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Las incógnitas que deberá resolver la Superliga en apenas diez fechas

Diego Latorre
Diego Latorre LA NACION
Fuente: LA NACION - Crédito: Marcelo Aguilar
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26 de enero de 2019  • 23:59

Se reanuda la Superliga, con la rareza de tener apenas diez fechas por delante hasta el final y después de un receso que incluyó algunos cambios de entrenadores y un mercado de pases abierto, con todo lo que eso significa en el armado de un equipo.

Es cierto que los argentinos estamos acostumbrados a diferentes modalidades de campeonato. De 19 fechas, de 25, de 30. Nos hemos impermeabilizado ante las situaciones externas y desde una mirada psicológica, anímica o mental aprendimos a adaptarnos a todas las circunstancias. Esta solo parece una más, pero tener solo diez fechas -en las que se definen el título, cuatro descensos y la clasificación para las competiciones continentales- no es muy saludable para la calidad del juego.

Como ya expresé en columnas anteriores, armar un equipo de fútbol es una tarea sofisticada que necesita de condiciones que en la Argentina por lo general no se dan: la paciencia, el tiempo de entrenamiento y maduración, cierta calma en el entorno. Si además, y por más esfuerzos que hagan los equipos con mejor billetera, la jerarquía no abunda, el panorama resulta poco alentador para ver un gran fútbol.

Aun así, dentro de la construcción de un equipo no todo va a la misma velocidad. Hay cuestiones que se idealizan. Por ejemplo, desde el punto de vista defensivo la estructura táctica no requiere demasiado tiempo de trabajo si el entrenador sabe hacia dónde apunta. No hay tanto misterio en lograr que un equipo sea más o menos confiable: el futbolista asimila mucho más rápido las cuestiones que no dependen del ingenio o el engaño. En cambio, jugar un fútbol de alto vuelo, prevalecer sobre el rival, poner en práctica la distracción y la sorpresa ya son asuntos mayores. La verdadera mano de un entrenador va más allá que parar dos líneas de cuatro. Básicamente se ve cuando su equipo tiene la pelota y debe atacar.

En la Argentina hay otro factor que debe tenerse en cuenta, el ambiente exterior. En clubes donde es posible entrenar y jugar sin un agobio permanente, el compromiso con el juego puede ser mayor. Defensa y Justicia es el mejor ejemplo. Sebastián Beccacece me parece un gran entrenador, que sabe alinear a los jugadores detrás de su idea, descubrirles virtudes y brindarles espacio para que las desarrollen. Pero el hecho de no tener sobre sus espaldas la obligación de ser campeones, le permite al equipo jugar con más libertades.

Es el mismo caso que hemos visto en Godoy Cruz o Atlético Tucumán en los últimos años, y aunque sea aventurado hacer pronósticos, puede tener su peso en la definición del torneo. Racing arranca este sprint final con ventaja sobre el resto, y no solo en la tabla de posiciones. Es un equipo audaz, que sabe lo que quiere y sale a ganar en todas las canchas porque cuenta con un entrenador vital, vigoroso, que empuja a todos. Pero la atmósfera que lo envuelve, como a cualquier club grande, le aumenta la responsabilidad y esto, a veces, es un obstáculo para sostener el ya mencionado compromiso con el juego.

Poner el objetivo final por delante del día a día atenta contra la salud de un equipo y altera su funcionamiento. Puede decirlo Boca, que lleva un tiempo movilizado por la imperiosa necesidad de logros mayores -léase Copa Libertadores- hasta llegar a la obsesión y provocarse cierto bloqueo mental. Luchar contra esa tendencia es una de las batallas que tendrá que afrontar Gustavo Alfaro. En ese punto debería contar con la ayuda de los jugadores. Uno de los atributos indispensables para estar en un equipo grande es saber cómo superar las adversidades, sean las que sean, y seguir adelante.

Alfaro, por supuesto, también tiene por delante desafíos futbolísticos. La llegada de Marcone puede aportar criterio en el manejo de la pelota, una de las recetas para encontrar orden en el equipo, porque es un jugador que interpreta y limpia el juego. Otra cosa será comprobar si él y Barrios son capaces de repartirse adecuadamente las funciones en la mitad de la cancha. Ambos son "5" puros, y a quienes lo son suele disgustarles tener que compartir su espacio.

Comprobar cómo evoluciona el misterioso juego de River, capaz de obtener resultados positivos en partidos-límite pero lleno de altibajos en el ámbito local; o lo que pueda aportarle Pablo Pérez al fútbol de Independiente en un contexto a priori favorable para su manera de jugar, son otras de las muchas incógnitas que se abren en el retorno de la Superliga. Y solo habrá diez fechas para resolverlas.

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