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El pistero loco del verano

Miguel Espeche
Miguel Espeche PARA LA NACION
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26 de enero de 2019  

Los pisteros del verano son los mismos que los del invierno, pero se notan más. Son los "locos de la ruta" quienes, rumbo a los destinos veraniegos, sobrepasan compulsivamente autos y camiones a toda velocidad, siempre al filo de la tragedia y ajenos a toda regla. Otra versión, no tan riesgosa pero sí ventajera de estos pisteros, es la de los "banquineros", esos que van por la banquina cuando el tráfico se detiene o lentifica por causa de algún accidente. Son conductas de siempre, pero, insistimos, en verano se distinguen más claramente.

Si hubiera que dar un consejo (de esos que antes daban las abuelas), les diríamos a las chicas jóvenes que no se casen ni tengan como "compañero de ruta" a un muchacho que genere este tipo de conductas a la hora de manejar. Es verdad que el verano y el afán de llegar al lugar en el que se pasarán las vacaciones exacerban los vicios ruteros, pero, digámoslo, es muy probable que aquel que conduce su auto de una determinada manera en una carretera conduzca su propia vida (y la de quienes lo acompañan) de manera muy parecida. Por eso, la percepción de la forma de manejar es un buen test para entender la personalidad del conductor, y si este fuera un pistero estival convendría descartarlo como candidato si no se quiere vivir una vida llena de zozobras.

El anterior comentario va de la mano de que en general son varones aquellos que hacen ese tipo de estropicio rutero. Es como si no supieran qué hacer con la testosterona sobrante y tuvieran que ostentar la condición de "macho alfa" del volante a través de desafiar la muerte (la propia y, lamentablemente, la del prójimo también) generando peligros allí donde no los habría si se respetaran las reglas de tránsito y el sentido común.

Hay una suerte de zozobra existencial en aquel que va a los piques por las rutas argentinas con esa ansiedad que suele terminar en noticia trágica. Alguien diría que se trata de personas inseguras que en el hecho de mostrar que pueden ser más que la ley y que llegan antes que otros logran ese brevísimo momento narcótico de paz que solo consigue aquel que se siente ganador e inmortal.

En realidad, el pistero es dependiente e inmaduro. Lo es porque gran parte de su actitud está ligada a competir y ostentar, pero también porque sin la bonhomía de los otros sus horas estarían contadas. Es que la supervivencia del pistero depende totalmente de la cantidad de veces que los otros automovilistas, en forma casi maternal, le dejan el paso, se corren frente a su maniobra temeraria, frenan y abren espacio cuando intenta retornar para refugiarse en su carril al ver que, en su mal calculado intento de sobrepaso, el camión que viene del otro lado lo va a chocar. El pistero, al igual que los chicos, cree que maneja bien, pero en realidad son los otros los que le allanan el camino.

Pero volvamos al antes mencionado "banquinero", el que va por la banquina como si fuera un carril más. Imaginar su personalidad no es difícil. Aquellos que metódicamente la utilizan muy seguramente son ventajeros en la vida. ¿Por qué? Porque son testigos de que la gran mayoría de los otros automovilistas no usan la banquina porque no se debe y, aun así, los banquineros sacan provecho de la ética ajena para ganar la ventajita del caso.

Algunos manejan para llegar, otros para demostrar algo. En las rutas del verano unos y otros quedan al descubierto. El apuro, si se lo tiene, para no ser pavote debe ser guiado por el sentido común, ese que se representa en las reglas del tránsito. La libertad está en saber que lo que deseamos es llegar, disfrutando el viaje, y no presos del impulso ansioso, ese que hace creer que llegar antes nos hace mejores, una tontera lamentablemente demasiado extendida en nuestras rutas.

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