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Netflix: crónica de un festival de lujo que terminó en caos, estafa y cárcel

El festival musical pedía hasta 100.000 dólares a los participantes por un paquete de lujo
El festival musical pedía hasta 100.000 dólares a los participantes por un paquete de lujo Crédito: Netflix
Marcelo Stiletano
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24 de enero de 2019  • 19:22

Fyre: la fiesta más exclusiva que jamás sucedió (EE. UU./2019). Largometraje documental. Dirección: Chris Smith. Fotografía: Jake Burghart, Cory Fraiman-Lott y Henry Zeballos. Edición: Jon Karmen y Daniel Koehler. Disponible en: Netflix. Nuestra opinión: buena

El mundo audiovisual contempla hoy con curiosidad la pequeña guerra entablada entre Netflix y Hulu, empeñados al mismo tiempo en revelar con el mayor detalle qué ocurrió en 2017 con lo que iba a ser el festival musical más sofisticado de ese año, envuelto en lujo y glamour, hasta que se convirtió en un escándalo monumental, con su máximo responsable purgando hoy en la cárcel una inmensidad de promesas incumplidas, mientras se acumulan deudas que difícilmente podrán pagarse.

El Fyre Festival se gestó en la ambición y el descaro sin límites de Billy McFarland, un joven empresario de la "nueva economía" que como muchos otros en su terreno se acostumbró muy rápido a manejar millones de dólares generados por la economía del espectáculo, las redes sociales, los influencers y los sueños aspiracionales de miles de personas resueltas a procurarse la gran vida en el menor tiempo posible.

A partir de una aplicación concebida para organizar eventos artísticos, una tarjeta de crédito "exclusiva" y el aval de figuras del espectáculo dispuestas a participar del negocio (como el rapero Ja Rule), McFarland logró convencer a un selecto puñado de influencers e inversores de que la mejor manera de potenciar las ganancias pasaba por organizar un festival con "lo mejor en comida, arte, música y aventura" en una isla privada de las Bahamas. Un video con top models fue el señuelo principal. A quienes estaban dispuestos a participar de ese fin de semana lujoso y exclusivo se les llegó a pedir hasta 100.000 dólares. A varios inversores, mucho más. Todo terminó en una monumental estafa, detrás de la cual se escondían cifras mentirosas o infladas en todas las incursiones empresarias de McFarland.

El documental de Netflix es el primero disponible en la Argentina de los dos que se hicieron casi al mismo tiempo sobre este tema. Reconstruye los hechos desde el principio a partir del relato de varios de sus protagonistas, algunos de los cuales formaron parte de la agencia de relaciones públicas que coprodujo el desdichado evento. Por esa razón, Hulu dijo que Netflix expone el tema desde una visión sesgada. Netflix contraatacó cuestionando a Hulu por pagarle a McFarland una suma no determinada a cambio de la única entrevista que concedió hasta ahora.

Más allá de este clima beligerante, no hay duda de que el acceso privilegiado de Netflix al testimonio de algunos de los organizadores facilita una reconstrucción prolija, razonable y bastante elocuente de todo lo ocurrido. A ellos se suman algunos de los participantes, que denunciaron de inmediato la estafa en las redes sociales cuando llegaron a Bahamas y comprobaron de inmediato que en lugar del lujo prometido lo único que encontrarían era ausencia de todo. En especial del alojamiento, casi inexistente después de una tormenta que arrasó el lugar elegido para el festival y armado a último momento por trabajadores locales que jamás recibieron su paga.

Allí está lo más fuerte del festival. La crónica documental, con imágenes que nada envidiarían a una película como The Blair Witch Project, de la batalla de todos contra todos en la que se convirtió el asalto a lo poco que quedaba del devastado alojamiento falsamente prometido como una experiencia fastuosa, única y exclusiva. Lo demás es un extenso y prolijo mea culpa de la mayoría de los organizadores que brindan su testimonio, junto a la palabra de algunas personas que declaran rápidamente desde el vamos haber desconfiado de McFarland y tomado distancia de su megalómana idea.

En el fondo, lo que sobrevuela el documental es algo que bien podría convertirse en materia prima de futuras investigaciones sobre este tema y su contexto, en una doble dimensión. Por un lado, la sensación de que en este mundo de influencers y redes sociales enriquecerse rápido es la cosa más fácil del mundo y, por lo tanto, es posible sumarse a cualquier proyecto por irresponsable que fuese con la carnada de sentirse parte de un mundo exclusivo y lujoso, al que siempre se puede llegar con más desparpajo que responsabilidad. Y por el otro, que las redes sociales (componente esencial de este universo) ofrecen recursos y herramientas para desenmascarar de inmediato cualquier maniobra espuria, porque en el fondo allí todo se sabe. Todo queda a la vista.

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