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Un sentido homenaje a Rocky en las escaleras del Museo de Arte de Filadelfia

Nicolás Artusi
Nicolás Artusi PARA LA NACION
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23 de enero de 2019  

Nadie piensa en el verano cuando cae la nieve, dice la canción, y yo retruco: nadie piensa en el invierno cuando calienta el sol. Ahora mismo, mientras hordas de focas humanas encallan en nuestra costa oriental, la nieve cae duro y parejo sobre la costa oriental del norte. Y ese anhelo de frío, a mí que soy inviernista, me devuelve a una tarde cruda en Filadelfia, donde entrar en calor parece imposible a menos que uno haya sido educado por la cultura pop: ta-ta-ta-ta-tá empiezo a escuchar en los auriculares, ensayo unos trotes ligeros para preparar las rodillas y me largo a la carrera. Por delante tengo los 72 escalones del Museo de Arte y ahí cuando el frío cala huesos y músculos me repito: "No puedo ser menos que Rocky".

Voy a poder. Voy a llegar. La gesta atlética parece módica, pero el frío es un obstáculo en esta ciudad donde los inviernos llegan a padecer temperaturas de 10 grados bajo cero. En unos días, cuando se estrene la película Creed 2 y volvamos a ver a Rocky Balboa como el entrenador del hijo de su viejo rival, las escaleras estarán plagadas de turistas que desean el hito aeróbico y la fotito (la estatua del boxeador, un adefesio de bronce que el propio Sylvester Stallone donó al museo, está escondida abajo, entre unos arbustos; la selfie ahí queda para después). Subo corriendo algunos peldaños más y de mi boca sale una nube de vapor que anticipa el catarro de la noche. ¿Cuánto falta? Somos varios los que subimos la escalera al trote mientras tarareamos la fanfarria, y a mitad de la carrera pienso que este lugar resuelve por nocaut técnico la pelea eterna entre alta y baja cultura. Aunque los capiteles neoclásicos del museo custodian cuadros invaluables de Van Gogh, El Greco o Botticelli, todo el mundo lo conoce por lo más trivial: Rocky Steps, los escalones que subió el semental italiano en la película de 1976 como entrenamiento y punición. Falta poco. Mi resuello agitado asusta a una vieja que sube despacio, pero decidida: ella también quiere poner sus pies sobre las huellas talle 44 de Stallone grabadas en el cemento, el premio para los que completan el desafío.

Fuente: Brando - Crédito: NIcolás Bolasini

A mis espaldas queda el bulevar Benjamin Franklin y más allá el río Delaware, el que cruzó George Washington en su gesta libertadora de 1776, 200 años antes de la legendaria pelea Balboa-Creed: estoy en el corazón de la americanidad, el potentísimo mito contemporáneo que valora una épica como la de Rocky porque admira el esfuerzo, pero todavía más la victoria. Llego. Para completar la pruebita con la banda de sonido alegórica, repito la canción "Gonna Fly Now" y miro Filadelfia desde arriba, deseando contagiar mi ánimo invernal con algo de la grandeza de Rocky, el héroe de la clase trabajadora. Creo ver un águila americana que cruza el cielo helado y en mis fantasías de alto vuelo siento que nada puede sujetarme al piso ni hacerme morder la lona: voy a volar ahora.

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