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Cómo recomponer los lazos EE.UU.-China

Jimmy Carter
Jimmy Carter MEDIO: The Washington Post
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26 de enero de 2019  

Hace 40 años, el líder chino Deng Xiaoping y yo normalizamos las relaciones diplomáticas entre la República Popular China y los Estados Unidos, poniendo fin a tres décadas de hostilidad. Eso condujo a una era de notable paz en Asia Oriental y la región del Pacífico. El espectacular crecimiento económico chino, en conjunción con su sostenida integración con la mucho mayor economía norteamericana, les permitió a ambos países convertirse en motores de la prosperidad global. Los intercambios científicos y culturales prosperaron, y desde entonces Estados Unidos se ha convertido en el principal destino internacional de los estudiantes y turistas chinos. El 40° aniversario de esa renovada relación es un tributo a la capacidad de dos países con historias, culturas y sistemas políticos diferentes para trabajar juntos en pos del bien común. Hoy, sin embargo, esa crucial relación está en riesgo.

Escucho a líderes chinos que acusan a Estados Unidos de llevar adelante una "conspiración diabólica" para desestabilizar a China. Escucho a prominentes figuras de Estados Unidos que están frustradas porque China no se convirtió en una democracia y la acusan de ser una amenaza para el estilo de vida norteamericano. Los informes del gobierno de Estados Unidos anuncian que China está abocada a socavar la supremacía norteamericana, y que planea expulsar a los EE.UU. de Asia y debilitar su influencia en otros países del mundo.

Si los funcionarios de más alto rango de ambos países adhieren a esos peligrosos conceptos, el inicio de una nueva Guerra Fría deja de ser inconcebible para convertirse en una posibilidad. En este momento tan delicado, las percepciones equivocadas, los cálculos erróneos y la incapacidad de seguir las reglas de enfrentamiento cuidadosamente definidas en zonas como el Estrecho de Taiwán y el Mar de la China Meridional pueden conducir a una escalada que termine en un conflicto militar y en una catástrofe global.

La imposición de aranceles por parte de Estados Unidos sobre 200.000 millones de dólares de importaciones chinas, y los aranceles impuestos por China a modo de represalia, profundizan el deterioro de la relación y perjudican a ambos países.

La tregua de 90 días alcanzada durante la Cumbre del G-20 realizada en la Argentina antes de un nuevo aumento de esos aranceles abre la posibilidad de alcanzar un acuerdo comercial permanente entre China y los Estados Unidos. ¿Qué se puede hacer para construir sobre ese pequeño avance y empezar a enmendar las relaciones bilaterales entre ambos países?

En primer lugar, las quejas de larga data de los Estados Unidos -sobre desequilibrio en la balanza comercial, robo de propiedad intelectual, transferencia forzada de tecnología y barreras comerciales injustas a las inversiones y negocios norteamericanos en China- deben ser resueltas de manera rápida y efectiva. Ni uno ni otro país debería poner la "seguridad nacional" como excusa para obstruir las legítimas actividades comerciales del otro. Para que su economía crezca y sea innovadora, China necesita competir, y el único camino que tienen ambos países para seguir siendo económicamente fuertes es procurar una relación de justa reciprocidad.

En segundo término, los norteamericanos deben reconocer que así como China no tiene derecho a interferir en los asuntos de los Estados Unidos, tampoco Estados Unidos tiene un derecho inherente para dictarle a China el modo de gobernar a su pueblo y elegir a sus gobernantes. Si bien hasta los países que mantienen relaciones muy estrechas a veces se critican mutuamente, esos cruces nunca deben convertirse en edictos o directivas, sino que deben servir como un canal de diálogo abierto en ambas direcciones. Los logros de China en el alivio de la pobreza extrema, el sostenimiento del crecimiento económico y la asistencia para el desarrollo de otros países deben ser celebrados. Al mismo tiempo, no podemos ignorar sus deficiencias, como la censura que pesa sobre internet, las políticas hacia las minorías y las restricciones religiosas, que deben ser monitoreadas y criticadas.

Ese enfoque equilibrado es crucial para garantizar que los Estados Unidos y China sigan trabajando juntos para resolver algunos de los problemas más acuciantes del mundo. A pesar de las tensiones actuales en torno a otros problemas, el apoyo chino ha sido esencial para nuestros actuales intentos de desnuclearizar la Península de Corea. Pekín también podría ofrecer una ayuda clave para la reconstrucción de posguerra en Medio Oriente y África, para combatir el terrorismo y el extremismo, y para mediar en otras disputas internacionales.

Estados Unidos debe reincorporarse al Acuerdo de París 2015 sobre el cambio climático y trabajar con China en los problemas ambientales y de calentamiento global, ya que son batallas épicas que demandan la activa participación de ambas naciones. Pero creo que el camino más fácil hacia la cooperación bilateral se encuentra en África. De hecho, allí ambos países ya están fuertemente comprometidos en la lucha contra las enfermedades, la construcción de infraestructura y el mantenimiento de la paz, a veces incluso de manera consensuada. Sin embargo, uno y otro país se han acusado mutuamente de explotación económica o manipulación política en la región. Los africanos -al igual que miles de millones de personas en todo el mundo- no quieren que los obliguen a elegir entre dos bandos. Por el contrario, celebran la sinergia de mancomunar los recursos, compartir la experiencia y diseñar programas de ayuda complementarios. Si trabajan codo a codo con los africanos, Estados Unidos y China también se estarían ayudando a sí mismos para superar la desconfianza y restañar su vital relación bilateral.

En 1979, Deng Xiaoping y yo sabíamos que estábamos impulsando la causa de la paz. Y si bien los líderes actuales enfrentan un mundo muy diferente, la causa de la paz sigue siendo igual de importante. Ante esos nuevos desafíos y oportunidades, los líderes deben proponer nuevas visiones, con coraje e ingenio, pero también deben aceptar la convicción de que los Estados Unidos y China tienen que construir juntos su futuro, no solo para ellos, sino para toda la humanidad.

Expresidente de los Estados Unidos

Traducción de Jaime Arrambide

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