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Green Book: la vieja historia del bien y el mal en el camino

Javier Navia
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27 de enero de 2019  

La película recrea una época de odio a través de la amistad entre el pianista negro Don Shirley y su chofer blanco Tony Lip
La película recrea una época de odio a través de la amistad entre el pianista negro Don Shirley y su chofer blanco Tony Lip

La carretera como el escenario de un viaje interior que redime a los hombres o les permite conectarse de otra forma con sus compañeros de ruta (superando cualquier diferencia inicial) es una historia muy conocida en Hollywood. Anida en un viejo mito de la cultura popular norteamericana: la idea de que en el camino conviven el Bien y el Mal y que cualquier cruce de caminos puede ser una encrucijada del destino.

Es un tópico común del cine, aunque nació del blues, con la leyenda de Robert Johnson (1911-1938), el músico que en un cruce de caminos del delta del Mississippi pactó con el diablo para convertirse en el mejor guitarrista de su tiempo.

Es en las rutas de ese sur profundo donde trascurre Green Book: una amistad sin fronteras, galardonada este mes con el Globo de Oro a mejor película. Mahershala Ali (ganador de un Oscar por Moonlight) y el medio argentino Viggo Mortensen interpretan en ella a dos personajes reales: el virtuoso pianista afroamericano Don Shirley y su chofer y guardaespaldas de origen italiano Tony Lip. Green Book remite a la "guía turística" que los viajeros negros estaban obligados a consultar, hasta avanzados los años 60 del siglo pasado, para conocer en qué hoteles, restaurantes o clubes nocturnos eran admitidos.

Don Shirley, en su lujoso departamento de Manhattan
Don Shirley, en su lujoso departamento de Manhattan

Si la Guerra de Secesión (1861-65) puso fin a la esclavitud en los estados sureños, a los pocos años, tras la partida de las tropas yankees, el supremacismo blanco engendró otro mal: las llamadas leyes de Jim Crow que oficializaron la segregación. Los negros podían ya no ser esclavos, pero seguían trabajando por magros salarios en las mismas plantaciones y, además, no podían votar ni compartir transporte con los blancos ni usar sus baños ni tomar agua del mismo bebedero. Los pocos que se animaban a desafiar esas normas conocían el rigor del racismo amparado por la ley, por lo que la única salida suponía emigrar. Fueron millones los que a comienzos del siglo XX siguieron la senda del río Mississippi que los llevó hasta Kansas y luego a Chicago, para continuar desde allí hasta Nueva York, la misma ruta que siguieron la historia y la evolución del jazz. En el Harlem de los años 20 disfrutaron de una libertad y prosperidad que ninguna generación de afroamericanos había conocido. Algunos pocos incluso se volvieron ricos, entre ellos varios músicos de jazz, el género que en la era del swing hacía bailar a todo el país. Cuando esto ocurría, a menudo optaban por mudarse a las zonas blancas y prósperas de Manhattan. Fue el camino que siguió el consagrado Don Shirley, que había nacido en Pensacola, Florida, y comenzado a tomar lecciones de piano a los dos años.

Green Book era el nombre de la publicación "turística" que consultaban los viajeros negros para conocer dónde podían alojarse o comer
Green Book era el nombre de la publicación "turística" que consultaban los viajeros negros para conocer dónde podían alojarse o comer

Green Book, dirigida por Peter Farrely, muestra al Doctor Shirley -quien se graduó en Música, Psicología y Artes Litúrgicas- y que vivió en el suntuoso departamento que por medio siglo fue su residencia sobre el Carnegie Hall -la sala de conciertos en el corazón de Nueva York en la que todo músico, blanco o negro, anhelaba tocar-, cuando conoce al recio matón Tony Lip, a quien contrata como chofer y guardaespaldas antes de emprender una gira por varios estados del sur. Transcurren los primeros años de la década del 60 y aún está presente el recuerdo de la golpiza que, en 1956, supremacistas blancos le propinaron a Nat King Cole sobre un escenario de Birmingham, Alabama, la última vez que el pianista y crooner se presentó en el sur.

Aunque contaran con su Green Book, pocos negros tenían intenciones de hacer turismo por los estados segregacionistas, pero en las décadas del 40, 50 y 60 los músicos de jazz que se ganaban la vida con las giras tenían pocas opciones. Por otra parte, pese a la mayor libertad y respeto que gozaban en los estados del norte, abundan las anécdotas de músicos negros que conocieron allí también el racismo de la policía, incluso en Nueva York. El propio Miles Davis, en 1959, probablemente el mejor año de su carrera, fue golpeado y detenido por policías blancos en la puerta de Birdland, el célebre club de jazz de Broadway y la calle 52, tras acompañar a una mujer blanca (y probablemente coquetear con ella) a tomar un taxi después de escucharlo. Un año antes, en el liberal Delaware, Thelonious Monk protagonizó un escándalo cuando permaneció inmóvil ante el gerente blanco de un hotel que se negaba a alojarlo. Debió intervenir la policía, que encontró un motivo para detenerlo junto a su protectora, la baronesa Pannonica Rothschild de Koenigswarter, tras encontrarle a ella un cigarrillo de marihuana. En 1951, Monk ya había conocido la cárcel y perdido su licencia para actuar en Nueva York cuando admitió falsamente ser el propietario de una droga a la que era adicto su amigo, el también pianista, Bud Powell. Monk sabía que Powell, que ya había sufrido en 1945 una golpiza brutal de la policía que afectó para siempre su salud mental, no toleraría otra temporada en prisión. Aquella vez había sido Powell quien salió en defensa de Monk y terminó con la cabeza rota.

Aventurarse por el sur para muchos músicos negros significaba, sobre todo, un acto de dignidad. Antes que en el cine o en el deporte, en los que también existió durante décadas la segregación, fue en la música en la que a los afroamericanos les fue permitido demostrar su talento y el valor de su arte. Exhibir su virtuosismo ante su propio público, pero especialmente ante el público blanco, era una forma de empoderarse y abofetear al racismo.

En el caso de Shirley y de Lip, aquellas horas pasadas cada día en la carretera forjaron una amistad que se prolongó hasta el final de la vida de ambos, coincidentemente en 2013, pese al abismo cultural que en principio cabría esperar entre un erudito pianista y un matón de clubes nocturnos (con el tiempo, Lip se convirtió en actor y desempeñó un papel de mafioso en la serie Los Soprano). En el crecimiento de ese vínculo radica la trama de la película, aunque en la construcción de este argumento surge una llamativa decisión de los guionistas: en el intento de subrayar los contrastes entre Shirley y Lip establecen un presunto juego de inversos en el que el negro ostenta un refinamiento y urbanismo que en el contexto de esa época parecieran solo reservados para un blanco, mientras enfatizan en su blanco chofer los modales rústicos supuestamente esperables de un negro (al chofer le sorprende que su jefe no acostumbre comer pollo frito con la mano). Además de ser un truco prejuicioso, es un error presentar a Shirley como un pianista extremadamente clasicista, al borde del esnobismo, y no como lo que en verdad fue durante casi toda su carrera: un pianista de jazz.

De matón a actor: Tony Lip forjó una larga amistad con Don Shirley. Trabajó como chofer y guardaespaldas de clubes nocturnos, y, más tarde, actuó, casi siempre como mafioso, en cine y televisión
De matón a actor: Tony Lip forjó una larga amistad con Don Shirley. Trabajó como chofer y guardaespaldas de clubes nocturnos, y, más tarde, actuó, casi siempre como mafioso, en cine y televisión

Si bien Shirley, como otros músicos, tenía una formación clásica y había recibido la influencia de los compositores rusos contemporáneos, como Stravinski o Rajmáninov (Shirley a los nueve años fue invitado a estudiar teoría en el Conservatorio de Música de Leningrado), nunca sintió la aversión a la música popular que muestra la película. De hecho, Stravinski fue una inspiración común para muchos músicos de jazz, incluido Miles Davis, que estudiaba por horas sus partituras durante el tiempo que pasó en Juilliard y se asombraba negativamente cuando descubría que viejos músicos que admiraba, como Coleman Hawkins, ignoraban todo sobre él. La música clásica europea es después de todo una de las raíces sobre las que se forjó el jazz, y, aunque Shirley fuera un eximio intérprete de Chopin, abrazó el jazz en varios de sus discos, experimentando sí con aquellas influencias, pero nunca despreciando ni el ritmo ni la popularidad de la música negra. Interpretó a Gershwin, grabó standars de jazz, y alcanzó el puesto 40 en el Billboard Hot 100, en el que permaneció catorce semanas, con su álbum Water Boy, grabado por su trío y editado por Columbia en 1965.

Por otra parte, por entonces resultaba prácticamente imposible para alguien de color consagrarse como intérprete de música clásica y desarrollar una carrera por fuera de los géneros con los que los relacionaban exclusivamente los blancos: jazz, blues, R&B o soul. Lo supo bien Nina Simone, que vivió durante toda su vida la frustración de no haber podido ser la primera pianista negra de concierto al serle rechazada una beca en el Curtis Musical Institute de Filadelfia, pese a sus eximias condiciones. Finalmente ella lograría subir al escenario del Carnegie Hall en 1963 para un concierto memorable, pero no de música clásica. El propio Shirley sufrió durante años la misma frustración al escuchar desde su departamento las sinfonías que él no podía interpretar en el mayor escenario de Nueva York. Eventualmente llegaría a actuar anualmente, con su trío, en el Carnegie Hall y estaría frente al piano cuando la orquesta de su amigo Duke Ellington actuó allí por primera vez en 1955. Pero, de algún modo, Shirley se vio obligado a inventar su propio género musical fusionando el jazz con la música culta.

Más allá de algún que otro cliché (pianista y chofer se proponen regresar a casa a tiempo para Navidad, si la nieve lo permite, aunque solo a uno lo espera una familia), Green Book cumple en redescubrir en Don Shirley a un músico notable y en explorar una época no muy lejana en la que el arte debía abrirse paso entre el odio, la intolerancia y la violencia. Algo que logró gracias a la dignidad de hombres como Shirley que debieron soportar lo insoportable en duros caminos donde demasiado a menudo el Bien se cruzaba con el Mal.

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