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Asamblea nacional, el último bastión de la democracia en Venezuela

Jorge Enriquez
Jorge Enriquez PARA LA NACION
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24 de enero de 2019  • 21:42

El 23 de enero hubo en Venzuela y en todo el mundo actos de apoyo a la Asamblea Nacional de ese país, presidida por Juan Guaidó. Guaidó, poco conocido fuera de su país hasta hace unos meses, hoy encarna la resistencia democrática contra la dictadura de Nicolás Maduro. Ingeniero industrial de 35 años, en 2009 fundó junto a Leopoldo López (quien se encuentra por su tenaz oposición al régimen) el partido Voluntad Popular. Fue electo diputado y el 5 de enero pasado elegido presidente de la Asamblea Nacional, que cuenta con mayoría de la oposición. Hace algunos días fue detenido y luego liberado, ante la repercusión internacional del hecho, por el servicio de inteligencia bolivariano.

La permanencia de la Asamblea Nacional con mayoría opositora no debe ocultar la verdadera naturaleza del gobierno de Maduro. Ya no es una democracia en ninguno de los sentidos que de buena fe se le puedan asignar a este tan vapuleado concepto. Se trata de una dictadura, porque: a) no surgió de elecciones limpias y competitivas; y b) concentra en el presidente la totalidad de los poderes. En especial, el Poder Judicial no es más que una extensión del Poder Ejecutivo. La Asamblea existe, pero solo como una fachada democrática, desprovista de la capacidad real de adoptar decisiones efectivas sobre el rumbo del país.

Hasta la reforma constitucional impuesta en forma inconstitucional y amañada por Maduro, quedaba algún vestigio de democracia (una democracia populista, autoritaria y corrupta). Desde entonces, al quebrar las propias reglas constitucionales adoptadas por el fundador del régimen, Hugo Chávez, las máscaras se cayeron y emergió el tirano puro y duro, que gobierna a su arbitrio, libre de todo límite y control.

La radicalización del régimen, además de estar en el ADN de sus líderes, fue una consecuencia del desastre económico y social, que derivó en una verdadera emergencia humanitaria, al que condujeron las nefastas políticas públicas del chavismo. No era fácil alcanzar tamaña catástrofe con los altísimos precios del petróleo de que gozó durante años, pero los bolivarianos se las ingeniaron para hacerlo. El masivo éxodo de venezolanos es el corolario de esa tragedia.

¿Podrá Guaidó enfrentar a un régimen totalitario, que se nutre del know how cubano para someter a la población a una estricta vigilancia y a retacearle cualquier grado de libertad? La empresa es difícil, pero es el deber de los demócratas de todo el mundo, y en especial de los de la región, apoyar activamente sus heroicos intentos.

Mientras tanto, dan pena los mal llamados progresistas que en nuestro país siguen cantando loas a esa dictadura perversa y llaman imperialistas a quienes protestan por el autoritarismo que rige en Venezuela. La divisoria de aguas es clara. Allí sí hay una grieta que no debemos cerrar. No es cuestión de izquierdas o derechas. Lo que está en juego en el país hermano es nada menos que la libertad y la democracia.

Diputado nacional por la ciudad de Buenos Aires (Pro-Cambiemos)

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