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Pagar matrícula para vivir en pareja

Diana Wang
Diana Wang LA NACION
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21 de enero de 2019  • 00:02

Nos arrojamos a la vida en pareja confiados, esperanzados, ilusionados y convencidos de que con el amor es suficiente. Amor entendido como pasión, erotismo, atracción, deseo, mariposas en la panza, sensación constante de elevación y placer al estar juntos y al pensar en el otro, emociones que también vemos en el otro y que nos realimentan y reaseguran que es la persona justa. Ese amor, que algunos llaman infatuación, no es eterno. En realidad dura muy poco. Hay investigaciones que dicen que entre 2 meses y 2 años. Como sea, es una evidencia incontrastable que no es para siempre. Con suerte, cuando el fuego pasional se va apagando, queda el rescoldo tibio y amable de una buena relación, confianza e historia común, expectativas compartidas, lazos familiares y amistosos sólidos, hijos, compromisos, formas de ver la vida, perspectivas de futuro. Pero nos hemos formado en una cultura que lee todo lo anterior como un pobre consuelo ante la falta del fuego sublime de la pasión desatada.

Es tan enceguecedor el calor pasional que no nos preguntamos cómo será cuando se vaya atemperando, qué de la relación establecida mantendrá viva a la pareja. Y pasados unos años más de una pareja descubre que tienen poco en común, que se lo pasan peleando el uno con el otro para hacer las cosas del modo que les resulta mejor y que no coinciden en casi nada. Lo que los había unido, la infatuación o, dicho de modo más informal la calentura, ya no está más y lo que queda no les viene bien.

No solemos hablar de nuestras necesidades, estilos, ritmos y apetencias antes de decidirnos a convivir en pareja. Lo dejamos librado al suceder mágico en el contexto de la pasión que nos da la ilusión de que todo lo puede y que todo lo podrá.

Es infinito el universo de cosas que se deberían hablar antes para saber si podremos convivir más o menos amablemente el uno con el otro.

El manejo del dinero. ¿Habrá una caja grande -de quien ejerce la función masculina- y una caja chica -de quien ejerce la función femenina- según el estereotipo? ¿Caja común o cada uno lo suyo? ¿Cuenta de banco compartida y recíproca? ¿Cómo serán las decisiones acerca de los gastos, las compras, el ocio?

Los ritmos biológicos. ¿Alondras o búhos? ¿en qué momento del día se sienten mejor? Si ambos fueran iguales, problema allanado, pero si difieren es preciso hacer acuerdos previos acerca de actividades, horarios y vida cotidiana.

Órden, hábitos y aseo. Cada uno sabe qué y cómo le gusta vivir, qué y cuánto puede tolerar si el otro no lo hace como a uno le gustaría. Suponer que el amor del comienzo hará todo más fácil es un engaño que se paga caro porque cuando la piel deja de temblar en la cercanía del ser amado, cuando las mariposas se cansaron de hacernos cosquillas en la panza, empezamos a irritarnos porque las toallas quedan tiradas en el baño, porque no usa desodorante, porque habla con la boca llena, porque se revuelve tanto en la cama que se hace un lío con las sábanas, porque usa calzado sin medias, porque se baña demasiado, porque se baña poco, y podríamos seguir ad infinitum con las mil y una conductas que construyen la vida cotidiana y que nos pueden sacar de quicio.

La distancia óptima. Cada uno de nosotros se siente cómodo interactuando a una determinada distancia, tanto geográfica como temporal. ¿Pegados todo el tiempo o a 10 metros de distancia? ¿En contacto permanente durante el día o solo buscarse en caso de necesitar decir algo? La comodidad sentida determinará el ritmo y la distancia que, en caso de no ser hablado, puede ser tomado por el otro que necesita un ritmo y una distancia diferente, como desamor.

La sexualidad. Una vez que la convivencia se ha establecido y que los encuentros sexuales dejan de ser esos momentos mágicos que nos regala la vida para estar ahí a disposición en cualquier momento, el misterio subyugante se vuelve rutina. Lo que era espontáneo empieza a dejar de serlo y probablemente sea necesario empezar a hablar acerca de horarios, lugares, posiciones, situaciones y contextos, modos de acercamiento y recreación de erotismo. Cuando todo era nuevo no hacía falta pero luego sí lo es. Se requiere una gran valentía y sinceridad si lo que se quiere es vivir una vida sexual más o menos satisfactoria, y la promesa de aceptación de los pre-requisitos y requisitos del otro en el caso de que sea posible.

Las relaciones con la familia extensa, con los amigos, con los compañeros de trabajo, con las parejas anteriores, con los hijos de las parejas anteriores. Tener hijos o no, respetar algún ritual religioso. Éstas áreas y varias más deben ser habladas antes de tirarse del trampolín. Nada en la vida es gratis. Tampoco la pareja. Exige un pago de matrícula: el compromiso de cada uno de aceptar al otro y no pretender cambiarlo. En el contexto de la pasión se paga esto y mucho más, pero se lo hace sin saber a qué se está comprometiendo. Cuando la pasión mengua la matrícula quedó olvidada y si la convivencia se complica cada uno querrá cambiar al otro.

Si estás por tomar la decisión de convivir, mirate con total honestidad y hacete algunas de estas preguntas y si podés y si te animás, invitá a tu otro a hacerlo y entonces sí, firmen la matrícula con total conciencia y aceptación.

Por: Diana Wang

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