Suscriptor digital

Pese a todo, yo adoro a mi ciudad

Santiago Legarre
Santiago Legarre PARA LA NACION
(0)
28 de enero de 2019  

Esta es una manera indefectible de detectar si un habitante de Buenos Aires es oriundo del interior: el tipo se da vuelta para mirar si alguien lo está saludando cuando escucha un bocinazo por la calle. Porque en un pueblo o ciudad de provincia, que te saluden por la calle es una expectativa razonable: siempre habrá un pariente (aunque sea un primo segundo o una tía bisabuela), un carnicero al que le vendíamos papel de diario cuando éramos chicos, la hija del dueño de la heladería, el cantinero del club, el tarjetero del boliche, el policía: siempre habrá alguien que te salude, tocándote la bocina, quizá con una pequeña sonrisa en la cara, que apenas se llega a ver a través del parabrisas.

No así en la ciudad , no así. Si en Buenos Aires te das vuelta cuando escuchás una bocina, te encontrarás con un taxista o un colectivero o cualquier otro desconocido de turno; te encontrarás con una decepción, si acaso tenías otra expectativa y no te acostumbraste todavía a vivir en la urbe.

En la gran ciudad, escaparse parece un mal inevitable y hasta necesario. Por eso hoy es cada vez más difícil encontrar a alguien que no lleve auriculares. Instrumento cómplice de más alienación todavía (gente a la que le suena el celular en un ómnibus y no se da cuenta: tiene el volumen a fondo; gente a la que casi la pisa un coche porque no se enteró de que está cruzando mal: no escucha el ruido de afuera), el auricular es también una tabla de salvación. Porque en vez de escuchar ruido es mejor, generalmente, escuchar música; sobre todo si la música que suena no es "ruido", algo que hoy resulta tristemente común, y que suele venir de la mano de algún incidental -pero infaltable- compañero de tren o micro, que lleva el volumen de su reproductor a fondo.

También parece inevitable esconderse: tras las gafas negras, especialmente en estos días en que la ciudad de a ratos arde; o mirando fijo una pequeña pantalla, mientras se viaja en subte o en colectivo: WhatsApp va, SMS viene; o mirando de reojo la pantallita del vecino que sonríe emocionado o contempla apenas triste, al mirarla él también, sin percatarse de que un curioso lo espía.

"Yo adoro a mi ciudad, aunque su gente no me corresponda", cantaba Miguel Cantilo hace ya años. Nada ha cambiado desde entonces; o más bien algo ha empeorado. Una vivencia reciente ratifica esta impresión ineluctable. Hace un par de años me mudé, y tengo de vecina en el edificio de al lado a una vieja conocida de la facultad. ¿A quién no le ha pasado algo parecido cuando se mudó? Y quizás también le pasó algo parecido a esto: desde que empezamos a ser vecinos, y luego de haber intercambiado un "ya nos cruzaremos por acá un día de estos", no la he vuelto a ver. Y este ejemplo lo dejo estampado por no entrar en el remanido tema de las torres y otros edificios donde la gente se ignora mutuamente, a veces sin siquiera darse cuenta.

La situación de Buenos Aires como ilustración acabada de la catástrofe ciudadana que estas líneas apenas insinúan está perfectamente descripta en algunos libros y películas de los últimos años. Muchas de ellas tienen pespuntes románticos y finales felices, pero lo plausible en la ficción casi nunca acontece en la vida real, en la cual los encuentros casuales solo suceden en los pueblos, donde uno incluso se topa siempre con quien no querría encontrarse jamás.

Sin embargo, estos pueblos, al menos tal como los conocemos, tienen los días contados. Pues se acerca el día, y ya ha llegado, en que donde estaba el restaurante del tío se encontrará un local de comida rápida; y donde funcionaba el cine popular ya no hay más matinés ni rondas, sino cursos a distancia que conducirán a los participantes a un título universitario que supuestamente les ahorrará la fuga educativa a la megálopolis (y el gasto consiguiente).

La disyuntiva simple "pueblo vs. ciudad" es también una disyuntiva simplificada. Pues deja de lado el misterioso influjo del carisma ciudadano sobre la vida en los pueblos, como también la progresiva, y muchas veces inexplicable, emulación que los pueblos hacen de los peores rasgos de la vida en la ciudad. En todo caso, y mientras muchos se fugan a barrios cerrados de suceso incierto, la opción subsiste más viva que nunca: a pesar de los pesares, y junto al cantautor popular, algunos locos todavía amamos a nuestra ciudad.

Investigador del Conicet

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Usa gratis la aplicación de LA NACION, ¿Querés descargala?