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La muerte de Alberto Nisman: el protagonismo de las mujeres

Marcelo Polakoff
Marcelo Polakoff PARA LA NACION
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18 de enero de 2019  

Aunque algunos quisieran -no sin cierta maldad- traer a este podio algunos de los tantos agravios que el fiscal sufriera después de su muerte (y es claro que los hubo para todos los gustos), mi intención aquí es otra.

Se trata tan solo de aprovechar el cuarto aniversario de su asesinato para destacar el rol de algunas mujeres que han sostenido, más allá del dolor, la lucha por dos objetivos tan básicos y tan obvios, y no por ello menos escurridizos: saber la verdad y demandar justicia.

Una serie de circunstancias hicieron que como rabino me tocara acompañar a la familia de Alberto Nisman, a quien no conocía -tampoco al fiscal-, en todo el proceso del duelo, que en cierto modo aún se prolonga gracias a la impunidad reinante.

Palpar en la morgue judicial el desgarro de Sara, su madre, y de Sandra, su hermana, fue probablemente una experiencia que de alguna manera nos enlazó de allí en más. Ambas mujeres, de un perfil bajísimo y de una humildad envidiable, han atravesado con hidalguía ya no únicamente la muerte violenta de su ser querido, sino también los ataques de los que ellas mismas han sido víctimas. Desearía que aquellos que tanto las han vilipendiado con falsas acusaciones pudieran ver, como yo he visto de primera mano, cómo viven, cómo sobreviven...

Su bendita tozudez también ha sido un factor relevante para poder seguir adelante con las investigaciones.

Sandra Arroyo Salgado, la exmujer del fiscal, ha tenido a lo largo de estos años una coherencia inestimable. Su fortaleza, no exenta de crisis, por supuesto, ha sido de acuerdo al juicio de muchos -el mío incluido- la razón de mayor peso para que judicialmente no desaparecieran -y, de hecho, avanzaran- todas las causas conectadas a esta trágica muerte.

Sus baterías llevan por nombre Iara y Kala, sus hijas, por quienes también -y con idéntica coherencia- hace muy poco desistiera de la querella, que de todas formas continúa su senda con la querella paralela de la mamá del fiscal. La misma dignidad con la que al principio se enfrentó a aparatos para nada despreciables es la que ahora motivó a Sandra a hacerse a un lado para preservar sus tesoros más preciados, sin que se abandone el reclamo de verdad y justicia. Sé también de los padecimientos que han soportado.

Mi admiración y mi afecto por ellas tres se suma al de Sara y Sandra Nisman.

Otras mujeres, sin embargo, han dejado sus nombres ligados al nombre de Alberto Nisman, pero por razones diametralmente opuestas.

La exfiscal Viviana Fein, quien tendrá que dar explicaciones a la Justicia por algunas de las "insalvables falencias" que, según la Cámara Federal, tuvo la investigación del expediente en sus inicios, cuando la jueza Fabiana Palmaghini no logró determinar la causa de la muerte.

Y, por supuesto, la expresidenta que -recordemos- amén de ni siquiera dar el pésame a su familia postuló casi a la vez la hipótesis del suicidio como del homicidio. Y más allá de fustigar a funcionarios, periodistas y familiares, ahora tiene que responder en los tribunales, ya que fue procesada con prisión preventiva por encubrimiento del atentado a la AMIA, a través de la firma del memorándum con Irán, precisamente aquello que iba a denunciar el fiscal Nisman unas pocas horas después de aparecer con un tiro en su cabeza.

En la tradición que porto se acostumbra a alabar a las mujeres con la lectura -o, mejor aún, con el canto- de un poema bíblico, que aparece en el capítulo 31 del Libro de los Proverbios. Comienza con una pregunta retórica: "A una mujer virtuosa, ¿quién puede hallar?".

En este caso, las respuestas son harto evidentes.

El autor es rabino y responsable del diálogo interreligioso en el Congreso Judío Latinoamericano

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