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Si hay que descansar de las vacaciones, algo no salió del todo bien

Claudia Quiroga Daldi
Claudia Quiroga Daldi PARA LA NACION
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20 de enero de 2019  

En esta época del año en la que las vacaciones, tan largamente esperadas llegan finalmente, es posible que las expectativas depositadas en ellas no se cumplan.

Surgen con frecuencia, desde el momento en que se comienzan a evaluar las opciones disponibles, sensaciones contradictorias, en cierta medida producto de experiencias anteriores no del todo satisfactorias y de cierta energía, a veces excesiva que demanda su planificación.

No es inusual que finalizado tan ansiado período, la frustración, el cansancio o simplemente la ausencia del disfrute sea lo que prevalezca.

Esto es, cuanto menos, una paradoja, ya que una actividad que debería ser placentera per sé, se transforma en lo contrario. ¿Es posible transitarlas de otra forma?

Por supuesto que sí, escuchándose, preguntándose y prestando atención a las respuestas, dejando de lado modas, mandatos o lo que hace la mayoría, anteponiendo los "quiero" y no los "debo".

Es interesante recordar que hay tantas formas de vivirlas como personas, no hay fórmulas garantizadas al respecto. Desde la máxima quietud hasta el más absoluto frenesí, en el lugar más sofisticado y lejano hasta en la propia casa, con multitudes o en soledad, conociendo paisajes nuevos o redescubriendo otros antes visitados, viajando a muchos kilómetros de distancia o mirando con ojos de turista el propio vecindario. Y dentro de esos extremos cualquier punto intermedio puede disfrutarse plenamente.

Tener en cuenta la multiplicidad de opciones puede ayudar a caer en la tentación de responder a presiones familiares, sociales o culturales y con ello tratar de realizar planes fuera del alcance real ya sea por el costo económico o por la exigencia física que implicarían, por citar algunos ejemplos.

El riesgo de dejarse arrastrar por la tendencia al consumo desmedido y las actividades asociadas a éste da lugar al aumento de ruidos externos y, más importante aún, a los ruidos internos, de cuya disminución depende la posibilidad de escuchar con atención todo aquello que permanece silenciado durante el resto del año.

Es importante programar las vacaciones teniendo en cuenta que ellas brindan una maravillosa oportunidad de vivenciar experiencias placenteras que no son posibles en otro momento debido a las innumerables obligaciones y actividades que demanda la rutina diaria, por lo tanto, no necesariamente debemos reemplazar éstas por otras que resulten igual de abrumadoras.

Las necesidades a tener en cuenta son las propias y no las ajenas, aún en los casos de parejas, grupos familiares o de amigos, en los que el consenso es imprescindible, esto implica ser flexibles, escuchar y escucharse, preguntar, aceptar negativas y también atreverse a darlas, pero sin dejar de lado el deseo interno, teniendo disponibilidad para ceder, pero sin renunciar totalmente a aquello que se anhela; porque en general una renuncia absoluta conduce a la insatisfacción que, aún sin ser manifiesta, subyace y aunque se trate de disimular en mayor o menor medida es percibida y genera tensión, por lo tanto ese acto originalmente altruista, deviene en malestar general.

Las vacaciones pueden ser disfrutadas con plenitud, es más, deberían serlo, porque son de las pocas actividades que desde su concepción y planificación brindan la posibilidad de llevarse a cabo con la más absoluta libertad.

Es probable que sentirse libres para poder hacer realmente lo que se desee sea tan poco habitual que transforme una alternativa concreta en irreconocible de tan excepcional.

Desaprovechar esa oportunidad y convertir las vacaciones en una obligación más de las muchas ineludibles que se afrontan y resultan agobiantes es, en el mejor de los casos, un reaseguro hacia la insatisfacción.

Se puede repensar una forma distinta de transitar esta pausa de los compromisos habituales; a la medida de las propias necesidades, no para mostrar ni para relatar, no para el afuera, sino para y hacia adentro, no tan sólo para atesorar la foto sino el momento, buscando el encuentro significativo y no la reunión superficial. Más allá del escenario, más acá de la vivencia.

Miembro de la Asociación Argentina de Counselors

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