirismo y el contacto frecuente con colegas extranjeros es una amenaza para los autoritarios, que sobreviven controlando lo que la gente dice y piensa. La Rusia soviética buscó resolver esa contradicción dando a sus científicos privilegios, pero aislando a muchos de ellos en ciudades cerradas.

China no podrá encerrar a su elite científica en rápido crecimiento de ese modo. Si bien muchos investigadores estarán satisfechos con solo su libertad académica, bastaría que un número pequeño busque expresarse más ampliamente para causarle problemas al Partido Comunista.

Hay que recordar que Andrei Sakharov, que desarrolló la bomba de hidrógeno rusa, luego se convirtió en el principal disidente soviético o que Fang Lizhi, un astrofísico chino, inspiró a los estudiantes que encabezaron las protestas en la Plaza Tiananmen en 1989.

Cuando la versión oficial de la realidad resultó cansadora y antinatural, ambos se destacaron en su búsqueda de la verdad. Eso les dio inmensa autoridad moral.

Algunos en Occidente pueden sentirse amenazados por los avances chinos en las ciencias y por tanto buscar mantener sus investigadores a distancia. Eso sería aconsejable en las ciencias militares y en las investigaciones comerciales, donde ya existen mecanismos elaborados para preservar el secreto, que se podrían fortalecer.

Pero tener una actitud de distanciamiento en la investigación común sería contraproducente. La colaboración es la mejor manera de asegurar que la ciencia china sea responsable y transparente. Esto incluso podría ayudar a promover al próximo Fang.

Aunque sea difícil de imaginar, Xi podría terminar enfrentado a una opción mucho más difícil: contentarse con quedar rezagado o dar a sus científicos la libertad que necesitan y arriesgarse a las consecuencias. En ese sentido, lleva adelante el mayor experimento de todos.

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