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Un genio que se ha escapado de la lámpara

La fabricación de seres humanos "a medida" abre un intenso debatey dispara un proceso tan controvertido como difícilmente reversible
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27 de enero de 2019  

El genetista chino He Jiankui sorprendió recientemente al mundo cuando anunció, en Hong Kong , el nacimiento de los primeros bebés modificados genéticamente: las gemelas Lulu y Nana. Este investigador, formado en la Universidad de Stanford ( Estados Unidos ), que retornó al país asiático en el contexto de incentivos académicos y empresariales a la innovación, está en la mira de sus pares en investigación e, incluso, de la Justicia de su país.

Más allá de las dudas sobre la veracidad de sus acciones, duramente criticadas por la comunidad científica, el impactante anuncio de He mostró que este tipo de manipulación dejó de ser territorio de la ciencia ficción.

La fabricación "a medida" de seres humanos abre un debate y dispara un proceso difícilmente reversible en la historia de la humanidad. No estamos ante anuncios ligados a cómo curar una enfermedad en una "probeta" de laboratorio. He propone una mejora genética, transmisible de generación en generación, sin clara idea aún de los riesgos involucrados ni de sus posibles consecuencias.

Por ejemplo, recientes investigaciones en los Estados Unidos y en Suecia dadas a conocer por la prestigiosa revista Nature, indican que todavía no se conoce cabalmente el impacto de la técnica que utilizó He, conocida como Crispr-Cas9. Se trata de una herramienta que permite editar o corregir el genoma de cualquier célula, incluidas las humanas; una especie de tijera molecular capaz de cortar con precisión y de manera controlada la molécula de ADN, eliminando o insertando nuevas secuencias genéticas.

Ante los temerarios riesgos asumidos, existe consenso en la comunidad científica de que el experimento de He atravesó límites éticos. Así lo señaló una de las voces más autorizadas en esta materia, la de la microbióloga Emmanuelle Charpentier, descubridora, junto con la estadounidense Jennifer Doudna, de la revolucionaria técnica.

Todavía es muy pronto para asegurar la precisión y seguridad de este avance científico, por lo que se impone una reflexión antropológica, ética e incluso geopolítica.

Cabe preguntarnos si se ha puesto en marcha una carrera del tipo armamentista en el campo de la biogenética que demande urgentes consensos internacionales para frenarla. Si estamos frente a un avance tecnológico capaz de modificar para siempre el concepto de vida tal cual lo hemos entendido hasta ahora y si corremos el riesgo de acercarnos a un mundo de castas sociales surgidas de experimentos genéticos que nos retrotraen a las trágicas nociones de pureza y mejoramiento racial. O si, por el contrario, nos encontramos frente a una alternativa científica que, adecuadamente enmarcada en parámetros respetuosos de la condición humana, puede contribuir a mejorar la salud. Estas consideraciones pueden sonar un tanto apocalípticas, pero lo cierto es que reflejan la perplejidad, el desconcierto y la confusión reinantes en un escenario tan inédito como inexplorado.

Días después del anuncio de He, la empresa Editas Medicine de los Estados Unidos comunicó que había obtenido autorización de la Food & Drug Administration (FDA) para ensayar por primera vez un tratamiento con la técnica Crispr en un paciente vivo con ceguera para modificar el ADN de su ojo, asesorados por Feng Zhang y George Church, genetistas de la Universidad de Harvard y pioneros de esta técnica, que habían cuestionado su utilización con embriones humanos. El profesor Church había afirmado con preocupación: "El genio ha salido de la botella".

Frente a semejantes riesgos, cabe llamar la atención sobre la importancia de recurrir a las medidas necesarias para sancionar con fuerza toda práctica irresponsable.

Lluis Montoliu, destacado especialista español en el tema, encabeza una iniciativa global dirigida a regular el uso poco seguro aún de Crispr, aplicada desde 2015 con distintos fines, pero en fase de desarrollo, desde la Asociación para la Investigación Responsable e Innovación en Edición Genética (Arrige), siguiendo directivas internacionales de la Unesco y la OMS. Califica de prematura e irresponsable su utilización en seres humanos, destacando que lo ocurrido en China es ilegal y que revela, cuando menos, fallas en la supervisión.

La posibilidad de encargar seres humanos de diseño, "bebes a la carta", asoma y violenta un acuerdo tácito de la comunidad científica internacional al respecto que, hasta el momento, no se traspasaba. La alternativa de que se genere un mercado negro de edición de seres humanos, como una pesadilla eugenésica, también ha sido advertida por expertos mundiales.

Poco después de que se conociera el escandaloso nacimiento de las niñas gemelas, se supo también que otra mujer china se encuentra embarazada de un bebé genéticamente modificado. El propio He fue el encargado de realizar ese anuncio durante una conferencia internacional realizada en Hong Kong aunque, previendo las graves consecuencias que para él seguramente implicarán estos experimentos, se limitó a decir que había "otro probable embarazo" mediante la misma técnica. La confirmación no tardó en llegar. El lunes pasado, una investigación del gobierno de Guangdong determinó la existencia de esa otra persona, por lo que acusó al científico de violar las leyes federales "en busca de la fama y las ganancias personales", según informó la agencia de noticias Xinhua.

No obstante, a pesar de que las autoridades chinas, más de 1200 científicos de aquel país especializados en la materia e incluso la propia universidad donde He desarrolló el experimento han condenado por irresponsables las pruebas, lo cierto es que el marco legislativo del país asiático es mucho más indefinido, difuso y permisivo que los de los Estados Unidos o Europa, región esta última donde recientemente la Corte ha dispuesto que la técnica Crispr merece regulación estricta aun en su aplicación a alimentos.

Se reabre de tal modo la cuestión de la gobernanza mundial sobre estos temas, aspecto sobre el cual la globalización actual ofrece una perspectiva poco alentadora.

Mas allá de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, existen pocas normativas capaces de poseer eficacia global en temas tan urgentes como el cambio climático, por ejemplo, como lo exhiben las graves y preocupantes discordancias en torno al Acuerdo de París.

En materia de inteligencia artificial, otro ejemplo, el presidente francés, Emmanuel Macron, ha mencionado la necesidad de crear un Panel Internacional Intergubernamental de científicos para medir sus consecuencias y garantizar su uso para el bien común.

No son pocas las voces que se han alzado en estas últimas semanas, luego del anuncio de He, para reclamar lo mismo en materia de edición génica, campo en el que las lagunas y los vacíos normativos o regulatorios, legales, judiciales y éticos son asombrosos.

Académicos y legisladores han debatido sobre estas cuestiones por muchos años, a la luz de las guías proporcionadas por la Declaración Universal sobre el Genoma Humano y los Derechos Humanos, que data de 1997, cuando los avances tecnológicos no eran ni por asomo los actuales. Incluso, los diversos comités de inteligencia del Congreso norteamericano anticiparon mediante informes de 2016 y 2017 las potenciales amenazas que estos procedimientos basados en Crispr podían encerrar para la seguridad internacional, si bien no presagiaron que el nacimiento de seres humanos "de diseño artificial" pudiera ser tan inminente. La propia Universidad de Cambridge ubica a esta tecnología poco costosa y de aplicación relativamente sencilla entre los avances de "riesgo existencial" para la humanidad.

Nuevamente aquí, la clave, como en todo proceso de innovación, no debería consistir en ahogar la iniciativa creativa de los investigadores ni la innovación empresarial que inyecta fondos para sostenerla, sino enmarcar estas acciones en protocolos éticos y de conducta sin los cuales las peligrosas e inimaginables amenazas se agigantan.

No se puede permitir una carrera biogenética que vulnere la esencia de la propia especie humana. No es solo una cuestión moral, sino que plantea aristas bioéticas con las cuales no se puede especular, ni mucho menos negociar ni jugar. A menos que queramos convertir en realidad aquella distopía de indeseable sociedad que Aldous Huxley acuñó por 1930 en su novela Un mundo feliz, cuando hablaba de la fabricación de niños y de la manipulación reproductiva como un terrorífico modo de control social.

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