Suscriptor digital

Rectificar un error

Agroindustria debe volver a la categoría de ministerio y recuperar las atribuciones que le han sido recortadas al calor de una mala decisión
(0)
26 de enero de 2019  

Desde septiembre de 2018, con la última recomposición del gabinete nacional, el Ministerio de Agroindustria descendió a la categoría de Secretaría de Estado. No fue la primera de las vicisitudes de ese tipo experimentadas por un área que recibió categoría ministerial en 1898, después de haber quedado el gobierno de Julio A. Roca, habilitado por la reforma constitucional de ese mismo año, a dejar librado el número de carteras a las contingencias de cada momento histórico de la política nacional.

El primer ministro fue Emilio Frers, y le siguieron hombres de la categoría de Emilio Civit, Martín García Mérou, Ezequiel Ramos Mejía y Wenceslao Escalante. La generación del 80 comprendió que la expansión notable de las actividades agropecuarias, la multiplicación año a año de su producción de granos y de carnes, exigía una representación política en el gobierno acorde con la participación que reflejaban en el desarrollo nacional.

A veces, la confusión mental de los gobernantes o las contradicciones emanadas de la complejidad de conducir los asuntos públicos, ha llevado en esa materia a situaciones incomprensibles. La presidenta Cristina Kirchner, cuya concepción sobre lo que el campo representa para el país podría ubicarse en una antología histórica entre lo más perverso para este, devolvió en 2009 al sector la categoría ministerial. Fue pura cosmética, por cierto, como que en los años que siguieron hasta diciembre de 2015 se agredió a la producción agropecuaria con políticas cuyos efectos negativos aún se prolongan.

El presidente Macri, al constituir su primer gabinete, ratificó la relevancia política y administrativa que estaba dispuesto a conferir a un sector afectado por innumerables vaivenes en los últimos 120 años. Se pasó así del Ministerio de Agricultura, Ganadería, Pesca y Alimentación, puesto en las sucesivas manos de técnicos sin poder ni otra voluntad que la de la complicidad con quienes tanto daño hicieron al campo desde la Presidencia, la secretaría de Comercio o la AFIP, al Ministerio de Agroindustria. Se le confió, en diciembre de 2015, a Ricardo Buryaille, que había sido dirigente de Confederaciones Rurales Argentinas (CRA) y diputado nacional por la UCR.

A comienzos de septiembre último, tras álgidas reuniones de fin de semana en Olivos, en un momento crucial de la crisis financiera que venía desde abril, se anunció que el Ministerio de Agroindustria perdía su condición de tal, pasando a convertirse en una secretaría. Primera mala noticia. Y que, en adelante, dependería del Ministerio de Producción y Trabajo. Segunda mala noticia.

Ambas novedades provocaron estupor en el campo. El fenómeno se potenció con el anuncio de que el Gobierno se desentendía del compromiso, ratificado hasta el cansancio durante la campaña electoral, de que no apelaría a nuevos derechos de exportación a carnes y granos. ¿Qué podría en adelante esperarse de otros gobiernos, si en el caso del actual su presidente ha insistido en calificar al campo de "motor de la economía" y a la producción agropecuaria de base de un imaginario supermercado mundial?

No habían sido estos comentarios infundados del ingeniero Macri. Como ha hecho notar la Fundación Agropecuaria para el Desarrollo Argentino (FADA), el campo y sus actividades asociadas generan 1 de cada 6 puestos de trabajo, 1 de cada 8 pesos del producto bruto argentino y 1,2 de cada 2 dólares que ingresan en el país por vía del comercio exterior. Bastó la sequía de los tres primeros meses de 2018, y tres semanas de lluvias en abril al momento de la cosecha de lo que se había salvado, para que los resultados de la campaña agrícola se tradujeran en uno de los motivos centrales del descalabro financiero del año concluido.

¿Ha pensado correctamente el ingeniero Macri cuando dejó a Agroindustria sin el nivel político que hubiera permitido a su titular debatir mano a mano importantísimos asuntos comunes con su par en el nuevo gobierno de Bolsonaro, en oportunidad del reciente viaje presidencial a Brasil?

No menos llamativo resulta que, a pesar del destrato recibido, Agroindustria haya encabezado el ranking de reducción de gastos entre todos los ministerios durante los primeros diez meses de la última gestión, tal como publicó LA NACION en noviembre pasado.

La situación de la economía nacional requiere con urgencia la reducción del gasto público, principal causa de la insostenible inflación que nos ha acosado. Una gestión exitosa en términos de ahorro para el erario público se ha visto, sin embargo, insólitamente castigada. Esto se agrega a que el campo atraviesa innumerables dificultades. A un clima por demás hostil, padece mercados en baja, impuestos agobiantes y una infraestructura que, sin olvido de las obras en ejecución, no alcanza a resolver las enormes carencias que enfrenta.

Hay sobrados ejemplos de lo arduo que puede resultar una gestión cuando depende de funcionarios que no conocen en profundidad las necesidades y la realidad del campo, aunque estén habilitados para entender en muchas otras cuestiones. Más allá de las personas y los nombres, se trata de que sean las personalidades apropiadas para cada área quienes encaren los desafíos a fin de evitarle al país no solo perjuicios eventuales, sino el desperdicio de oportunidades en el mundo tan competitivo de hoy.

La dirigencia agropecuaria ha dejado constancia de tal preocupación. Matías de Velazco, presidente de Carbap, dijo recientemente que los productores veían con preocupación el recorte de atribuciones de Agroindustria: "A los que saben hay que dejarlos decidir y actuar en los temas que les competen... La Argentina es agropecuaria y tiene que tener un ministerio. Si el campo es tan importante para el país, démosle la importancia que se merece".

Esas palabras resumen una realidad y el sentir de miles y miles de productores, de dirigentes rurales y trabajadores del campo, un amplio universo que evidenciará en pocos meses más el espíritu que los embarga a la hora de decidir el voto. Entre Macri y Cambiemos se había establecido una empatía natural con el campo que ha sufrido, desde mediados de 2018, los cimbronazos de decisiones adoptadas al calor de una crisis que parecía incontrolable. Habrá que restaurar esa empatía en la plenitud reclamada no ya por los requerimientos de una justa electoral, sino por la atención de intereses vitales y permanentes del país.

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Usa gratis la aplicación de LA NACION, ¿Querés descargala?