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Competitividad sin distorsiones

Cristian Mira
Cristian Mira LA NACION
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26 de enero de 2019  

Un experto que sigue de cerca los números de la agricultura decía por estos días: "con poco, esta campaña va a ser mejor que la del año pasado". Sus palabras, por cierto, no transmitían un optimismo desbordante, pero le daban el tono de lo que está pasando con la evolución de la cosecha gruesa.

Con las lluvias de enero que primero golpearon duro al Nordeste y al norte de Santa Fe y ahora se ensañan sobre buena parte de la zona núcleo, las previsiones de cifras globales positivas en soja y maíz van entrando en un espacio de cuestionamientos. "Estamos en un momento bisagra", explicó Cristian Russo, analista de la Bolsa de Comercio de Rosario.

En los mejores lotes, con capacidad de escurrir, se están previendo excelentes rendimientos, especialmente en maíz. Las zonas bajas, en cambio, podrían tener mermas importantes. Si las lluvias no continúan siendo excesivas, la cosecha de maíz, en grano comercial, podría situarse entre 42 y 43 millones de toneladas. Una cifra récord.

En soja, los pronósticos van de 50 a 53 millones de toneladas, un volumen que no será récord, pero que, claramente, se recupera de los calamitosos 36 millones de toneladas del ciclo pasado, caracterizado por la sequía.

En términos globales podrá decirse que el campo se recuperó. Pero a nivel individual, de cada empresa agropecuaria, el escenario no siempre es tan beneficioso. Después de la pésima campaña 2017/18, sobrevino la crisis cambiaria que el Gobierno logró frenarla con un duro apretón monetario y que hoy se expresa en tasas de interés astronómicas. Y también dio marcha atrás con su programa de reducción de la carga impositiva al reinstaurar los derechos de exportación a los cereales y frenar el cronograma de baja para la soja. Podrá decir que no es lo mismo un dólar de 25 que otro de 38, lo cual es cierto.

Sin embargo, la tradición argentina enseña que tras una devaluación el resto de los costos se reacomoda al nuevo valor del dólar. Y en el caso de la agricultura, también debería tenerse en cuenta que la mayoría de los insumos tienen precio internacional. Por efecto de las retenciones, además, hay un dólar más barato para vender que para comprar. Tan bueno no es el negocio.

Ese escenario es el que debería comenzar a vislumbrarse para la campaña 2019/20. Cuando el Gobierno celebra la recuperación del campo, loable por lo que puede aportar a una economía maltrecha, debería tener en cuenta que la presión impositiva es elevada y que se asienta sobre un tributo distorsivo como el derecho de exportación.

Ninguno de los países competidores o exportadores netos de productos agropecuarios -Brasil, Estados Unidos, Canadá o Australia, entre otros- fija un impuesto solo por vender al exterior. En la Argentina, sin embargo, parece entenderse como una cuestión natural. De no hacerlo, sostiene buena parte del pensamiento político y económico, el "campo queda como ganador del modelo".

Tan arraigada está la creencia de que es correcto aplicar retenciones es que dentro de la propia actividad consideran que está bien utilizarlas para sostener la competitividad. Es el caso de quienes fustigan la eliminación del diferencial arancelario de tres puntos porcentuales entre el poroto y la harina y el aceite de soja.

En aras del "valor agregado" y de mantener la capacidad de pago de la industria se acepta una distorsión. ¿No sería correcto aplicar otra medida para que la industria oleaginosa enfrente las distorsiones arancelarias y las políticas proteccionistas de los países compradores? ¿No debería "blanquearse" y cuantificarse este diferencial?

Hay quienes lo calculan en 500 millones de dólares y, algunos de los que lo defienden, sostienen que no son una transferencia directa, sino que le permite a la industria mejorar su capacidad de pago a lo largo del año y, de esa forma, evitar una comercialización "zafrera". Si así fuera deberían explorarse otros mecanismos, pero no frenar la puja entre exportadores e industriales por la mercadería.

Y el Gobierno, si fuera coherente con su intención de eliminar las distorsiones intra-cadena debería ponerle el ojo a la industria curtidora para que compita en igualdad de condiciones con la industria frigorífica. Sin distorsiones la competitividad se expresa de forma genuina.

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