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Corea del Norte: cómo fue mi viaje por el país más hermético del mundo

Algunas restricciones que le advirtieron al llegar: No puede salir sola del hotel. No puede apartarse de sus guías ni del grupo con el que viaja sin autorización. No puede tomar fotos a edificios en construcción ni a personal e instalaciones militares.
Algunas restricciones que le advirtieron al llegar: No puede salir sola del hotel. No puede apartarse de sus guías ni del grupo con el que viaja sin autorización. No puede tomar fotos a edificios en construcción ni a personal e instalaciones militares. Crédito: Gentileza
Florencia Grieco
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28 de enero de 2019  • 15:35

El 3 de septiembre de 2015 partí rumbo a Pyongyang por primera vez. Seis meses antes había comprado un pasaje a Pekín. Y ahí empezó esta historia...

Pekín

Yo no quería ir a China; quería conocer Corea del Norte, pero no hay vuelos disponibles a Pyongyang desde ningún lugar del planeta. Solo podía conocerlo de la única forma en que me había negado a viajar toda la vida: como turista. Los occidentales que quieren conocer Corea del Norte -apenas unos 4000 al año- no tienen otra opción que hacer un tour organizado por el Gobierno norcoreano.

Por eso, China era el primer signo de que llegar a Corea del Norte iba a ser un viaje por aproximación, lleno de controles y desvíos, en el que nada era exactamente lo que parecía. El viaje me exigía una dosis de fe ciega: ir a Pekín sin tener el pasaje ni la visa norcoreana, dos trofeos que iba a recibir de la agencia el mismo día de mi partida hacia Pyongyang.

Ese 3 de septiembre, horas antes de que saliera mi tren hacia Pyongyang, me entregaron un sobre con la visa y el pasaje, para cruzar la última frontera del mundo conectado y sumergirme dos semanas en el aire de la vida sin Internet.

Pyongyang era el antiviaje, una suerte de all inclusive comunista donde no estaba permitida la holgazanería porque, a juicio de mis anfitriones, yo no estaba ahí de vacaciones.
Pyongyang era el antiviaje, una suerte de all inclusive comunista donde no estaba permitida la holgazanería porque, a juicio de mis anfitriones, yo no estaba ahí de vacaciones. Crédito: Gentileza

Buenos Aires

Mi descubrimiento de Corea del Norte había empezado en 2008, cuando trabajaba como editora en la sección internacional del diario Crítica. En aquel tiempo, ese país era miembro del "eje del mal" de George W. Bush y estaba gobernada por Kim Jong II, padre del actual líder norcoreano.

Durante varios años me limité a seguir las noticias que llegaban a cuentagotas desde Pyongyang. Todas las historias resultaban difíciles de creer y eso era lo que más me inquietaba: ¿cómo era, en verdad, ese lugar sin Internet, antiguo, analógico, cerrado como una cápsula de tiempo? La globalización se detenía a las puertas de Corea del Norte. Allí, el mundo dejaba de ser accesible.

Yo había viajado sola antes, pero Asia era todavía un continente inexplorado. Hasta que un mediodía de noviembre de 2014, durante un almuerzo con mi amigo Marcelo, le aseguré, desafiante, que algún día iba a viajar a Corea del Norte. "¿Cuándo?", me preguntó sin imaginar que iba a tomar tan a pecho su inquietud. "El año próximo".

Pyongyang

"Estoy por llegar a la frontera, ya casi estoy en Corea del Norte. Hablamos a la vuelta, si vuelvo", escribí en el último mensaje que copié y pegué para mandárselo a siete personas desde mi número de teléfono chino antes de desaparecer en el limbo analógico norcoreano. En minutos iba a interrumpirse la conexión de Internet.

Siete horas después, me recibieron en Pyongyang dos guías norcoreanas y un chofer, desconcertados por aquella mujer extranjera que había llegado sola desde el país más lejano del mundo (sí, ¡Pyongyang y Buenos Aires están en las antípodas!). La compañía de esas tres personas iba a ser inevitable desde ese momento hasta mi partida y desde el principio del día hasta el fin de la noche, pero no era esa la única restricción que iba a gobernar mis días en el país, según me hicieron saber las dos señoritas:

  • No puede salir sola del hotel.
  • No puede apartarse de sus guías ni del grupo con el que viaja sin autorización.
  • No puede tomar fotos a edificios en construcción ni a personal e instalaciones militares.
  • No puede gritar, correr ni hacer ademanes inapropiados en los lugares dedicados a los líderes.
  • No debe tocar las imágenes de los líderes.
  • No puede cortar las caras de los líderes al sacar fotos de sus retratos o de sus estatuas, debe tomar imágenes de las figuras completas y sin reflejos.
  • No debe desobedecer las indicaciones de los guías.

Crédito: Gentileza

Mi rutina en su país, mejor saberlo con antelación, iba a ser agobiante

Yo debía estar lista todas las mañanas a las ocho en el lobby del hotel, adonde me devolverían solo después de la última comida del día, unas trece horas más tarde. Mis jornadas en Pyongyang no iban a incluir tiempo libre. No iba a perderme en esa ciudad desconocida, no tendría necesidad de buscar ubicaciones en el mapa, ni siquiera debía pensar qué quería comer porque todas mis comidas ya estaban decididas de antemano. Teléfonos útiles, lugares de interés, qué comprar, cómo viajar, dónde cambiar moneda, exhibiciones en museos, mapas, nada de eso tenía sentido allí. Pyongyang era el antiviaje, una suerte de all inclusive comunista donde no estaba permitida la holgazanería porque, a juicio de mis anfitriones, yo no estaba ahí de vacaciones.

A la tarde llegamos a uno de los restaurantes lujosos de la ciudad. Antes de ir al comedor pasé por el baño, aunque sabía que no hallaría las comodidades que cualquier occidental esperaría encontrar allí. Había un sistema de baldes y de palanganas junto a los toilettes para compensar la ausencia de botones, cadenas y depósitos de agua que pudiesen vaciar los inodoros sin tener que improvisar un ejercicio de malabarismo. Tampoco había papel higiénico, jabón ni toallas, pero yo había seguido al pie de la letra las recomendaciones de mis guías al salir de Pekín y tenía asegurado mi aseo a prueba de cualquier carencia: pañuelos de papel, toallas húmedas con alcohol y pastillas de jabón.

Crédito: Gentileza

Una de las guías me acompañó esa noche hasta el ascensor del hotel. Su celular empezó a sonar antes de que la puerta automática se cerrase. El ringtone de su teléfono resonó en el lobby durante unos segundos y pude reconocerlo: era el estribillo de "Right Here Waiting", la balada romántica con la que Richard Marx arrasó en los rankings musicales de Occidente en 1989, el último año comunista.

Dos años antes, cuando todavía recibía asistencia económica y técnica de Moscú, Pyongyang había completado su red de subterráneos, que durante más de veinte años permaneció cerrada a los extanjeros, excepto por un puñado de estaciones. Recién en septiembre de 2015 el gobierno norcoreano autorizó el acceso. Yo estaba en ese grupo inaugural; la apertura total del subte secreto era la razón por la que había elegido ese mes para viajar. Mientras deambulaba por el andén en busca de las primeras imágenes de ese territorio prohibido, llegué hasta las puertas cerradas de uno de los vagones. Desde el interior, un grupo de pasajeros me espiaba de reojo a través del vidrio. Una mujer de vestido verde me miró, hizo una pausa como si dudase, y sonrió para la foto que yo no me decidía a tomarle. Alcancé a sonreírle y apreté el botón de mi cámara un segundo antes de que la formación se pusiese en marcha. Me volví, eufórica, tratando de encontrar alguien a quien contarle lo que acababa de pasar. Un segundo de cordura me convenció de que exageraba; después de todo, ¿qué podía tener de extraordinario la foto de una mujer sonriendo en un vagón del subte? Nada, pero Corea del Norte tiene ese efecto sobre el visitante occidental: vuelve inquietante todo lo normal.

horas antes de que saliera mi tren hacia Pyongyang, me entregaron un sobre con la visa y el pasaje, para cruzar la última frontera del mundo conectado y sumergirme dos semanas en el aire de la vida sin Internet.
horas antes de que saliera mi tren hacia Pyongyang, me entregaron un sobre con la visa y el pasaje, para cruzar la última frontera del mundo conectado y sumergirme dos semanas en el aire de la vida sin Internet. Crédito: Gentileza

Después de la primera semana en esa realidad paralela, como cerrada al vacío, sin conexión con el exterior, recorriendo calles sin publicidad e imposibilitada de tomar decisiones libremente, empecé a entender, apenas, cómo vivían los norcoreanos. Esa vida cotidiana, lejos de sus líderes y de sus amenazas nucleares, me deslumbraba, pero con el paso de los días, mi estadía a solas en Corea del Norte empezó a ejercer un efecto demencial sobre mi persona. Había llevado conmigo una libreta del tamaño de la palma de mi mano, pero no había tenido un momento a solas ni una sola pausa que me permitiese registrar los detalles sin levantar sospechas: los extranjeros que viajamos al país podemos ver más de lo que esperamos, pero no siempre podemos documentarlo. Por eso, estaba obligada a recordar todo lo que veía, a memorizar gestos y datos. Necesitaba más que nunca forzar la memoria para organizar, más tarde, lejos de la vigilancia de mis guías, el sentido de ese periplo fantástico y opresivo.

Nada era exactamente lo que yo esperaba y, en algún sentido, era mucho más: lo que Corea del Norte revelaba era tan desconcertante como lo que escondía. Era uno de los pocos lugares del mundo, quizás el único, en el que había que estar para entenderlo, aunque esa comprensión no fuera inmediata. Requería distancia, tiempo para encontrarle un sentido. Entendí que aquel iba a ser, también, un viaje de reminiscencia, que empezaría a tomar forma al terminar.

Crédito: Gentileza

La exhibición musical en el jardín de infantes de Chongjin es abrumadora: música y danzas sin errores ni pausas.
La exhibición musical en el jardín de infantes de Chongjin es abrumadora: música y danzas sin errores ni pausas. Crédito: Gentileza

Y de vuelta

Nunca había sufrido los efectos del jetlag, pero aquella vez, después de volver de Pyongyang, tardé una semana en recuperar la cordura. No lograba entender -mucho menos asimilar- dónde había estado. Mis amigos lo consideraban una locura graciosa; mi madre trataba de entenderme; mi padre dudaba si había hecho algo mal conmigo. Para mí, era una sensación de extrañeza doble porque, debo admitirlo, quería volver: un viaje no había sido suficiente para darme las explicaciones que necesitaba, y un año y medio después, en 2017, ya decidida a convertir la experiencia en un libro, volví a embarcarme en un vuelo rumbo a Pekín para visitar por segunda vez Corea del Norte, esta vez por veinte días y yendo más allá de las fronteras seguras de Pyongyang. Iba a conocer el interior profundo o, como me alertó uno de los guías de la agencia, "la verdadera Corea". Atravesando el este y el norte del país, planeaba llegar a Rason, el corazón de la "zona económica especial", en la triple frontera con China y Rusia. Era una expedición temeraria, algunos podrían decir que también innecesaria.

Mientras el polvo de los caminos se estrellaba contra las ventanillas y los pozos en la ruta nos sacudían de un asiento a otro, me arrastré hasta las primeras filas de la combi para preguntarle al guía algo que me inquietaba. Necesitaba saber si en alguno de los hoteles donde íbamos a hospedarnos podría hacer llamadas internacionales. Su respuesta fue concluyente: "No. Es imposible. No".

Incomunicados, circulando por rutas ajadas y vacías, empecé a sentirme atrapada sin salida en el interior invisible de Corea del Norte. Las reglas del viajero quedaban suspendidas: no había modo de detenernos, de improvisar, de desistir del viaje, de abandonarlo.

Convidé mate y logré aprobación
Convidé mate y logré aprobación Crédito: Gentileza

En el hotel en que íbamos a dormir aquella noche no había agua caliente y nuestra única oportunidad de bañarnos era en un complejo de termas comunales. Era de noche, y el complejo estaba a oscuras cuando llegamos. No había electricidad en ningún punto del predio a causa de la escasez energética crónica, y tuve que avanzar arrastrando la mano izquierda sobre la pared mojada mientras alumbraba mis pies con la luz blanquecina que emitía la pantalla del celular. Corrí la cortina de tela engomada y me encontré con un panorama familiar, que durante mi estadía había aprendido a administrar sin escándalos: una bañera llena de agua.

Nunca supe si era agua limpia. No tenía forma de averiguarlo, y la idea de pasar el día sin bañarme me resultaba tan incómoda como la de meterme en aguas usadas. Los cincuenta grados matan todo, me consolé mientras me aferraba a la luz vaporosa del teléfono y trataba de sumergirme en la bañadera sin despellejarme. No tenía opción. No podía irme como hubiese hecho en una situación medianamente normal.

Mi estadía en Corea del Norte había sido sido una sucesión interminable de episodios absurdos, aislados e incomparables como aquel. Podían ser dramáticos; yo opté por que fueran graciosos. El viaje me había forzado a adaptarme sin pausa, a retorcerme hasta deshacerme de mis aprensiones habituales, a incorporar con naturalidad toda rareza si no quería desesperar allí, encerrada en el medio de la nada. Embrace the chaos, había leído alguna vez en algún lado, y nunca más que allí seguí esa máxima como un mantra.

En Pyongyang aprendí a cocinar kimchi, el plato más típico de toda la península.
En Pyongyang aprendí a cocinar kimchi, el plato más típico de toda la península. Crédito: Gentileza

Cómo llegar

Para llegar a Corea del Norte, sí o sí hay que hacer una escala en Pekín. El pasaje de ida y vuelta hasta esta ciudad cuesta aprox. US$1500. A eso, hay que sumarle el vuelo o tren de Pekín a Pyongyang, que puede costar otros US$1000 aprox., y el costo de pasar uno o dos días, antes y después, en la capital china.

Tours

Young Pioneer Tours es la agencia que le organizó el viaje a nuestra cronista. Tienen tours básicos desde ?500 que incluyen: hotel, tren Pekín-Pyongyang-Pekín, comidas, guías, traslados, entradas. Excluyen: costo de la visa, bebidas extra y propina para los guías. Ellos tramitan la visa y los pasajes. Podés escribirle a uno de sus dueños, Rowan: rowan@youngpioneertours.com.

Más info: @youngpioneer.

Otra agencia es Koryo Tours. Es un poco más cara, en general para personas más grandes.

Más info: @koryotours.

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Crédito: Gentileza

Florencia registró sus dos viajes en el libro En Corea del Norte, viaje a la última dinastía comunista (Debate, $629, disponible en todas las librerías y en e-book en www.megustaleer.com.ar).

Ahí están sus crónicas personales, en una mezcla de ensayo y diario de viaje, ilustrado con más de 150 fotos que tomó durante su arriesgada travesía desde Pyongyang hasta la frontera con Corea del Sur.

También podés seguir online las aventuras de Flor en @flowergrieco, en Instagram y Twitter.

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